Has percibido Zaratustra cómo en varios escritos publicados en este escenario dispuesto para la opinión, son recurrentes temas como el de la comunicación, la libertad de expresión, la eficacia en la forma de gobernar y la democracia como un sistema fallido.
La democracia ha sido concebida como el modelo más justo para que todos los miembros de una sociedad puedan participar en el gobierno de sí mismos pero que, al momento de llevar a la práctica tan fabulosa idea, el hombre ha sido inferior a la misma, incluso desde los mismos tiempos de Pericles.
Dicho de otra manera, la idea de democracia ha sido tergiversada al aplicarse como un sistema de gobierno donde, supuestamente, el pueblo tiene el poder a través de legisladores y mandatarios a los que elige por votación popular. En la práctica, aquellos han hecho de dicha confianza una patente de corso para gobernar en beneficio propio.
A la luz del idealismo platónico, la realidad de democracia que creemos ver a la entrada de esa caverna electoral en que actualmente se halla nuestra nación, es sólo una apariencia, una sombra o representación desdibujada de la idea de democracia.
Piensas Zaratustra que, a pesar de esta evidencia arrojada a través del recorrido histórico de la humanidad, una gran mayoría de pueblos, sobre todo el que ha fungido como el más poderoso de estos dos últimos siglos, enarbola el argumento de hacer prevalecer la democracia para justificar su dominio.
¿No crees que aquello de que, quien domina tiene la razón, o que, quien tiene la razón domina, no es más que otra apariencia de verdad? ¿No crees que, siendo la democracia máxima expresión de principios como los de la igualdad y la libertad, aquella se vuelve una contradicción cuando, en aras de la misma, se impone un dominio de unos sobre otros?
Cualquier sistema de gobierno lleva implícita esa intencionalidad natural del hombre a ejercer el poder social y a beneficiarse de él en gran medida o de manera preferencial. Cualquier sistema de gobierno lleva implícita la ley darwiniana de la selección natural, la ley del más fuerte.
Esto es más evidente, pues se ejerce de hecho, en sistemas autoritarios y totalitarios, en las llamadas tiranías, por ejemplo. En las democracias, esa misma intencionalidad existe mimetizada con la dialéctica del bien común, siendo más depredadora.
No hay nada más inherente al poder, cualquiera sea la forma de ejercerlo, que el despotismo. Éste, a su vez, también puede aplicarse de una u otra manera a través de uno u otros sistemas de gobierno.
Queda al libre albedrío preferir un tirano no elegido por votación popular, pregonando “el Estado soy yo”, gobernando como cree que debe hacerlo, o a un legislador o a un presidente presuntamente elegidos democráticamente en representación del pueblo, desempeñando su función de mandatarios con base en la mentira y la traición.
Cualquier forma de gobierno ha sido ideada por el hombre con base en los ideales de la democracia, es decir, de la igualdad y la libertad, máximos principios de lo que llaman justicia social. Como todas las doctrinas, incluyendo las inscritas en libros sagrados, la democracia ha sido concebida como un sistema político dialécticamente perfecto; de ahí su imposibilidad para aplicarlo.
El ejercicio de la democracia requeriría de sociedades sumamente reflexivas donde no haya lugar para la confusión y el sofisma; sociedades donde no se confunda la igualdad con la equidad, la cantidad de bienes materiales con las oportunidades para lograrlos; donde los cargos de representación no sean entendidos como fuentes de recursos adicionales y abundantes para quienes los ostentan; donde el poder se ejerza por y para los asociados mas no en beneficio de quien se adueña de él y lo aprovecha en beneficio propio.
Debes estar de acuerdo conmigo en que Pericles, inscrito en la historia de la humanidad como creador del sistema democrático, tuvo fortuna al morir víctima de aquella epidemia ocurrida en Atenas, mas no a causa de lo que él premonitoriamente sentenció: “el que sabe pensar, pero no sabe cómo expresar lo que piensa, está en el mismo nivel del que no sabe pensar”.
¿Será esto lo que le ha ocurrido a las sociedades de las que hacemos parte?, me preguntarás Zaratustra.
Hemos dilucidado entonces, por qué la democracia ni ningún otro sistema es perfecto. Por una parte, la idea de democracia no es una idea perfecta, pues las ideas perfectas no son de este mundo y, por otra, la representación práctica de dicha idea es sólo una apariencia.
Un sistema cuya doctrina es expuesta como verdad acerca del cómo gobernar, pero que en el plano de la experiencia cae en el abismo de la irrealidad, es un sistema naturalmente fallido. Cierto es Zaratustra que no hay decepción más oprobiosa que aquella causada por la ineficiencia humana al intentar, en vano, hacer real lo que se consideraba perfecto.
A manera de consuelo tonto, nos queda la sentencia derivada de la tradición oral, “¡Bendita seas democracia, así nos mates!”.


