LA OTRA CARA DEL COLEGIO: LA PESADUMBRE DE LOS DIRECTIVOS DOCENTES

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Hace un par de días y en una conversación muy íntima con un colega muy cercano, luego de una jornada laboral de varias horas seguidas, coincidíamos en algo, era la sobrecarga emocional y el desgaste amplio que se padece al llevar a cuestas el peso y lastre de una institución educativa que como mínimo cuenta con más de 800 personas entre estudiantes, padres de familia y docentes, eso contando solo con una pequeña fracción de personas que de una u otra forma están vinculados con frecuencia a los entornos escolares y máxime si son del orden público.

Cada persona que acude a un entorno educativo con alguna situación a resolver, con alguna particularidad que hay que atender en muchos casos y en las versiones de los que acuden, con inminencia, ponen en vilo la capacidad de resolución de los directivos ante el desplazamiento inoportuno de lo urgente por lo inmediato, de lo que necesitaba tramitarse con eficiencia en el contexto de la gestión administrativa por una charla de minutos amplios con el afán de escuchar, atender y ojala, resolver en beneficio del quejoso y en perjuicio de quien dirige la organización educativa, debido a que estar involucrado en este tipo de circunstancias con su equipo de trabajo, le ponen la impronta de su maleficencia a la resolución de conflictos, pues siempre habrá una parte inconforme cuando de problemas se trata.

Hoy la gestión administrativa de las organizaciones pedagógicas al igual que la operatividad de las mismas instituciones educativas, sufren un ataque sistemático y casi que sincronizado por las mismas comunidades adyacentes, las mismas políticas gubernamentales y quién lo creyera, por los mismos docentes que encuentran en sus directivos en muchos casos, la figura más cercana a un enemigo de la gestión particular de aula y no el motivador e impulsor de los alcances de un impacto transformador de la educación.

Hoy en gran parte de los colegios se libran batallas pedagógicas que irremediablemente pervierten los climas y ambientes laborales que deberían ser per se, estables, gratificantes y tranquilos.

Pero también hay que ser autocríticos ante esta situación: muchos de los directivos docentes han establecido en sus entornos todo lo contrario a lo que profesa la misma ley general de educación: entornos de respeto, tolerancia, democracia educativa y garantías para el ejercicio pleno de la formación de los estudiantes, porque una escuela que olvida valores consagrados desde la constitución, se parece más a un aula de adoctrinamiento y autocracia pedagógica que un espacio de dialogo enmarcado en la pluralidad de pensamiento y en la universalidad de la reflexión.

Solo por nombrar casos puntuales, en solo Bogotá en el primer semestre de 2025 se registraron más de 700 incapacidades de docentes asociadas a deterioro crónico de la salud mental incluyendo entre muchas otras patologías, el trastorno mixto de ansiedad y depresión, el estrés laboral y el burnout, condiciones que se vuelven más evidentes en los directivos docentes, los mismos que poco o nada frecuentan a los especialistas de la salud mental, aduciendo principalmente que todo obedece a un agotamiento físico de una mala jornada laboral y en muchos casos por su exagerada entrega a una labor que los pone en la palestra pública y los convierte en el enemigo interno que hay que derrotar.

Es muy frecuente que las incapacidades clínicas sean mucho más notorias en docentes de aula que en directivos, apenas lógico se si entiende la relación aproximada de ellos, por cada dos directivos docentes que hay en el sistema, existen 35 docentes de aula, pero también es evidente debido a su exposición continua a una población de niños, niñas y adolescentes, con condiciones de salud precarias en muchos casos, además de una diversidad disciplinaria que se convierten en amenaza mental para la organización, planificación y evaluación de sus actividades pedagógicas.

Pero además, hay que entender que tras bambalinas de este entorno de docentes, hay uno o dos directivos docentes que llevan a cuestas la organización, se echan a cuestas con la planificación de las emergencias de horario, la detención del currículo por eventos fortuitos y de fuerza mayor, la atención de sugerencias, quejas o reclamos verbales o escritos para la “mejora constructiva” del colegio o deben en la ejecución de sus labores, mantener el status quo de una institución viva, plagada de intereses y con una presión tan amplia que parece estar edificada sobre un volcán a punto de erupción.

La salud mental y por supuesto la física de los directivos docentes cada vez es más diezmada, agravada por la negación de su vulnerabilidad y por su pensamiento de “superhéroe” de la educación para resolver incluso lo que otros hay relegado. Hoy se estima en informes oficiales de la OCDE que de cada diez docentes adscritos a la educación pública, seis padecen estrés severo debido a la exagerada burocracia administrativa, exceso de papeleo irrelevante y la presión constante en las aulas y oficinas por la aplicación de un currículo que muta con frecuencia de la piel de un cordero a la piel de un lobo. Eso sin contar con los conflictos, insultos, estigmas y violencias ejercidas hacia los educadores, paradoja de un país que puede ser digno de reeducarse, pero esto último podrá ser motivo de otra divagación reflexiva.   

Nos queda apelar finalmente por un llamado urgente a los organismos de salud, al ministerio de educación -que hoy se rumora será fusionado con el de ciencia al estilo de la tecnocracia burda- y a las diferentes secretarias de educación que intervengan de manera definitiva la crisis de salud mental que hoy se padece en las aulas, intervención no con charlas o coaching de verano, sino con sendos protocolos de estabilidad emocional y con el fortalecimientos desde la política pública, de un salario emocional que redunde en resultados mas satisfactorios para todo el ecosistema educativo, porque un directivo docente motivado y respetado también tendrá como precepto desde lo que le entregan, una institución sana de sus formas y sus maneras.  

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