Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral
y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.
Albert Camus.
Por: Wilmar Ospina Mondragón
Hay momentos en los que el fútbol se detiene y el color de una camiseta ya no es ese símbolo que nos separa, que nos lleva a una pelea sin sentido; es más, este dolor legado por el terremoto pasado (10 de agosto) nos hace un llamado especial: antes de ser hinchas, somos seres humanos.
Después de esta catástrofe, los cánticos de la hinchada en las tribunas se silenciaron y la pecosa dejó de rodar sobre el césped; ya no se escuchan los gritos de guerra de los jugadores en el terreno porque, obvio está, la discusión importante no gira en torno a cuál equipo es más grande o más chico.
Cuando Hernán Darío Herrera (“el arriero”), técnico del Once Caldas, dijo que no jugaba ningún partido así lo echaran del club, comprendí, como fanático de La Furia Matecaña (Deportivo Pereira), que en ocasiones una ciudad se despierta herida y, por esa misma magulladura, debajo de todas las camisetas late, sea hincha del equipo que sea, exactamente un mismo corazón, el de la humanidad.
Pereira está viviendo uno de esos momentos y el terremoto nos atiborró de miedo, dolor, incertidumbre, casas destruidas, familias angustiadas y miles de personas tratando de entender, entre lágrimas y escombros, cómo empezar de nuevo, pues, por infortunio, perdieron en pocos segundos aquello que tardaron años en construir.

Pero en medio de tanta tristeza también ocurrió algo hermoso: aparecieron las manos y llegaron las ayudas. En ciudades distantes como Medellín y Bogotá se unieron jóvenes tatuados, acostumbrados a levantar banderas, a tocar bombos y a sostener trapos durante noventa minutos de euforia. Esos hinchas que alguna vez empuñaron con fuerza sus manos frente a un rival, hoy las abrieron para recibir una bolsa de alimentos, cargar un mercado y enviar estas donaciones como ayuda humanitaria para quienes más las necesitaban.

Y este acto de bondad debería hacernos pensar algo vital: apelando a la ética y no al rencor fanático, descubrí que muchos de estos jóvenes pertenecen a barras bravas que nada tienen que ver con los colores aurirrojos de nuestra ciudad.
A Pereira arribaron donaciones y expresiones de solidaridad de hinchadas que, durante largos años, han estado distantes por las rivalidades que procura el fútbol. Muchachos de Nacional, Santa Fe, Millonarios, Independiente Medellín y otros equipos del rentado nacional se entregaron a la tarea que les exigió su alma solidaria. También en nuestra urbe, la querendona, trasnochadora y morena, y en Manizales, los barristas de Lobo Sur y otras hinchadas y los que pertenecen a Holocausto, se volcaron a las calles de su propio terruño para levantar a cada una de estas ciudades, una más golpeada por el mismo desastre.
Por unos días han dejado de importar el verde, el rojo, el azul, el aurirrojo o el blanco. Y despojarse de esta férrea filosofía futbolera en que viven los hinchas se da porque, cuando alguien tiene hambre o requiere ayuda en casos como el que vivimos, nadie pregunta de qué equipo es o cuántas estrellas tiene el escudo que lleva tatuado en el pecho o quién ganó el último clásico.
Cuando alguien está a punto de morir debajo de los escombros esperando una mano que lo rescate, tampoco es determinante si dicha mano es la del hincha que el domingo anterior estaba cantando con furia desde la tribuna contraria. Quizás, esa sea una de las enseñanzas más profundas que nos está legando este momento: una mano, en la tragedia, sigue siendo una mano en la solidaridad.
Durante muchos años, las barras bravas han vivido el fútbol con violencia. Somos testigos de hechos nefastos como enfrentamientos a roca y bate, heridos y jóvenes asesinados por llevar una camiseta con un color diferente. Incluso, miramos con desconfianza y recelo al grupo de fanáticos que ondea una bandera y atraviesa cualquier ciudad cantando, a pulmón herido, por su equipo del alma.
Después de lo acontecido con el terremoto, yo descubro el verdadero rostro del hincha: detrás de su piel verde, roja, amarilla, blanca, a rayas, hay jóvenes capaces de organizarse, movilizar personas, recoger alimentos, viajar kilómetros, cocinar, cargar, acompañar y trabajar durante horas enteras por personas que aman a un equipo diferente al suyo y a quienes jamás habían visto.
