SECRETOS DE LO EVIDENTE

OpiniónSECRETOS DE LO EVIDENTE

Sin ninguna certeza ni motivación, el hombre decidió partir hacia un país lejano del Este. Por algún motivo, tomó la cuestionable decisión de abandonar el avión a mitad de camino, adentrándose entre calles y avenidas.

Al llegar, era de noche. Los peatones salpicaban el inmenso entorno de cielos abiertos, como puntos aislados manchando de grasitud cualquier espejo a la intemperie, carente de manos dispuestas a desempañarlo. Se detuvo en el café más próximo. Cuando levantó la vista, buscando quién lo atendiera, le llamaron la atención los arcos de tono celeste claro, el techo semiabierto de la estructura derruida, además de la presencia de mujeres pasada la mediana edad, vestidas con ropa elegante y oscura, algunas con collares de perlas.

El camarero nunca apareció, a pesar del lugar lleno. Lo sorprendió la actitud vacilante de una matrona sentada cerca. Tenía la mirada extraviada. No tardó demasiado en caer de bruces al suelo. Él se puso de pie. Levantó los brazos, tratando de llamar la atención. Solo apareció un hombre, reclinándose sobre el cuerpo robusto de la mujer. El resto permaneció indiferente, ajeno siquiera a cuanto ocurría. Caía otra. Otra. Y nada alteraba la rutina.

El temor persuadió al hombre de alejarse. La situación se repetía en todas partes. Ahora no eran solo mujeres. Las personas estaban regadas por doquier, mientras los demás deambulaban confundidos, sorteando a los peatones de la mejor manera posible.

Se internó en la primera avenida. Caminó muchas cuadras durante varias horas. Notó el comportamiento extraño de los transeúntes. Los que permanecían de pie parecían comportarse de manera errática, carente de empatía, a veces hostil. Decidió mantener la distancia, aunque ni siquiera se arrepintió de haber elegido semejante destino, ni había tomado la decisión de marcharse de esa suerte de arenas movedizas que lo rodeaban, como si estuviera resignado a dejarse hundir.

Sintió sed. Tuvo hambre. Intentó ingresar a un supermercado. El guardia de la entrada se lo impidió, como lo había comprobado al ver a otros comerciantes de la zona alejando a los clientes al no poder explicar la razón de lo sucedido. Pensó que tal vez la policía había emitido la ordenanza, tratando de evitar el pánico generalizado y de procurar el mantenimiento de la seguridad. Desde ese instante, pudo entender el idioma de cuantos lo rodeaban, al identificar, en un castellano atravesado, cada palabra. De ese modo, entendió que el guardia había reconocido el acento extranjero, preguntándole dónde había nacido.

—Sudamérica. Perú, Argentina, Colombia, Ecuador, Venezuela, Uruguay, Bolivia, Paraguay. Las Guyanas.

—Ah…

Fue la respuesta al asentir.

Pronto hicieron buenas migas. Al hombre le permitieron entrar, a condición de que fuera muy breve. Dentro del espacio reducido, había dos o tres mujeres y un grupo de niños de comportamiento extraño. Cuando se agachó para tomar la botella de jugo de frutas exóticas elegida, advirtió al que parecía ser el líder tomar su bolso, dejado sobre el piso. Se lo quitó. Observó unas chaquetillas grises, con inscripciones en alfabeto cirílico, las cuales decidió automáticamente regalarles a los sobrinos al llegar. Las introdujo a hurtadillas en el bolso, aún bajo la mirada acusadora del niño. Pagó el refresco, el paquete de galletas de chocolate junto a la caja y salió. Al atravesar la puerta, unos pocos pasos junto a la pared de vidrio, sintió el grito acusador que la mente le tradujo de inmediato:

—¡Ladrón!

Ignoró el motivo de volver a pagar la diferencia, de aducir el eventual olvido a causa del azar, de inventar cualquier argucia. El instinto lo hizo correr. La desesperación invadió su alma, hallando consuelo al descender las escalinatas del subterráneo desierto.

Dentro del vagón había pasajeros paralizados, sentados, con la mirada perdida. La formación avanzaba a gran velocidad. Cada tanto, alguno abría la puerta intermedia de acceso, avanzando tambaleante, perdido, aproximándose al lugar donde permanecía el hombre, junto a otro que observaba absorto el paisaje de la ventana, como si recién pintada la hubieran rayado con un peine de derecha a izquierda.

