“Las Pelotas” del burro

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POR: CARLOS ALBERTO CARDONA MONTOYA.

CONTRACRÍTICA  Con humor, amor y…..  ardor

Aprendí en la escuela de Doña Rita que el estado del tiempo se pronostica interpretando los datos que arrojan instrumentos, científicamente validados, y que muestran con particularidad la temperatura ambiente, presión atmosférica, vientos, humedad, precipitaciones pluviométricas etc., todos ellos reunidos en una ciencia llamada meteorología, que permite determinar los patrones atmosféricos futuros.

No obstante la ciencia, a lo largo de mis escasos años he visto las formas más insólitas para interpretar  o pronosticar  el estado del tiempo ó del clima; mi abuela por ejemplo  no faltaba con sus cabañuelas y contra-cabañuelas, como por ejemplo sentarse el 31 de diciembre alrededor de una fogata, antes de la media noche, con 12 granos de maíz pira en fila, los iba arrojando uno a uno a la hoguera, el primero correspondía a Enero, si el maíz estallaba por fuera de la hoguera, ese mes iba a ser seco, si quedaba adentro entonces iba a ser lluvioso, y así hasta agotar la docena de los meses del año siguiente. No le pegaba a ninguno, pero era muy divertido.

Aunque la ciencia tiene un alto grado de precisión para predecir si va a llover o no, ningún método es tan certero como el de mi tío Evencio, a quien le basta con mirar el color de la luna, al tiempo que con su mano derecha toca sus rodillas. Predice con exactitud si va a llover o no, según el dolor que tenga; si le duelen las dos rodillas es que viene un aguacero el berraco.

En algunas fincas, los abuelos solían interpretar con exactitud el estado del tiempo según el comportamiento de plantas y animales; por ejemplo, si el perro empezaba a buscar refugio cerca del fogón en la cocina era porque  inevitablemente iba a llover, pero si el perro entraba a la cocina empapado, era por que hacía rato estaba lloviendo.

En este desorden de ideas, me encuentro con un “Pronosticador de tempestades”, da cuenta de un experimento de un tal doctor Merryweather en Londres a mitad del siglo XIX, el invento consistía en que al menos  una de doce sanguijuelas metidas en botellas de vidrio llenas de agua, harían “kontacto” con unas campanillas ubicadas en la superficie del agua cuando se aproximaba una tempestad; se propuso inclusive que el invento se instalara a lo largo del reino unido y así el “kontacto” masivo permitiría anticipar las grandes tormentas. Obviamente la propuesta fue desatendida y el invento olvidado, entre otras cosas porque las sanguijuelas de ese tiempo no eran tan “kontactudas” como las sanguijuelas de hoy.

En algunos textos de Hugo Angel Jaramillo, Pereirano por más señas, hay relatos de como en algunas comunidades nativas que poblaron éstas tierras antes del encubrimiento de América, practicaban algunas formas de predicción meteorológica basadas en la observación de la naturaleza; la luna, las nubes, las plantas etc.

Observando la luna llena, un efecto óptico muestra una especie de aureola, que no es otra cosa que condiciones de humedad y temperatura ambiente, los nativos no lo sabían, pero interpretaban que era tiempo de lluvias; en cambio, cuando estaba en cuarto creciente, es decir, con los cuernos inclinados hacia la izquierda, significaba que la luna retendría las aguas en su cuna y sería tiempo seco.

Recuerdo cuando niño en vacaciones de verano, mi abuelo, “El Camarada Montoya”, nos llevaba a las montañas del kilometro 41 a orillas del río Cauca, en donde con otros campesinos tenía un zocabón artesanal en donde buscaban oro; los campesinos del lugar nos enseñaron que cuando en la montaña  hay abundantes hormigas como “alborotadas” alrededor de un hormiguero, era porque estábamos llegando al final del verano y se aproximaban fuertes tormentas, inclusive podían anticipar una catástrofe.

Hace poco, compartiendo experiencias con varios jaibaná Embera Chamí, en una cumbre fantástica de la Cordillera Occidental, Alto de Barakirura, el mayor de los sabios que nos atendían, de pronto se levantó, puso el canto de su mano por encima de las cejas.  Abajo de la montaña se veía como un hilo el rio San Juan, y al frente las montañas del resguardo Katío. Con la serenidad  que suelen tener los viejos sabios, ordenó suspender la conversación y dirigiéndose a nosotros (Los visitante) nos dijo: “Irse ya”,  apuntando el dedo al horizonte sentenció: “Llover, ustedes irse,… ¡Ya!… ¿Oyó?”. entonces Yo responder: “Glup” “AO”, y claro, me fui.,. Al ratico, llover.

El pasado fin de semana, siete meses después del forzado encierro por coronavirus, con mi esposa nos dispusimos caminar por la vereda, subiendo al pueblo, plácidamente, disfrutando de un ambiente fenomenalmente campesino; de pronto perdimos la noción del tiempo, así que llegamos  a un recodo del camino en donde  retozaba un campesino, medianamente viejo, recostado en la loma, su sombrero alón hacía sombra en el rostro, tenía una pierna cruzada sobre su otra rodilla,  con un espartillo en la comisura de los labios, y sus manos cruzadas en la nuca sosteniendo la cabeza;  a su lado pastaba un burro, tan solazmente como su amo, en el entorno un verde hermoso de montaña cafetera, un cerco en la cresta de la loma y al fondo los techos de las casas del pueblo.

Buenos días amigo, dije en tono simpático, ¿Podría decirme la hora, por favor?  El hombre, sin responder aún, lentamente levantó su brazo, su mano callosa por el rigor de la labrantía tomó suavemente los testículos del burro, y sin vacilar  respondió con voz pastosa “Son las 11 y 25”.-  Enseguida, entre sorprendido e incrédulo, interrogué:  “Amiguito: ¿cree usted que va a llover ahora?.- Con la misma lentitud estiró su brazo, su mano callosa se posó en los testículos de burro, y sin soltar el espartillo de entre  sus dientes, respondió,: ”No señor, hoy no va a llover”

Quedé anonadado, turulato, atembao; era increíble, absolutamente increíble que una persona pudiese saber con exactitud la hora y el pronóstico del tiempo con solo tocarle las “pelotas” al burro; para confirmarlo, volví a preguntarle la hora, por favor, con exactitud, si puede. El hombre estiró su mano, la posó en los testículos del burro, y respondió Las 11 y 26.

No pude resistir semejante descubrimiento, se me ocurrieron muchas formas de negocio para aprovechar aquel talento meteorológico.- Le dije:  “Amigo, esto es realmente maravilloso, podríamos ganar mucho dinero, es increíble que usted, con solo tocarle las “pelotas” del burro pueda saber la hora con exactitud, saber que hoy no va a llover, mis amigos del Opinadero no me lo van a creer, ésto es un poder único, maravilloso, espléndido”.

El hombre, sin inmutarse por mi perplejidad, se incorporó un poco y con su acento campeche me dijo: “No señor, no es ningún poder, es que como estoy cansado recostado aquí, el burro también, solo le corrí las “pelotas” al burro que me estorban para poder ver desde acá el reloj de la torre de la iglesia, y el cielo del pueblo, que está despejado, no va a llover.”

Con vergüenza, terminamos a caminata, no volví a salir, no vuelvo a salir, …. Ah…  y  No llovió.

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