Este domingo 8 de marzo los ciudadanos acudirán a las urnas para elegir Congreso de la República y participar, voluntariamente, en tres consultas interpartidistas que definirán algunas candidaturas presidenciales. No se trata de un trámite más en el calendario electoral: lo que está en juego es la arquitectura institucional de la Nación y la viabilidad misma de su democracia.
A lo largo de la historia, las elecciones legislativas han sido el primer gran dique de contención frente a los excesos del poder. Desde la consolidación republicana del siglo XIX hasta la Constitución de 1991, el Congreso ha sido el escenario natural del debate y del equilibrio entre ramas, y el control político. Cuando el legislativo ha sido fuerte e independiente, la democracia ha respirado; cuando ha sido débil o cooptado, el país ha sufrido.
Hoy la circunstancia es particularmente patriótica. Se requiere la conformación de mayorías congresionales capaces de erigir un sólido muro institucional frente a aventuras que pretendan desbordar el orden constitucional, como la convocatoria de una constituyente de sesgo autoritario o la tentación de restringir la libertad de prensa para permitir únicamente voces de ideología estatista y excluyente. La democracia no se defiende con consignas sino con contrapesos reales.
En el horizonte inmediato se agolpan problemas densos y apremiantes. La economía muestra signos de fragilidad, baja productividad, incertidumbre inversionista y un crecimiento que no logra traducirse en bienestar amplio. El sistema de salud atraviesa tensiones que afectan la prestación oportuna de servicios. La seguridad, tanto frente a estructuras criminales organizadas como ante la delincuencia común, se ha deteriorado en amplias regiones. Estos frentes exigirán, desde el primer día del nuevo periodo legislativo, un Congreso con claridad técnica y valentía política para emprender reformas serias, sostenidas y responsables.
El proceso electoral, sin embargo, no está exento de sombras, sin contar la escandalosa compra de votos, se han difundido dudas falsas sobre la transparencia del registro, así como denuncias ciertas de intervención indebida en política por parte de altos funcionarios. Frente a tales señalamientos, las autoridades electorales han reiterado garantías. El Registrador Nacional ha insistido públicamente en la solidez del sistema de escrutinios, en la vigilancia tecnológica y en la presencia de testigos y organismos internacionales de control que blindan la voluntad popular. La confianza institucional no puede erosionarse con afirmaciones ligeras que solo buscan abstención y desconocer resultados adversos al Gobierno. El ministro de Defensa, ha señalado que no existen evidencias de manipulación fraudulenta. Más grave es la situación en territorios donde persisten amenazas contra votantes y candidatos de oposición; presiones de grupos armados ilegales que buscan orientar el sufragio hacia afines a sus intereses. El representante de la ONU, Scott Campbell, ha advertido sobre la necesidad de proteger de manera efectiva el derecho al voto en zonas vulnerables. En la misma línea, la Defensora del Pueblo y el Procurador General, han llamado a reforzar las garantías, pues, sin libertad para votar, la democracia se excluye de contenido. 649 municipios tienen coacción de violentos, aunque el ministro Benedetti habla de 108.
En este contexto, la invitación es a participar. La abstención no castiga a los poderosos; debilita a la ciudadanía. Ahora más que nunca es trascendental elegir un Congreso mayoritario integrado por mujeres y hombres comprometidos con restituir el orden, mejorar la calidad de vida y reivindicar a poblaciones históricamente excluidas, no con discursos incendiarios sino con políticas públicas viables y perdurables.
Salvar la democracia no significa aferrarse al pasado, sino proteger las reglas que permiten corregir el rumbo sin destruir la casa común. Colombia ha superado crisis profundas porque ha sabido defender sus instituciones. El 8 de marzo no es una simple fecha electoral: es una prueba de madurez cívica. Que cada voto sea un acto consciente de responsabilidad histórica. La consigna es urgente: ¡Salvar la Patria!


