Pereira, 26 de agosto de 2026
Han pasado dieciséis días exactos desde que la tierra, en un arrebato de furia geológica, decidió reescribir la cartografía del alma de Pereira.
El 10 de agosto del 2026 a las 7:34 am, no es solo una fecha en el calendario; es una cicatriz abierta en el pecho del Eje Cafetero, una fisura por donde se escapó, durante más de minuto y treinta eternos segundos, la certeza de la permanencia.
Hoy, la ciudad no es la misma. Sus calles, antes vibrantes de un bullicio comercial incesante, arrastran una pesadez invisible, un silencio que solo es roto por el eco mecánico de las retroexcavadoras que aún desentierran recuerdos entre los escombros del barrio Cuba, el Centro de La Perla, los bloques Primero de Febrero, La Lorena, Barrio Providencia, Villa Santana, La UTP, Pinares, La Circunvalar entre otras. Las miradas son distintas, hay un rastro de ceniza en los ojos de los transeúntes, la marca de agua de quien han visto a la muerte bailar en las cornisas.
En carpas improvisadas y espacios con la belleza colectiva y mucha dignidad, niños, hombres, mujeres, abuelos se aferran a sus esperanzas, sueños a el futuro zigzagueante, como los hierros de las estructuras colapsadas y los animales a sus dueños. Las imágenes son un compendio de la resistencia, que desafían la suciedad del aire, miradas que ocultan las lágrimas acumuladas y un recuerdo acompañado por el sol y la angustia reírse de felicidad. Sus vidas grabadas contra el telón blanco de una carpa de ayuda humanitaria, es el perfil de Pereira misma, dolorida sí, pero obstinadamente resiliente.
Esta realidad, se pierde en el tumulto, no canta. ¡Grita!
Grita la lista de los ausentes, grita la rabia contra la fragilidad de lo que construimos. Las gargantas, una trinchera de la memoria, se convierten en el altavoz de una tragedia que se resiste a ser olvidada por los titulares nacionales. En ese grito, se percibe la esencia de lo que Gabriel García Márquez describió en El amor en los tiempos del cólera.
»La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.» Y en Pereira, el olvido de 1999 vuelve a tomar vuelo. En agosto del año en curso las cosas vuelven a tomar su normalidad, la vida sigue, el mundo gira y la cotidianidad se mueve en su orden perdido. El tiempo parece tragarse las palabras; es la metáfora perfecta de una ciudad que se niega a ser sepultada gracias a la solidaridad, el convite y la amplitud del esternón social donde se aloja el corazón. Es el grito de quienes saben que la ayuda llegará, el simple acto de templar la voz, es ya un triunfo sobre el silencio de la destrucción.
Las historias que se escuchan en las esquinas, son un rosario de pequeñas y grandes ausencias. Está la señora que aún busca a su gato, entre los restos de su pastelería, el niño que juega con un camión de bomberos de juguete mientras su padre, un bombero de verdad, sigue de turno, exhausto, buscando sobrevivientes. Es el realismo mágico de la tragedia, donde lo imposible se vuelve cotidiano y lo doloroso se vuelve parte del paisaje.
Pereira, la «Querendona, Trasnochadora y Morena,» cura las heridas lentamente. La reconstrucción de cemento llevará años, pero la reconstrucción de las almas será un proceso que quizás nunca termine. El terremoto del 10 de agosto nos recordó que somos efímeros, que las montañas que nos rodean son gigantes dormidos que pueden despertar en cualquier momento con un bostezo mortal.
Mientras la sociedad sigue caminando contra la manta blanca de la vida, la ciudad respira.
Es una respiración entrecortada, una inhalación de aire cargado de polvo de ladrillo, pero es una respiración.
Pereira no se rinde. Y mientras haya una garganta dispuesta a recordar, mientras haya una mano dispuesta a levantar una piedra, Pereira seguirá gritando, resistiendo, y sobre todo, viviendo en el diminuto espacio con el tiempo escurrirse entre los dedos.





