jueves, marzo 5, 2026

UN HOMENAJE AL CAQUETÁ. UN PARAÍSO VERDE A ORILLAS DEL ORTEGUAZA

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Aquel amanecer estaba cargado de humedad y determinación. María del Socorro y yo esperábamos “la rápida” (una lancha a motor), a orillas del río Orteguaza. El motor aún apagado, el rumor del agua como único sonido, y en el horizonte una neblina espesa que parecía custodiar la selva. No sabíamos cuántos retenes improvisados, ni cuántos rumores de amenazas atravesaríamos. Sabíamos, eso sí, que en cada municipio nos esperaban las madres líderes de Familias en Acción, el programa para el que trabajábamos con toda la energía del mundo. Y eso bastaba.

El Caquetá no se recorre: se vive. Nuestra ruta partía de Florencia, descendía hacia Solano, remontaba memorias en Albania, se abría paso por Belén de los Andaquíes y volvía a encontrarse con la fuerza de su gente en cada cabecera municipal. Cada tramo era un recordatorio de que este departamento es más que titulares de conflicto: es un crisol de razas, una síntesis viva de colonización, resistencia indígena y esperanza campesina.

El Orteguaza nos acompañaba como columna vertebral líquida. Sus aguas amplias, marrones y profundas, arrastran historias de comercio, de guerra y de reconciliación. Más al sur, el Caquetá —ese río mayor que parece no tener fin— impone respeto. Y en sus afluentes, el Caguán y el Yarí, la selva se refleja como un espejo indomable. Es imposible no sentirse pequeño ante esa magnitud.

En Solano nos recibió la escultura del último Andaquí, erguida a la entrada del municipio. No es solo una figura en bronce o concreto; es un símbolo de dignidad. Los Andaquíes fueron parte esencial de esta tierra antes de la colonización. Resistieron, se mezclaron, dejaron huella.

El Caquetá moderno es resultado de esa fusión: indígenas, colonos huilenses, antioqueños, tolimenses, costeños. Un mestizaje que no es discurso académico, sino realidad cotidiana en el acento, en la música y en la mesa.

Porque si algo tiene el Caquetá es sabor. Recuerdo el pirarucú en una poza natural de parque municipal —un pez gigante, amazónico, y que en las mesas de la Amazonía es servido con orgullo—, el sancocho espeso, la carne asada al carbón, el yagé ceremonial que algunos mencionaban en voz baja. Y el baile del Yariseño, con su vestuario colorido, faldas amplias y camisas bordadas que evocan la colonización del Yarí.

María del Socorro lo exhibía con orgullo en nuestros encuentros nacionales. No era un simple traje típico; era identidad. El Yariseño mezcla pasos campesinos con cadencias amazónicas, celebra la fundación de San Vicente del Caguán y honra esa mezcla de culturas que dio origen a nuevas tradiciones.

En Albania nos detuvimos frente a una ceiba enorme, en las puertas del pueblo. Decían que había visto pasar columnas guerrilleras, caravanas militares y desplazamientos silenciosos. Los árboles en el Caquetá son testigos mudos de ejecuciones extrajudiciales, no las tan mentadas de los falsos positivos, sino las de una infame guerrilla que se pasó como Jojoy por su casa por esas bellas tierras . Esa ceiba parecía guardar en su tronco cicatrices invisibles de violencias pasadas. Sin embargo, a su sombra jugaban niños y conversaban madres líderes que no estaban dispuestas a heredar el miedo y que nos esperaban para hablar de compromisos y de la salud y la educación de sus hijos.

Ese era el centro de nuestro viaje. No la amenaza. No la tensión. Sino el compromiso. En cada municipio nos esperaban mujeres valientes, organizadas, con cuadernos bajo el brazo y preguntas concretas sobre subsidios, corresponsabilidades y futuro. Familias en Acción no era solo un programa; era una red de dignidad femenina sosteniendo comunidades enteras. Y nosotros llegábamos no como funcionarios distantes, sino como aliados.

El Caquetá me enseñó que la geografía moldea el carácter. Ríos inmensos, selva cerrada, distancias largas. Pero también gente directa, hospitalaria y orgullosa.

Allí comprendí que Colombia no se entiende desde los centros urbanos; se entiende en la periferia, en la frontera agrícola, en la Amazonía profunda donde el Estado llega en lancha y la confianza se construye mirando a los ojos.

Hoy, cuando algunos reducen al Caquetá a cifras de deforestación o a estadísticas de violencia, yo recuerdo aquella mañana a orillas del Orteguaza. Recuerdo “la rápida” arrancando, el viento en el rostro y a María del Socorro ajustando su bolso mientras repasábamos la agenda del día. Recuerdo madres líderes levantando la mano para hablar sin temor y exigir lo que era justicia social para ellas y sus hijos.

El Caquetá es selva, es río, es mestizaje. Es Andaquí y es colono. Es pirarucú y es Yariseño. Es ceiba que resiste. Y es, sobre todo, mujeres que sostienen la esperanza en medio de cualquier amenaza, como mi amiga Socorro y las miles de mujeres de ese indomable territorio lleno de vida.

Y por eso, cada vez que escucho su nombre, Caquetá, no pienso en miedo. Pienso en compromiso.

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