Creo, de hecho, que el problema no es amar demasiado una camiseta; el verdadero problema aflora cuando consideramos que, para demostrar dicho amor, tenemos que odiar la del otro, al rival. ¡No debería ser así! ¡El fútbol como fiesta deportiva no tendría porqué velar ni extrañar a ningún muerto!
Este juego maravilloso puede hacernos llorar, abrazarnos con desconocidos, viajar durante horas detrás de nuestro equipo, endeudarnos para verlo jugar por primera vez en una Copa Libertadores, guardar durante décadas, como un enorme trofeo, la entrada a un partido inolvidable, y lo más bello: transmitir de generación en generación una pasión que resulta difícil de explicar. Para mí, ningún amor futbolero debería ocasionar muertes innecesarias y lamentables entre las barras bravas de los distintos equipos que engrosan la liga nacional. Sería doloroso, muchachos, que cuando pase esta tragedia olvidemos lo humano y retornemos al odio que se esconde, como un monstruo, detrás de una camiseta.
De esta nos levantaremos y regresaremos con más fuerza. Abriremos de nuevo nuestras puertas, recuperaremos nuestras calles y nuestras familias reconstruirán, poco a poco, todo aquello que se perdió. Volveremos a llenar el Hernán y, durante la previa, cantaremos con fuerza en la Calle del Lobo; lo haremos así por los caídos, por los muertos del terremoto, por los damnificados, por esta Pereira que amamos con el corazón. Allí los esperaremos para cantarle a la vida y no a la muerte, para gritarle al mundo que el fútbol, más que un deporte de violencias, es un juego de confraternidad y pasión.

Jugaremos de nuevo el clásico, ondearemos las banderas, tocaremos los bombos y platillos; retornaremos como hinchas a alentar a nuestros equipos. Y estará bien que vuelva todo eso pero, insisto, que la muerte no regrese jamás a ningún estadio y sus alrededores. Qué injusto sería que una madre, después de esta devastación, reciba una llamada para anunciarle que su hijo, por portar una camiseta de fútbol equivocada, fue asesinado. Qué sensato sería, más bien, que un padre de familia no tenga que acercarse a un hospital o a una clínica a orar por la salud de su muchacho, quien quedó malherido en una pelea que comenzó, quizá, por un escudo.
Espero que, en adelante, ningún joven tenga que demostrar su pertenencia a una barra brava atacando a otro que, probablemente, siente por su equipo la misma pasión que él profesa por el suyo. No olvidemos un principio rector de la vida: detrás de cada camiseta rival hay una persona, alguien que también tiene una mamá, que estudia y trabaja; que está enamorado; que siente miedo, comete errores y sueña con un futuro mejor. Hay mil razones para alejar las muertes violentas de los estadios. Quizá, por ello, no fue en vano lo que dijo alguna vez MaraD10S, el más grande de los grandes: “la pelota no se mancha”.
Estoy casi convencido de que las juventudes (hombres y mujeres) que participan en estas jornadas humanitarias también son capaces de organizarse para cuidar-se la vida. Si pueden recorrer kilómetros llevando mercados, seguramente podrán trasegar esas mismas distancias profesando mensajes de paz y sana convivencia en los campos de juego y sus entornos aledaños. Si se encontraron en una calle destruida sin preguntarse de qué equipo eran hinchas, mañana, con la unión y las enseñanzas que nos dejó el terremoto, compartirán la pasión del fútbol comprendiendo que ser rivales durante noventa minutos jamás debería convertirnos en enemigos para siempre.
La verdadera grandeza de una barra brava no debería medirse únicamente por cuántas personas lleva a las graderías, cuántos tifos despliega a lo largo del año o cuán fuerte canta desde la tribuna contraria; tampoco si ahoga el gol del rival en un grito eufórico. Tal vez, como lo han demostrado con esta tragedia, pertenecer a una barra brava y a un equipo determinado debería medirse por cuántas vidas somos capaces de cuidar y proteger. Que la rivalidad se dé en el césped y que gane el mejor, no la ira, la sevicia ni la muerte.
Cuando vuelva la normalidad, porque regresará, ojalá este recuerdo nos acompañe con sensatez: antes que un escudo está el otro, el sujeto que también es padre, esposo, tío, conductor, abogado; o la chica que es ama de casa, profesora, novia, doctora.
Espero, por supuesto, que los hinchas de las barras bravas vuelvan a encontrarse en las carreteras, en las calles y alrededor de los estadios; no obstante, deseo que, durante este reencuentro, se miren sin sentir que tienen que destruirse para demostrar quién ama más a su equipo del alma.
