Gueorgui Zhukov no era un hombre fácil. Si buscas en los libros de historia un líder militar refinado, lleno de diplomacia y diplomitas, estás mirando al personaje equivocado. Zhukov era, en esencia, una fuerza de la naturaleza: un tipo tosco, terco como él solo, nacido en una humilde choza de campesinos cerca de Moscú, que terminó convirtiéndose en el martillo con el que la Unión Soviética le rompió los dientes al nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial.
Sin Zhukov, el mapa de Europa y el destino del siglo XX serían trágicamente distintos. Pero entenderlo implica aceptar una paradoja dolorosa: fue el héroe absoluto que salvó a su patria y, al mismo tiempo, un comandante capaz de mandar a la muerte a cientos de miles de sus propios hombres sin pestañear, impulsado por una disciplina de hierro y una determinación implacable.
De aprendiz de peletero a héroe de la Patria
La historia de Zhukov parece sacada de una novela rusa. De niño aprendía el oficio de peletero en Moscú, pero el torbellino de la Primera Guerra Mundial lo empujó a las filas del ejército zarista, y más tarde, al Ejército Rojo durante la sangrienta Guerra Civil. Ahí se forjó su carácter. No tenía grandes títulos ni venía de alcurnia; todo lo aprendió a golpes, cabalgando con la caballería y devorando táctica militar en sus noches libres.
Su primer gran destello de genio militar no ocurrió en Europa, sino en las estepas de Mongolia, en Khalkhin Gol (1939). Allí, ante el ejército imperial japonés, Zhukov ejecutó una maniobra combinada de tanques, artillería y aviación tan feroz y envolvente que les quitó a los japoneses cualquier gana de volver a meterse con la URSS durante el resto de la Gran Guerra. Fue su carta de presentación: velocidad, concentración aplastante de fuego y cero piedad.
La sombra de Stalin y las horas más oscuras
Cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética en junio de 1941, el frente soviético se vino abajo como un castillo de naipes. En medio del caos del pánico colectivo y las ejecuciones sumarias de generales aterrorizados, emergió la figura de Zhukov. Fue de los poquísimos hombres que se atrevió a plantarle cara y gritarle al mismísimo Joseph Stalin. En un régimen donde una palabra equivocada significaba un tiro en la nuca o el viaje sin retorno a un gulag, Zhukov le discutía las órdenes al dictador de Moscú si consideraba que técnicamente eran un suicidio. Stalin, que desconfiaba de todo el mundo, entendió rápido algo vital: Zhukov era indispensable para no perder la guerra.
Y así comenzó la leyenda del «apaga-fuegos» de la URSS. ¿Qué Leningrado estaba a punto de caer y la gente moría de hambre? Manden a Zhukov. ¿Que los tanques alemanes estaban a las puertas de Moscú y se veía el humo de sus motores desde el Kremlin? Llamen a Zhukov. ¿Que en Stalingrado se jugaba el destino del mundo calle por calle? Que Zhukov arme la contraofensiva.
Con la famosa Operación Urano en Stalingrado y luego en el gigantesco choque de blindados en Kursk, Zhukov —junto a mentes brutales como Aleksandr Vasilevski— diseñó la tenaza perfecta. No le importaba el costo humano, y eso es algo que la historia no puede maquillar. Para Zhukov, el soldado era un recurso más en la ecuación de la victoria. Si para aplastar a la máquina de guerra alemana había que derramar ríos de sangre soviética, se derramaban. Y los soviéticos pagaron el precio más alto de toda la contienda.
El clímax en Berlín y la amargura del olvido
El arco triunfal de Zhukov culminó en mayo de 1945. Fue él quien dirigió la toma de Berlín, una batalla brutal, casa por casa, que dejó la capital del Reich reducida a escombros. Fue él quien firmó como representante soviético el documento de rendición alemana y quien, montado en un majestuoso caballo blanco, inspeccionó el célebre Desfile de la Victoria en la Plaza Roja. En ese instante, Zhukov no era solo un mariscal: era un dios viviente para el pueblo soviético.
Pero en la URSS estalinista, brillar más que el Sol era una sentencia de muerte o de ostracismo. Stalin no podía tolerar que un militar fuera más querido y respetado que él. Poco después de apagarse los ecos de la victoria, el paranoia del régimen cayó sobre el héroe. Zhukov fue acusado de «bonapartismo», de robos menores en Alemania y de arrogancia. Fue despojado de sus altos cargos y enviado a comandar distritos militares de quinta categoría en el interior del país, sepultado en el olvido operativo.
Tras la muerte de Stalin en 1953, el mariscal tuvo su revancha política: ayudó a Nikita Jrushchov a deshacerse del temible jefe de la policía secreta, Lavrenti Beria, y llegó a ser Ministro de Defensa. Sin embargo, los políticos siempre le tuvieron miedo a su enorme prestigio entre las tropas. En 1957 volvió a caer en desgracia, condenado a un retiro forzoso hasta el día de su muerte en 1974.
El legado de un gigante defectuoso
Gueorgui Zhukov no fue un santo, ni pretendió serlo. Fue un producto puro y duro de su época y de su entorno: un hombre moldeado por la pobreza, la revolución, el terror estalinista y la guerra total. Tenía un ego gigantesco, un carácter áspero y una frialdad operativa que a veces rozaba lo inhumano.
Pero cuando la historia puso a la humanidad al borde del abismo frente al nazismo, fue su voluntad de hierro, su brillantez estratégica y su incapacidad para rendirse lo que inclinó la balanza. Zhukov fue el arquitecto militar de la Gran Victoria, un gigante defectuoso pero formidable, cuya sombra aún se proyecta como el militar más determinante e influyente del mayor conflicto que ha visto nuestro planeta.


