Por Óscar Gil, Ogil *
Una lengua no se celebra: se defiende o se pierde.
El 23 de abril, fecha asociada a la muerte de Miguel de Cervantes (1616), se conmemora el Día del Idioma Español, jornada dedicada a exaltar la riqueza, la historia y la vitalidad de una lengua que hoy comparten más de quinientos millones de hablantes en el mundo.
La coincidencia con las muertes de William Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega –también el 23 de abril de 1616– llevó a la UNESCO a declarar esta fecha como Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, reforzando el vínculo entre cultura, lengua y literatura.
En Colombia, la celebración –conocida simplemente como Día del Idioma– adquiere un carácter pedagógico y simbólico: se leen páginas de El Quijote, Cien años de soledad y Pedro Páramo, y se llevan a cabo actos culturales que reivindican el español como un patrimonio vivo, diverso y en permanente transformación.
Celebrar este día no es un gesto ritual, sino un acto de conciencia: reconocer en cada palabra la memoria de los pueblos y, en cada frase, la posibilidad de pensar.
Porque la lengua –custodiada y enriquecida por instituciones como la Real Academia Española– no es un museo de formas inertes, sino un organismo vivo que crece con quienes la hablan, la escriben y la reinventan cada día. En ella habita nuestra manera de ser y de estar en el tiempo.
Quien descuida su idioma no pierde palabras: pierde la claridad para comunicarse.
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* Periodista y corrector de estilo
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