Percibió la llegada de un pasajero a ocupar el asiento frontal al que se encontraba. Le pareció demasiado sospechoso, habida cuenta del resto del vagón vacío. Incómodo, se puso de pie, alejándose enseguida. Descendió al arribar a la primera estación. Al volver a la superficie, el escenario se repetía. La gente desmayada. La mayoría caminando abstraída dentro de un mundo propio, empeñada en desentenderse de la situación. El hombre intentó preguntarse si, cuando la desgracia también los alcanzara, se volverían conscientes de la urgencia, del alto grado de afectación, aunque fuera demasiado tarde, pero la necesidad de la inmediatez lo hizo olvidar. Era extranjero, llamaba la atención, el acento lo delataba. De seguro, la policía tendría una descripción suya perfecta para echarle mano. Descartó la opción de ocultarse. Pensó mantenerse en movimiento todo el tiempo posible. En el fuero íntimo, creía que lo lograría con solo tomar el primer colectivo a casa, sosteniendo al mismo tiempo lo contrario.

Llegando a cierta parte de la ciudad, llena de muros intrincados de ladrillos naranja, sus movimientos buscando la salida acabaron por llamar la atención de un grupo de agentes. No tenían idea de quién se trataba. Ignoraban lo del robo. El hombre se movía en zigzag, evitando ser rodeado. Los agentes intentaban cerrarle el paso a lo largo de aquel laberinto indescifrable, sin lograr atraparlo y tras descartar el uso de tonfas o armas de fuego.

Luego de varios minutos, la persecución parecía prolongarse indefinidamente. El hombre estaba cansado. Los uniformados, a punto de rendirse. A esas alturas, querían dejarlo ir, hacer a un lado la torpe idea de detenerlo para justificar la ronda, el hecho de atraparlo por mera sospecha caprichosa, al no encontrarse violando ninguna ley más allá de caminar en círculos. Buscaban esa salida alternativa que los estrategas permiten utilizar al enemigo para no aniquilarlo, quitándose el problema de encima. La obsecuencia autoritaria estuvo al borde de dar sus frutos. El hombre corrió al borde de la pared e iba a ser sujetado del hombro cuando, de repente, levantó vuelo.

Salía el sol. En posición vertical, una fuerza desconocida lo hacía flotar bajo las plantas de los zapatos. A medida que la ciudad se abría paso, apagando una a una sus diminutas luces de neón, fue ganando experiencia en aquello de elevarse. Seguía desconociendo las causas, las consecuencias de la crisis humanitaria, la trascendencia del robo, la naturaleza del comportamiento de aquellos que se mantenían todavía de pie. Pero aprendió que mantenerse suspendido implicaba echar ligeramente el cuerpo hacia atrás; también comprendió las dificultades y los riesgos de alcanzar determinadas alturas. La impaciencia lo instó a viajar más rápido. Quería abrazar mayores distancias, pero comprendió la virtual pérdida de altura. Al costado, vio a alguien de pelo largo y bigotes que, a fin de lograrlo, se dejaba caer levemente, haciendo una parábola en forma de «U» para emerger con velocidad a escasos metros.

El aeropuerto estaba allí. Subió al primer avión. A mitad del viaje, advirtió a través de una de las ventanillas que se encontraba detenido apenas por encima de los edificios. No podía recordar cómo salió. Bastó con la voluntad de llegar a la trompa desandando el aire. Llegó a las cuatro esquinas de cada edificio. El vértigo se tornó inexistente. Veía a la gente más pequeña que nunca; a los automóviles, reducidos a hormigas recorriendo apretujadas los caminos de brea y cemento, en lugar de tierra.

La vida del hombre adquirió nuevos rumbos, dedicado a transitar el vacío, indiferente e insolidario como jamás lo había sido, falto de horizonte, de deseos de volver a donde supuestamente pertenecía. Nada parecía importar, a excepción de ese permanente dejo de tristeza en el interior del alma, cansada de acabar siempre por honrar el silencio, aunque posea demasiados rostros felices.

1 COMENTARIO

  1. Es complejo, hay que leerlo muchas veces, pero siempre deja una sensación de desesperanza, del que huye sin entender la causa.

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