Mi pariente Eduardo González Villegas, escritor y columnista por muchos años en el diario La Tarde, a quien tengo instalado en el cajón de la bohemia, melómano empedernido, con afinidad artística como quiera que es hijo de nuestro poeta mayor Luis Carlos González, atrapó mi curiosidad al preguntarme recientemente por el nombre de uno de los bares clásicos de la ciudad. Mil retratos de antiguas noches de farra o esparcimiento pasaron por mi memoria y acudí por ayuda a algunos amigos que echaron raíces profundas en los barrios de Pereira.
En época de pandemia escribí algunas columnas con «nostalgias musicales» que quedaron inconclusas, o mejor dicho incompletas. Regresando en el tiempo hasta donde la memoria alcanza recuerdo el Berioska ubicado en parque El Lago. Icónico lugar donde tuve la oportunidad —en la década de los 70’s— de disfrutar en vivo la orquesta de Enrique Rodríguez. Era para esos años un bar antiguo que competía en edad con Ramfis, otro fascinante rincón de la balada que resistió por décadas los embates de la modernidad en varios locales diferentes y hasta hace tan solo pocos meses. Otro de los precursores de la bohemia pereirana fue el Sestiadero, un lugar que sabía transformarse de tienda de abarrotes en el día a cantina alicorada en la noche. Cómo no evocar también a Enrique VIII, primero ubicado en el mezanine del edificio de la Corporación Financiera de Occidente y después, de manera itinerante, por los barrios de la ciudad. Era el mejor sitio para la balada romántica adonde se debía llegar temprano so pena de no encontrar mesa. Allí nacieron muchos de los romances de mi generación. Otro clásico, sin duda, fue Emmanuel, en el barrio el Jardín, con su ambiente «tinieblo» pero familiar. Atendido hasta su muerte por el hermano de Tista Zuluaga, su eterno propietario.
Atahualpa y Cascanueces eran dos maravillosas cantinas en el barrio Providencia, Tihuanaco en el barrio Alfonso López, Puerto Rico y el Tranvía en el parque el Lago, la Siria en la vía a Morelia, Pupeto (King Club) al frente del Batallón y Donde Martín, en la cuarta con 18, que combinaba música con empanadas.
Los rincones tangueros también hicieron historia. Caño 14 en el Parque Olaya, la Flauta Mágica en la carrera octava con 31, la Milonga en la novena con diez y su hija la Milonguita, ahora en la peatonal de la 22, el Viejo Almacén en la carrera décima con 22, el bar Bartolo en la quinta con 12 o 13, el Rincón Porteño en la octava con 30, la Milonga del 900 en la 24 con quinta y Che Papú y Baco en la vía a Cerritos.
El Rincón Clásico de don Olmedo Ospina —en la segunda con 22— es sin duda otro ícono de ciudad que intenta sobrevivir después de sesenta años de historia. Una extraña combinación de música clásica y folclórica con el alcohol. El Tricolor y el Páramo hicieron historia con sus «bambuqueros» llamados después «serenateros». Nadie de mi generación escapó a la tentación de contratarlos para enamorar o para celebrar cualquiera efeméride. Casi todos los retratos de nuestras infancia y adolescencia tienen en el trasfondo al Trío Caldas, al Cuarteto Pereira, a Enrique Figueroa, a Fabio Ospina, al «Tuerto» Arturo, a Hernando Raigosa y a muchos más que escribieron con gargantas, tiples y guitarras la historia musical de la ciudad.
De los 26 sitios mencionados tan solo sobreviven cinco. En la próxima entrega les ampliaré el listado de los históricos rincones musicales de Pereira, seguiré con las discotecas y bailaderos y en una tercera entrega les contaré sobre los sitios que actualmente entretienen a los querendones y trasnochadores.



Gracias Dr. Ernesto, excelente viaje a la nostalgia. Le falto el antro de Copacabana en el parque olaya y de Caño 14 lo recuerdo pero en la 14 en la zona de Invico, Vale la pena un recorderis también de las discotecas de esa inolvidable epoca.
Recordar es vivir. Acabo de recibir una herencia de más de 500 LP de tangos, milongas y música ecuatoriana y quisiera poder enseñarselos…
Un llamado a la nostalgia. Poniendo a prueba la memoria y trayendo al presente sitios donde transcurrieron tantos momentos que enlazan amores juveniles y los amigos de ayer, muchos de los cuales aún permanecen. No hay duda, recordar es vivir!
Dr Ernesto: muy buena crónica sobre que en mi condición de estudiante pobre del barrio Boston, no conocí o visité, con el pasar de los años vi de lejos a Fuente Azul, ya no recuerdo el nombre de una fuente de soda de la 24 con octava, donde conocí mi primera amiga intima, de los años de juventud recuerdo las vespertinas bailables en El Sarape, que alguien dijo luego se convirtió en sitio de rumba gay. Mis inicios etílicos y eróticos los tuve en algun bar de cercanías de la galería, donde un amigo me invitó a iniciarme en el mundo adulto. Mil saludos y bendiciones.
Apreciado Ernesto, gracias por este tour de recuerdos.
Creo que se le debe agregar “El Sarape”, el más “oscurito” de la ciudad, en la calle 18, entre 8a. Y 9a.
A Douglas mi agradecimiento por su invitación. Deme su correo electrónico y planeamos un encuentro.
Bueno, gustos aparte, supongo que habrá un rincón para el rock: El Enano Bebe en la calle 28, La cervecería Aki en la antigua Cámara de Comercio, Stractus en la esquina de la veinticinco con octava y la trashumante Caja de Pandora, que todavía sobrevive en la carrera sexta con veinticuatro. Mejor dicho, evocando la novela de Andrés Caicedo «¡ Qué viva la música!»
Te faltaron algunos de aquel entonces Izquidara , casca nueces, la herradura .
Tal vez mi principal nostalgia sea que me recuerda el mucho tiempo desde que dejé a la querida Pereira. Prácticamente no recuerdo mucho pero gracias por la reseña histórica