LA COMPASIÓN TAMBIÉN ES UNA FORMA DE MIRAR

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A veces creemos que tener compasión es sentir tristeza por quien está sufriendo.

Lo vemos mal, nos duele lo que le pasa y queremos ayudar. Eso ya es importante. Pero, al acercarme a las enseñanzas de Kryon sobre la compasión, encontré algo que me hizo pensar en una manera distinta de acompañar.

No mirar solamente el problema.

Cuando alguien tiene miedo, ha perdido algo o está atravesando un momento muy difícil, es fácil empezar a verlo únicamente desde lo que le ocurrió. Lo vemos herido, asustado, desorientado. Y sin querer, podemos terminar asociando a esa persona con su dolor.

Las enseñanzas de Kryon proponen otra mirada: reconocer lo que está viviendo, pero también imaginarlo más allá de esa situación. Visualizarlo nuevamente en paz, recuperando su equilibrio, viviendo su vida.

No se trata de negar lo que está pasando. Tampoco de decirle a alguien que “todo estará bien” cuando todavía no sabemos cómo será su mañana.

Es algo más sencillo y, quizás, más difícil.

No perder de vista a la persona que existe detrás de su sufrimiento.

Esto cambia también la manera de acompañar.

A veces queremos encontrar las palabras exactas para consolar y no las encontramos. Entonces hablamos demasiado, damos consejos o intentamos explicar lo que no tiene explicación.

Tal vez la compasión no necesite tantas palabras.

Puede ser sentarnos al lado de alguien. Escuchar. Ayudar con algo concreto. Respetar su silencio. Preguntar qué necesita y aceptar que quizá no tenga una respuesta.

Y hay algo más que podemos hacer: cuidar la manera en que miramos a quien está sufriendo.

Porque no es lo mismo pensar “está destruido” que pensar “está atravesando algo muy doloroso”.

Parece una diferencia pequeña, pero no lo es.

En la primera mirada, la persona queda atrapada en lo que le pasó. En la segunda, el dolor está presente, pero no ocupa todo el espacio.

Quizá eso sea parte de la compasión que necesitamos aprender.

No quitarle importancia al dolor. No apresurar la recuperación. No obligar a nadie a ser fuerte.

Simplemente recordar que una persona es mucho más que el momento difícil que está viviendo.

Y cuando no podemos hacer gran cosa por cambiar sus circunstancias, todavía podemos ofrecerle algo: nuestra presencia y una mirada que no la dé por perdida.

Ahora te propongo algo.

Vuelve a leer esta columna, pero esta vez mírate a ti.

Cuando has estado herido, asustado, confundido o simplemente cansado de la vida, ¿cómo te has mirado?

¿Te has reducido también a lo que te pasó?

Tal vez la compasión que ofrecemos a los demás tenga que empezar, alguna vez, por aprender a mirarnos de la misma manera.

Reconocer nuestro dolor, sin convertirlo en toda nuestra historia.

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