Se cumplen cincuenta días del terremoto que devastó a Pereira y la emergencia inmediata ha comenzado a transformarse en un desafío más profundo: pasar de la atención urgente a una reconstrucción organizada, transparente y capaz de responder no solo a los daños materiales, sino también a las heridas humanas, sociales, culturales y religiosas que dejó la tragedia.
Después de cincuenta días, la ciudad necesita una agenda pública de trabajo que permita conocer las prioridades, los responsables, los recursos disponibles y los tiempos previstos. No basta con desarrollar acciones separadas; es indispensable reunirlas dentro de una hoja de ruta integral que permita evaluar los avances, identificar las dificultades y garantizar que ninguna comunidad afectada quede relegada.
También resulta necesario establecer una instancia visible y técnicamente preparada que coordine el proceso de reconstrucción. Puede tratarse de una gerencia, que ya ha sido establecida por el gobierno nacional, una comisión especial con un equipo interdisciplinario, que debe contar con capacidad para tomar decisiones, articular instituciones, dialogar con las comunidades y rendir cuentas permanentemente. Cuando las responsabilidades están dispersas, los esfuerzos corren el riesgo de perder eficacia y continuidad.
El futuro del patrimonio arquitectónico, histórico, cultural y religioso de Pereira constituye otro asunto urgente. La ciudad debe definir qué edificaciones pueden restaurarse, cuáles necesitan reforzamiento y cuáles representan un riesgo para la comunidad. Estas decisiones no deberían tomarse exclusivamente desde la urgencia económica o técnica, sino también desde la memoria colectiva; reconstruir no puede significar borrar los lugares que han dado identidad a Pereira.
La reconstrucción debe ser el resultado de una gran alianza, entre las administraciones públicas, el Gobierno nacional, los congresistas, los gremios, las universidades, las empresas, las organizaciones sociales, las comunidades religiosas y la cooperación internacional que, aportando conocimientos y recursos, ofrezcan resultados eficaces. Ningún sector puede enfrentar por sí solo una crisis de esta magnitud; articular esas capacidades es una de las tareas más importantes del momento.
Pereira también enfrenta otro terremoto, menos visible, pero igualmente destructivo: el emocional. El sismo derribó paredes, pero también fracturó seguridades, proyectos y relaciones. Hay personas que perdieron familiares, viviendas, negocios, empleos y la confianza en los espacios que antes consideraban seguros. Algunas viven con miedo constante, insomnio, ansiedad o angustia ante cualquier ruido o movimiento.
Muchas familias abrieron generosamente sus hogares para recibir a parientes damnificados. Después de varias semanas, sin embargo, pueden aparecer el hacinamiento, las dificultades económicas, la pérdida de privacidad y los conflictos de convivencia. Esto no debe interpretarse necesariamente como falta de solidaridad, sino como una consecuencia humana de la presión prolongada. Por eso, el acompañamiento psicosocial y religioso, debe ser permanente, llegando hasta los barrios, los hogares, los albergues y las instituciones educativas.
También debemos aceptar una realidad inevitable: volverá a temblar. Nadie puede precisar cuándo ni con qué intensidad, pero Pereira está situada en una región sísmica. La reconstrucción debe convertirse, por tanto, en una oportunidad para reducir riesgos. Es necesario revisar las edificaciones vulnerables, fortalecer el cumplimiento de las normas sismorresistentes, mejorar los estudios de suelos, actualizar las rutas de evacuación, realizar simulacros y aumentar la capacidad de respuesta de los organismos de socorro y de las propias comunidades.
Cincuenta días después, Pereira necesita convertir sus múltiples esfuerzos en un proyecto común. Se requiere una agenda verificable, criterios transparentes para las ayudas, coordinación institucional, soluciones de vivienda, protección del patrimonio, recuperación educativa, acompañamiento a las familias de los desaparecidos y una estrategia sólida de salud mental y prevención del riesgo.
Este no es el momento de buscar culpables ni de utilizar la tragedia como instrumento de confrontación. Es el momento de formular preguntas responsables, corregir lo que sea necesario y unir capacidades. Porque reconstruir Pereira no es una tarea exclusiva de una institución: es un compromiso colectivo que exige liderazgo, conocimiento técnico, participación ciudadana, solidaridad y visión de futuro. Una ciudad no se reconstruye solamente con cemento. También se levanta con memoria, confianza, organización y esperanza.
Padre Pacho


