A lo largo del siglo XX los deportes masivos de los estadounidenses fueron el baloncesto, el fútbol americano y el beisbol… hasta que descubrieron la veta del soccer, ese juego que hasta entonces se les antojaba una práctica de negros y otras clases de bárbaros inmigrantes.
Pero “ Business are business”: algún encanto debía tener para atraer de esa manera la atención de millones de aficionados en el mundo entero, reunidos primero en los estadios y luego sentados frente a la pantalla del televisor, donde era posible bombardearlos con publicidad que facturaba dinero a manos llenas.
De modo que algún geniecillo de las finanzas se dijo: tenemos que estar en ese negocio y se lo transmitió a sus camaradas de juerga. Fue así como el fútbol empezó a recorrer sus caminos torcidos a través de un entramado que congrega a empresarios, publicistas, políticos, expertos en mercadeo, intermediarios, apostadores, medios de comunicación, entrenadores, padres de familia, y claro, futbolistas, que son la materia prima de ese producto empacado al vacío y comercializado a través de todos los canales posibles.

Primero crearon el Cosmos de Nueva York en 1970, un club de bolsillo que a modo de señuelo contrató a Pelé, Beckenbauer y Chinaglia, glorias del recién finalizado mundial de México. Dos décadas después, el 17 de diciembre de 1993 se puso en marcha la Federación Norteamericana para cumplir compromisos adquiridos con la FIFA, el cartel que domina en todos sus niveles la trama de poder.
De ahí en adelante el camino se convirtió en autopista y el avance fue vertiginoso: en 1994 fueron sede del mundial del que expulsaron a Maradona por atreverse a denunciar las prácticas de los dirigentes. El 26 de febrero de 2016 pusieron a su ficha Giovanni Infantino al frente de la FIFA, utilizando como pretexto una improbable lucha contra la corrupción, controlada hasta entonces por los suizos a través de su agente Joseph Blatter.
Cualquier parecido con las prácticas de la Cosa Nostra no es mera coincidencia, porque hay todavía mucho más: en 2016 Estados Unidos fue sede de la Copa América y repitió en 2024 con el pretexto de que solo ellos podían organizar un torneo de esa envergadura. Para esa fecha, ya avanzaban en la organización del Mundial 2026, de manera conjunta con México y Canadá y con la participación de 48 equipos, tres veces más que en el legendario mundial de México 70 ganado por Pelé y su banda de iluminados.

Los pretextos nobles para esa decisión abundaron, pero el más socorrido fue una supuesta “democratización” para dar cabida a los países nuevos y más débiles, lo que no deja de tener un rostro amable.
Pero la ecuación es otra: cada partido significa más taquillas, más derechos de televisión, más publicidad y más transferencias de futbolistas a un mercado insaciable. Hasta la entrañable y humilde selección de Cabo Verde que nos enamoró a todos puso a funcionar la cuenta de ganancias de la todopoderosa FIFA: de esa magnitud es el negocio.
Ahora bien: trampas ha habido siempre. Desde la sospechosa expulsión de jugadores clave para favorecer a los anfitriones en Inglaterra 66 hasta la oscura goleada 6-0 de Argentina a Perú en el mundial que ganaron los militares en 1978.
Pero lo que acabamos de ver en el mundial que todavía no termina no tenía precedentes: la llamada del presidente Donal Trump a su socio Infantino para solicitar la anulación de una tarjeta roja al jugador norteamericano Balogun va más allá de ser una aberración: marca un antes y un después que arroja una nube negra sobre ese juego, que a pesar de quienes se lucran de él, sigue siendo en esencia bello. De ahora en adelante ya no habrá confianza, ya no creeremos del todo en la transparencia de las decisiones, por más que nos hablen de las bondades del VAR, ahora también en entredicho.
Sabíamos que el deporte no escapa a las potencias de la geopolítica, pero que esas potencias pretendan echar atrás un castigo merecido a una falta evidente cometida en el campo de juego constituye un punto de no retorno en ese camino torcido iniciado en 1970. A lo mejor no es casualidad que en ese año naciera Infantino y se fundara el Cosmos de Nueva York. Quién sabe.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:



Felicitaciones Gustavo Colorado por poner el dedo en la llaga. Los deshonestos actos que son comunes en los vida política, económica y social, ya han dañado el medio ambiente, han penetrado tambien asquerosamente los deportes, pero la máxima falta de pudor, respeto, decencia y honestidad, la protagonizaron Trump e Infantino en este mundial. El castigo a su deshonestidad lo cobró Bélgica consiguiendo el humillante resultado con el que ese anfitrión sale por la puerta trasera del mundial 2026.
La selección de Bélgica como Némesis: me suena esa idea para mirar a través de ella el nauseabundo ambiente de este mundial donde el error y el azar, que son la esencia misma de un juego digno de ese nombre, han sido expulsados por la puerta de atrás. En su defecto, fueron suplantados por la tecnocracia del VAR, que tampoco garantiza mucha transparencia, en tanto es manipulada por intereses humanos.
Mil gracias por el diálogo, señor Ferley.
Gustavo Colorado G
Buen día Don Gustavo. Gran escrito.
Donde estén los gringos y Trump el olor a rancio aparece ya que ese es su fuerte, poco a poco ir apoderándose de las cosas cuando no lo pueden hacer de manera directa y ramplona.
Las grandes fortunas están cargadas de abuso progresivo, sistemático y de por vida si lo pueden hacer.
Lo hecho por la FIFA con el jugador Norteamericano es la cereza en el pastel por parte de ese señor presidente y para mí era difícil para Infantino negarse ante una persona que no le tiembla la mano dispararle al que sea, decisión tomada desde el temor porque esto jamás se había visto.
Feliz día.
Bienvenido al diálogo, señor Isdaén. «Cierto olor a podrido» es el título de un libro de José Luis Martín Vigil que bien le cabe a la sentina en que se ha convertido un juego en principio tan bello. Pero no podía ser de otra manera cuando hay billones en disputa. El problema es que nunca llegaremos al fondo porque esta cloaca en particular no lo tiene.
Muchas gracias por comentar.
Gustavo Colorado G
Estimado Gustavo, leí tu columna con una mezcla de tristeza y asentimiento. Coincido plenamente contigo: lo que estamos viendo en este Mundial no es solo un desvío del camino, es la confirmación de que el fútbol —ese refugio emocional que nos quedaba— ha sido absorbido por la misma lógica torcida que carcome a nuestra sociedad.
Lo que antes era un territorio casi sagrado, donde Pelé nos enseñó que la belleza podía vivirse con un balón, hoy se parece más a esa Cosa Nostra que mencionas: un entramado de intereses, favores, llamadas, presiones y decisiones que ya ni siquiera intentan ocultarse. Los hilos invisibles dejaron de ser invisibles, y eso es lo que más duele. Porque uno puede convivir con la sospecha, pero no con la evidencia descarada.
La corrupción en el fútbol no es un fenómeno aislado: es el espejo de un cáncer que atraviesa todos los niveles de nuestra vida pública y privada. Y cuando ese cáncer llega al deporte que nos hacía creer en la magia, en la épica, en la justicia del talento… la herida es más profunda. Ya no es solo un negocio; es un negocio que perdió la vergüenza.
Lo que pasó con la llamada para revertir una tarjeta roja no es un simple abuso de poder: es un punto de quiebre. Una señal de que el juego ya no se juega en la cancha, sino en oficinas donde la pelota nunca ha rodado. Y como bien dices, esto marca un antes y un después. Porque la confianza, una vez rota, no vuelve a ser completa.
Aun así, sigo creyendo —como tú— que el fútbol, en esencia, es bello. Que debajo de toda esta maquinaria hay todavía un destello de lo que nos enamoró. Pero ese destello cada vez es más difícil de encontrar entre tanta sombra.
Escribiste con claridad lo que muchos sentimos: que nos están torciendo y robando el juego que tantos amamos y disfrutamos.
Apreciado Fernando: » También nos roban el fútbol», es el premonitorio título de un libro de Ángel Cappa, entrenador y pensador argentino. Incluso así, siento que Cappa se quedó corto. Cuando el miércoles 17 de julio de 1968 el árbitro colombiano Guillermo «Chato» Velásquez expulsó a Pelé en un juego amistoso con la Selección Olímpica de Colombia y los organizadores del partido lo obligaron a reversar la decisión porque la gente había pagado por ver a 0 Rey todavía parecía una broma, una simple pilatuna. Pero cuando asistimos a lo sucedido hoy, casi seis décadas después de ese episodio, sentimos vértigo ante la visión de lo bajo que hemos caído. Así las cosas, para recuperar algo de la vieja poesía del juego tendremos que volver a los torneos de potrero… si todavía quedan potreros.
Un abrazo y mil gracias por el diálogo.
Gustavo