martes, mayo 5, 2026

SUEÑOS QUE NO SE DESVANECIERON CON EL RUIDO

OpiniónEducaciónSUEÑOS QUE NO SE DESVANECIERON CON EL RUIDO

“En el quirófano de un centro hospitalario de Colombia, mi cerebro era una cámara fotográfica que me permitía ver imágenes inolvidables capturando las escenas más gratas, más lindas de mi vida. El colorido inexplicable; la sensación, indescriptible”

                                                                       John Faber

Desde mediados de 2025, atrapaba mi atención un vehículo conducido con maestría; quien lo realizaba, un joven de sonrisa cálida, rostro apacible y una serenidad que traspasaba los límites humanos. Puntualmente hacía su arribo a las cinco y treinta de la tarde al Instituto Comfamiliar Risaralda, ubicado en la carrera cuarta con calle 22. Era su rutina semanal. Ahí cumplía una cita con la academia.

Para muchos, su vida es singular; otros, ni lo perciben, cada quien va con sus prisas. Sin embargo, ese chico que por primera vez atrapó mi atención y como si el universo confabulara a mi favor, el 26 de enero del año en curso está ahí en el aula de clase, dispuesto a recibir conocimiento en las diversas áreas diseñadas para el programa que cursa y que está en aras de finalizar. En ese recinto vuelvo experimentar la energía de un ser que tiene claro lo que quiere.

Es John Faber Gañán Gaviria, un soñador a quien las balas no le cercenaron sus ideales; al contrario, ha logrado sus sueños y quiere alcanzar la cima, le ha apostado a ello, porque tiene la actitud, la fuerza y el apoyo de quienes son su familia y las que se han convertido en esa mano que no cesa de estar donada en señal de luz: sus terapeutas. Aquellas que en un principio fueron subvaloradas y casi que, rechazadas por exigir mucho de él, pero que, con el paso del tiempo se volvieron sus oídos, manos, piernas y, sobre todo, mente. Hoy, sólo hay reconocimiento a ellas.

Es integrante del Técnico en Contabilidad jornada nocturna. Su arribo a la institución lo hace después de haber cumplido con un horario laboral que va hasta las cinco de la tarde, a partir de ahí se dispone a recorrer la ciudad desde la Avenida Circunvalar, desafiando el tráfico en su silla de ruedas, para llegar a tiempo al Instituto donde permanecerá hasta las 9 y 50 de la noche. Acto seguido se dirige a su casa a descansar.

En su rostro no hay huellas de cansancio, al contrario, su presencia llega para apaciguar esas aguas que de pronto se muestran agitadas por el mismo desdén del día; él sonríe y se dispone a recibir la información que se le brinde y a realizar las actividades que se proponen. Siempre muy bien.

En medio de nuestros encuentros y antes de iniciar la clase, decido conocer su historia y sin prejuicios, ni negativas, desnuda su alma para poder compartir anécdotas de vida ejemplar: Es pereirano, pero por circunstancias del destino y buscando su independencia, decide conocer otros horizontes lejos de su ciudad natal, viajando a Puerto Hormiga, el lugar que marcó su vida para siempre.

Allí trabajaba independiente, vendía rifas y en medio de dicho ejercicio como un mensaje subliminal le permite a su mente divagar imaginado cosas como ser víctima de un atentado, sentimiento volátil, pero hecho realidad, ya que unos minutos después desde una motocicleta le disparan varios proyectiles que lo dejaron vivo, pero inmóvil, consciente por instantes, hasta despertar en una clínica y conectado a múltiples aparatos que fueron su compañía durante días. Luego, recibe una noticia aplastante, aunque esperada por él: Había perdido movilidad en su cuello, cabeza, brazo izquierdo, piernas; es decir, su condición, estar atado a una cama, porque el compromiso en algunas vértebras era tal, quedando cuadripléjico.

La reacción del médico fue de desconcierto, ya que imaginó otro tipo de respuestas de John Faber, pero, lo asume con entereza, la misma que es su bandera hoy.

Admiración profunda por este chico a quien el accidente que le cambió la vida, no lo detuvo para batallar contra los miedos, las palabras, los mitos, los obstáculos. El diagnóstico de aquel galeno, no lo derrumbó, lo incitó a luchar por recuperar su movilidad, la que era necesaria para ocupar el sitio que hoy tiene en la empresa. No mueve su mano izquierda, ni sus piernas, pero, ello no le impide sonreír, agradecer, valorar y escalar posiciones. Su mente está lúcida, puede ver el mundo que lo rodea, hablar con propiedad, defender con argumentos posturas y ser “coach” para llegar a muchas personas que se derriban ante una circunstancia adversa.

Él, como muchos, cruzó el umbral, experimentó la muerte y se reconcilió con la vida a través de esas imágenes que lograron ese propósito: devolverlo para alcanzar sus metas. Es mi estudiante, mi orgullo, el de todos los docentes que, aun desconociendo esta historia, lo valoran por su talante.

Es una víctima de la Colombia herida, de las balas perdidas o las que se disparan por confusión, de las que no fueron reparadas, pero una lección muy bella para compartir a las personas que desisten de sus proyectos porque prefieren procrastinar, o no tienen definidas sus metas y optan por opciones que no enriquecen su vida.

John Faber tiene su mano izquierda inmóvil, la mueve su actitud, así como la marcha, no la de sus piernas, sino la que le imprime a su silla, esa que acaricia sus pies en señal de complicidad.

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