Vaya sorpresa he tenido al abordar el tema de los bares antiguos que han existido en mi querendona Pereira. He recibido múltiples mensajes en los que mis lectores recuerdan los muchos sitios que aún no he mencionado y que demuestran el porqué de la «trasnochadora y morena». Espero no dejar ninguno por fuera.
En el centro de la ciudad había muchos bares que fueron desapareciendo paulatinamente. Empiezo esta vez con Petruska, de propiedad del calasancio Samuel Jaramillo, al lado de Enrique VIII en el edificio de la Corporación Financiera y después en la séptima con 27 y 28. Sabor y Arte, en la calle 21 entre 7ª y 6ª, atendido por mi amigo Vicente Emilio Vallejo y que alternaba entre restaurante en el día y taberna en la noche. El Gran Café que con estilo muy colonial aún subsiste en la carrera 7ª entre calles 21 y 22, al lado de Barcelona, otro bar que se resiste a morir y que convoca para ello a las nuevas generaciones.
La calle 18 albergó a través de los años a muchos otros bares también desaparecidos: La Herradura, que quedó casi destruido en el terremoto de 1978 y que según Eduardo González era para bebedores «profesionales», tenía entre sus novedades la venta de sifón (cerveza en proceso, antes de la maduración y la carbonatación) y al que se accedía por una puerta de batientes al estilo del «viejo oeste». También estaban Daytona, Rigoletto y La Esmeralda todos entre 6ª y 8ª y El Sarape, con alma mexicana, entre 8ª y 9ª. En todos ellos trasnochaba el alma bohemia de los pereiranos.
En la carrera 6a entre calles 20 y 21 estuvo Campanario, que luego se convirtió en Miruska, de propiedad de Hernán Mejía Campuzano. En la calle 22, también con 6ª, estuvo Ceniza Caliente de propiedad de dos hermanos llegados de los Estados Unidos, Gonzalo y Gilberto, quienes trajeron bajo el brazo múltiples discos con música «americana».
Por los lados de Invico estaban la Vitrola de propiedad de mi amigo Álvaro Mesa y que quizás —en los 80’s— era con aire de bar argentino el mejor sitio de la ciudad para escuchar música en vivo. Boa Boa una taberna de propiedad de Luis Fernando Ángel Mejía donde se alternaba el jazz con el rock. Recuerdo haber disfrutado allí la excelsa y cotidiana interpretación del saxofón a cargo de uno de los integrantes de la Banda Sinfónica Municipal, cuyo nombre olvido.
En el área del parque de La Libertad y en la calle 13 había varios bares de «mala muerte» a los que daba miedo asistir. Quizás sea esa la razón por la que mi memoria no recuerda sus nombres. Quizás algún travieso lector pueda ayudarnos.
En vía a Armenia hubo un boom bohemio que se compaginó con la aparición de decenas de moteles que le dieron al sector el mote de «triángulo de las Bermudas» porque los vehículos desaparecían de repente. Tomaron fuerza el tradicional Voces del Recuerdo que albergaba a varios conjuntos de tríos y serenateros y Reminiscencias, un espacio lleno de cubículos privados donde el dueño hacía gala de miles de acetatos antiguos y de una magnífica música de antaño; aparecieron el muy concurrido Remembranzas —abierto hasta hace muy pocos días— y El Reblujo, cerca de la Casona, un bar muy ahorrador de energía, pues era difícil ver la cuenta, al mesero que atendía y mucho menos a los demás asistentes.
De los diecisiete lugares mencionados en esta columna solo dos permanecen abiertos al público. La semana entrante les traeré la última entrega (con otras 20 cantinas, bares o tabernas) y después ingresaré en el mundo de las discotecas y bailaderos. ¡Salud!



«El séptimo cielo» un sitio de salsa para camajanes de línea dura, funcionaba en el tercer piso de de una edificación ubicada en la calle catorce con carrera octava, a treinta metros del «Pasaje Pulgarín». Ese sí era Sonido bestial
Cuadra y media más arriba, en la octava con doce, estaba el » Copacabana», una embajada de malandrines regentada por una mujer de armas tomar ( o mejor dicho, de machetes tomar) llamada Bernarda, capaz de meter en cintura a una panda completa de borrachos. De allí salían algunos jugadores non sanctos del Deportivo Pereira directamente a entrenar en Libaré.
En ese sentido, El Parque de la Libertad le hacía honor a su nombre.
Excelente trabajo. Recuerdo La Chispa, en la calle 25 con carrera 9 esquina. Especializado en tangos. Te recomiendo otro tema, algunas peluquerías eran muy conocidas y frecuentadas por los Pereiranos.