Ojalá entendamos de una buena vez que ningún club es tan grande como para valer una vida; es más, la muerte nunca podrá justificarse por una rivalidad futbolera.
El fútbol, muchachos, nos necesita vivos para poder regresar a casa y abrazar a todos nuestros familiares. Que esta sea nuestra memoria cuando el fútbol vuelva: los colores, los escudos y la pasión son vitales sin que se derrame la sangre ajena, pues una camiseta puede dividir una tribuna durante noventa minutos, pero la vida, en cambio, debería unirnos para siempre.
Wilmar Ospina Mondragón
Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía
Universidad Tecnológica de Pereira
Universidad Católica de Pereira



Así es. La vida debería unirnos para siempre. Excelente escrito.
Qué hermoso y necesario mensaje, profe Wilmar. 👏⚽️ La pasión por el fútbol jamás debería estar por encima del valor de una vida. Que podamos volver a las tribunas, a celebrar nuestros colores y nuestros equipos, pero siempre entendiendo que al frente tenemos a otro ser humano, a una familia y una historia. Gracias por recordarnos que el fútbol debe unirnos, no arrebatarnos a quienes amamos. 🙏❤️
Así es Wil que buen artículo y ojalá llegue a todos nuestros jóvenes y entiendan la verdadera fiesta del fútbol.
Que gran mensaje 👏 y cuánta verdad, se que tocará muchos corazones 🥹🫶🏼
Ojalá esto nos una a todos de tal manera que podamos respetar la idiosincrasia de los demás y aún así seguir amándonos, protegiéndonos y acompañándonos.
Sería maravilloso que las barras bravas dejaran de ser tan bravas y se puedan mirar unas a otras con empatía, goce, disfrute y alegría que es lo que uno busca cuando visita un estadio.
El tiempo es efímero cuando de ayudar se trata, porque aquellos que viajan a alentar a un equipo a cualquier parte y sin recursos, si que saben que es pasar necesidades, pero lo hacen por gusto y pasión, por ello, no son indolentes frente a quien tiene que pasar necesidades por obligación. Saben que una fecha de juego y esos 90 mnt no son nada a comparación de perderlo todo en un minuto.
¡Qué maravillosa reflexión! Esperemos que de ahora en más, el fútbol y la pasión que conlleva ser fanático, nos llenen la vida de esa pasión que tanta falta ha hecho, pero que en este momento se ha visto resurgir, la solidaridad. Gracias Wilmar.
Que grandioso es saber que sin importar las rivalidades o ideologías , todos los humanos como hermanos en la calamidad se unen en apoyo y solidaridad para ayudar hace que la unión y la fuerza tumben barreras y límites, cuando la empatía abraza los corazones , podemos sacar nuestra mejor versión . Mil gracias maestro.
Que el color de una camiseta no haga que se nos olvide que todos unidos podemos salir adelante ante cualquier obstáculo
La verdad es que cuando pasan estás catástrofes todos los seres humanos sacamos un poco de solidaridad esa que tenemos guardada y que muchas veces las rivalidades no nos dejan demostrar pero en el fondo de cada ser humano hay un corazón que late y no es indiferente a sus emociones
AGUANTÉ LA VIDA💪🐺💛❤️
Que extraordinaria reflexión el valor de la vida está por encima de todo, el ser humano debe aprender a ganar y a perder, los partidos de fútbol son para disfrutarlos,maravillarse de los goles vengan de quien vengan y compartir en familia de esa gran afición.
Es un buen articulo que explica de que la diferencia de camiseta no es ser enemigos, es solo ser rivales en la cancha.
Ey, fieras, de antemano quiero agradecerles por la lectura y por sus comentarios, todos ellos muy pertinentes para el momento que vivimos hoy.
¡Gracias, monstruos!
Cuando la tierra tembló, las diferencias quedaron atrás entre hinchas. Las barras bravas demostraron que también saben unirse para ayudar y tender la mano a quienes más lo necesitas y eso es admirable 💪🏽
Lo que realmente nos define como seres humanos se demuestra con hechos: ayudar al otro, tender la mano y actuar con solidaridad. Eso debería profesarse en cualquier deporte, sin distinción alguna. Porque, por encima de competir, ganar o perder, está la lógica más básica del ser humano: ayudarnos entre nosotros.