Fernando Sánchez Prada
«Lo material se recupera, lo importante es la vida». La frase circula estos días por cada rincón de Colombia, repetida con la mejor intención después del terremoto que partió en dos la cotidianidad del occidente del país. Tiene razón quien la dice. Pero antes de repetirla una vez más, vale la pena preguntarse si de verdad hemos entendido todo lo que esa frase calla.
Lo escribo con el mismo cuidado con el que lo digo en cada plaza de mercado, en cada alcaldía, en cada vereda de los más de quinientos municipios que he recorrido en veinte años de trabajo en política social: la vida es lo primero. No hay casa, ni carro, ni local comercial que valga lo que vale una persona. Quien perdió a un familiar en este terremoto no necesita que un columnista se lo recuerde. Pero hay otro duelo, más silencioso, que la frase de moda está dejando sin nombre, y de ese quiero hablar hoy.
Lo que cuesta construir
Una casa propia en el Eje Cafetero no es un capricho ni un lujo que quepa en una vitrina. Es el resultado de diez, quince, veinte años de cuotas pagadas puntualmente, de vacaciones que no se tomaron, de un carro viejo que se siguió manejando dos años más de la cuenta para poder cumplir con la hipoteca. Es un padre que dejó de comprarse ropa nueva y una madre que aprendió a estirar el mercado hasta el último peso. Cuando esa casa se cae en dos minutos, no se cae solamente un techo: se cae una biografía entera de sacrificio.
Lo mismo ocurre con el local que por fin se pudo montar después de años de trabajar para otros. Con la máquina que se compró a crédito para independizarse. Con el pequeño negocio que ya generaba dos, tres, diez empleos en un país donde generar empleo formal es una hazaña diaria. Ese emprendimiento no es solo propiedad privada: es una apuesta de futuro que, además del dueño, sostenía a otras familias.
La trampa de la frase bien intencionada
El problema de «lo material se recupera» no es lo que afirma, sino lo que da por sentado: que recuperar es sencillo, que basta con querer, que el esfuerzo de veinte años se rehace en dos. Quien lo dice desde la comodidad de no haber perdido nada suele imaginar la recuperación como un trámite. Quien lo vive sabe que recuperar una casa significa volver a empezar el ahorro desde cero, muchas veces sin la edad ni la salud que se tenía la primera vez. Significa negociar de nuevo un crédito, esta vez con menos garantías y más miedo. Significa, para el emprendedor, despedir a los empleados que apenas ayer celebraban con él la meta cumplida.
En mi trabajo con programas de transferencias condicionadas y proyectos de desarrollo en Centroamérica y el Pacífico colombiano aprendí algo que se repite en cada emergencia: la ayuda humanitaria inmediata rara vez cubre lo que se perdió, y casi nunca cubre lo que costó conseguirlo. Un subsidio de vivienda de emergencia no repone veinte años de disciplina financiera. Repone un techo. Son cosas distintas, y confundirlas es la primera forma de banalizar el esfuerzo ajeno.
Agradecer la vida sin minimizar la pérdida
No se trata de elegir entre llorar a los muertos o llorar el patrimonio. Se trata de entender que ambos duelos son legítimos y que uno no invalida al otro. Se puede dar gracias por seguir con vida y, al mismo tiempo, sentir con toda su fuerza la injusticia de ver esfumarse en un temblor lo que tomó una vida entera construir. Decirle a alguien que acaba de perder su casa, su carro y su fuente de ingreso que «lo material se recupera» puede sonar, sin quererlo, a que su dolor no cuenta del todo, a que debería estar más agradecido y menos afectado. Eso es exactamente lo que no le hace falta escuchar en este momento.
Lo que de verdad merecemos discutir
La pregunta que esta tragedia debería dejarnos no es si la vida vale más que las cosas —eso ya lo sabemos— sino qué está dispuesto a hacer el Estado para que el esfuerzo de toda una vida no dependa de la suerte geológica de un territorio. Créditos blandos de reconstrucción, seguros obligatorios de vivienda en zonas de riesgo sísmico, líneas de reactivación empresarial con condiciones reales y no solo anuncios: eso es lo que distingue a un país que valora el esfuerzo de uno que se conforma con frases de consuelo.
Porque al final, lo material también se conquista. Y un país que de verdad valora la vida debería ser el primero en entender que proteger lo que la gente construye con esfuerzo es, también, una forma de proteger la vida misma: la que se organiza alrededor de un techo propio, de un negocio que da de comer a varias familias, de un futuro que ya no hay que empezar a soñar desde cero. La próxima vez que alguien repita la frase, antes de decirla, valdría la pena preguntarse si está dispuesto a ayudar a que sea verdad.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador – Policy Maker – Consultor


