Hay un consenso falso que circula sin que nadie lo discuta: que el problema de Colombia es la desigualdad. Puede que no. El problema real puede ser otro. Y confundir los dos tiene consecuencias enormes para la política pública. Lo voy a exponer en cuatro partes y al final used decidirá y me dirá si lo que planteó, si tiene razón o no.
I. La historia que nadie cuenta en los foros
En 2013, un economista estadounidense llamado Angus Deaton recibió el Premio Nobel de Economía. No por haber diseñado un programa de subsidios ni por haber propuesto una redistribución masiva de ingresos. Lo recibió por demostrar, con datos duros, cómo el mundo había logrado sacar a cientos de millones de personas de la pobreza extrema. Su conclusión fue incómoda para muchos: el motor principal no fue la redistribución. Fue el crecimiento económico.
Ese mismo año, en una comunidad del departamento del Chocó que visité en misión con el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, vi algo que no se olvida. Una familia vivía en una casa de tabla parada sobre el río. Sin agua potable, sin energía eléctrica confiable, sin conectividad. El hijo mayor, de unos catorce años, tenía los cuadernos más ordenados que he visto en mi vida. Preguntamos qué quería ser. Dijo: ingeniero.
No había desigualdad visible entre esa familia y sus vecinos. Todos estaban en condiciones similares. Pero había algo mucho más grave que la desigualdad: había pobreza. Y eso, que suene paradójico, nadie lo discutía en los foros de política social que yo frecuentaba en Bogotá.
II. Dos visiones, un mismo punto ciego
La izquierda liberal —la de Amartya Sen, la del enfoque de capacidades, la del Estado que garantiza pisos mínimos de bienestar— tiene razón en una cosa: la pobreza no es solo falta de dinero. Es falta de libertades reales. Es no poder elegir cómo vivir. Es no tener acceso a educación, salud, o un trabajo digno. Sen lo llamó «desarrollo como libertad», y esa es una de las ideas más poderosas que ha producido la economía del bienestar en el siglo XX.
La derecha de centro —la de Milton Friedman, la de Friedrich Hayek, la del mercado como mecanismo de asignación eficiente de recursos— tiene razón en otra: sin crecimiento económico sostenido, sin inversión, sin productividad, no hay nada que redistribuir. Friedman lo decía muy claro: una sociedad que pone la igualdad por encima de la libertad termina perdiendo ambas. Hayek, por su parte, advertía que centralizar demasiado las decisiones económicas no elimina la desigualdad, solo la mueve de lugar.
El problema es que en Colombia —y en buena parte de América Latina— se habla mucho de redistribuir y poco de producir. Se debate la forma de repartir la torta sin preguntarse si la torta es suficientemente grande.
Y eso tiene un nombre técnico en política pública: confundir el síntoma con la enfermedad.
III. Lo que dicen los datos que nadie lee en voz alta
Entre 2002 y 2014, Colombia creció a tasas que rondaron el cuatro y el cinco por ciento anual. En ese período, más de diez millones de personas salieron de la pobreza. No porque el Estado tomara la riqueza de unos y se la diera a otros —aunque hubo políticas redistributivas que ayudaron—, sino porque la economía generó empleo, aumentó la base tributaria y amplió el acceso a servicios que antes eran impensables para millones de familias.
La desigualdad, medida por el coeficiente Gini, cayó en esos años. No porque la gente del tope hubiera bajado, sino porque la gente del fondo había subido. Eso se llama movilidad social. Esa es la diferencia que importa.
Cuando la economía se frenó —por factores externos como la caída del petróleo, y por factores internos como la incertidumbre jurídica y la desinversión— el proceso se detuvo. Y los que más lo sintieron no fueron los que ya tenían; fueron los que estaban en proceso de dejar de no tener.
Eso lo sé no solo por los informes del DANE o del Banco Mundial. Lo sé porque como consultor del BID en Centroamérica y del Banco Mundial en Filipinas y Paraguay, vi exactamente el mismo patrón repetirse en países muy distintos. El crecimiento no lo resuelve todo. Pero sin él, nada se resuelve.
IV. El ejemplo que entienden hasta los que no estudian economía
Imagine un edificio de diez pisos en el que viven cien familias. En los pisos de arriba viven las más ricas. En los de abajo, las más pobres. Alguien propone redistribuir: que las de arriba cedan espacio a las de abajo. Puede ser justo. Puede ser necesario en algunos casos.
Pero si el edificio tiene goteras, no tiene ascensor funcional, la tubería está rota y la estructura es precaria, la solución no es mover familias de piso. La solución es construir un edificio mejor.
Eso es lo que le pasa a Colombia. No es solo un problema de distribución de pisos. Es un problema de construcción.
Singapur en 1965 era más pobre que muchos países africanos. No tenía recursos naturales, ni tierra fértil, ni mercado interno amplio. Decidió apostar por la productividad, la educación técnica, la apertura comercial y la seguridad jurídica para la inversión. Hoy tiene uno de los ingresos per cápita más altos del mundo. No lo logró redistribuyendo lo poco que tenía. Lo logró creando lo que no tenía.
Colombia tiene recursos naturales, biodiversidad, posición geográfica, talento humano y una clase media que sabe lo que cuesta llegar hasta ahí. Lo que ha faltado —y sigue faltando— es la decisión política de apostar por la creación de riqueza antes de obsesionarse con su reparto.
La pregunta que se debería plantear no es cuánto le quitamos al que tiene más, sino qué hacemos para que el que tiene menos pueda producir más. Redistribuir sin crecer es repartir escasez. Y eso, con el nombre que le pongamos, siempre termina igual. ¿Cuál cree usted que debería ser la prioridad de la política económica colombiana en los próximos cuatro años: redistribuir lo que hay o crear condiciones para que haya más? Cuénteme en los comentarios.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador – Policy Maker – Consultant



EStoy de acuerdo en no pretender igualdad pero eliminar brechas entre las clases económicas altas, transformar la educación significativamente , fortalecer espiritualmente erradicando moralismos religiosos a nivel global los cuales han generado mucha injusticia. No podemos permitir que el poder y el materialismo siga
Reinando.
De otro lado , la problemática en Colombia considero es el narcotrafico y la cultura de la muerte establecida con la guerrilla-actuales narcos y delincuentes-,asi cómo los paramilitares , siendo ambos grupos generadores de una clase emergente que requiere fuertes transformaciones e implican cambios estructurales en su formación integral.
Que buen análisis lo mejor es crecer para que todos tengamos más grande el pedazo de la torta
Buen día Don Diego. Gran escrito.
Lo redactado es la manera, la cual comparto plenamente. El tema es el tener los medios para hacer efectiva lo mencionado pero la corrupción es el freno al escrito, ya que un corrupto es peor que cualquiera porque su intención no es compartir ya que » porque darle un viraje a las cosas » si así como están los recursos pueden cambiar de manos sin ningún tipo de control».
La corrupción como sistema es el verdadero freno al progreso económico, social y ambiental de esta nación.
Justicia social para la sostenibilidad, es la bandera a seguir. Corrupción es la bandera antisocial para la insostenibilidad y se debe quemar.
Feliz día.