Melva González es una pereirana que ha desempeñado cargos destacados, entre los cuales se encuentra la gerencia general de la Previsora de Seguros, posición que ocupó en Bogotá con gran eficiencia, lejos de lo que es hoy esta compañía oficial. Después de 45 años y tras recibir reconocimientos por sus excelentes resultados, Melva ha regresado al lar que la vio nacer: su amada y nunca olvidada tierra, en la que un inmenso círculo de amistad la rodea con respeto, admiración y cariño. Pero al retornar, sus bellas pupilas sentenciaron: “¡Me he encontrado con una ciudad realmente hecha un despelote total!”
Y aunque la urbe ha progresado y crecido en muchos frentes, y sus cifras dentro de la competitividad nacional la ubican en los primeros lugares, no le falta razón a ella en tan gráfica percepción en lo que atañe al mobiliario urbano, al estado de las vías, a la indisciplina comunitaria, al olvido de la empatía como demostración de solidaridad y ejercicio fraternal de la ciudadanía; al incremento de la contaminación en sus distintas formas, incluyendo la visual, la auditiva, la respirable, en fin, la ambiental; a la obligación de la población de construir tejido social al convivir con otros, de velar por la ejecución de las reglas colectivas —tal como el tratamiento de las basuras, el cuidado de parques y zonas verdes, el mantenimiento de fachadas—, de contrarrestar el vandalismo y procurar una imagen estética para esta capital, más aún ahora que el turismo, en sus variadas fuentes, tiene a Pereira como un destino que coadyuva a su economía.
En esta nota apreciativa de la situación, Melva anota públicamente que Pereira “Está llena de suciedad por todas partes, a cualquier hora; los andenes para que caminen los peatones, destruidos; invasión total de vendedores ambulantes sin las más mínimas condiciones de aseo”. En relación con el equipo automotor, indicó: “El sitio preferido en que aparcan los conductores de vehículos es donde dice: PROHIBIDO PARQUEAR. Absolutamente nadie respeta las normas. Se pasan los semáforos en rojo. Se parquean en la mitad de la cebra. El ruido de los resonadores de gran cantidad de carros y motos es ensordecedor”.
Conviene resaltar lo atinente a la denominada cultura ciudadana —tema siempre repetitivo que da la impresión de ser un cliché vacío, sin promotores ni dolientes—, a pesar de que la Nación todavía distingue a los residentes de la Perla del Otún como los más devotos practicantes del civismo y paradigmas del esmero por su terruño, dignos de imitar con patriotismo. Al respecto, Melva González, en su añoranza, escribe con dureza: “Pereira no tiene el más mínimo nivel de educación cívica por parte de sus habitantes”. Y agrega: “Lo más triste de todo lo que he encontrado es ver cómo hasta los pereiranos, otrora simpáticos, solidarios y cívicos, se tornan en una población antipática, poco solidaria y maleducada en todos los niveles sociales. Son ciudadanos que se volvieron desconfiados y hostiles. Mejor dicho, de Pereira y los pereiranos hay muy poco que rescatar”.
Independientemente de este martillazo, no exento de verdad, hay que persistir en la prédica y práctica del civismo. De allí que el artículo de Ernesto Zuluaga, refiriéndose a la importante migración que tiene la ciudad —especialmente de Bogotá—, sirva para “pereiranizar” a aquellos que comparten esta idiosincrasia y que siempre son bienvenidos a la comarca. Es también la ocasión para que organizaciones de personas de buena voluntad, como ÁGORA, Pereira Cívica, la Sociedad de Mejoras, Copesa y otras, establezcan programas y planes de educación cívica que abarquen escuelas y amplios sectores en la inculcación de estos valores. En este espíritu para el inicio de una cruzada, Melva emplaza a la autoridad local para que sea su estandarte mayor. Al respecto, sueña: “Sería interesante que el nuevo alcalde, de quien me han referido que es bueno, se apersone de hacer un trabajo en Pereira con la gente, creando cultura ciudadana y respeto por las normas en TODA la sociedad para que esta ciudad sea un poco mejor de lo que hoy se ve”.
Gracias a Melva por sus preocupaciones y por regresar.


