jueves, abril 23, 2026

EL PINTOR DE CARROS QUE GUARDA UNA GRAN MEMORIA MUSICAL

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A don Jorge Luis Restrepo Mesa —o simplemente don Jorge, como lo llama todo el mundo— lo conocí por azar.

Siguiendo la recomendación de mi mecánico, le llevé mi carro para unas reparaciones de pintura y, sin saberlo, entré en un pequeño universo que él ha construido entre pigmentos y herramientas.

Mi primera impresión sobre don Jorge fue la de un hombre callado y casi hermético.

Esa reserva, lejos de alejarme, me inspiró mucha confianza. Le dejé el vehículo y, en ese gesto cotidiano, abrimos una conversación sencilla que bastó para entender que nos habíamos caído bien desde el primer momento.

Entre cálculos y diagnósticos del carro, me contó que nació en Antioquia hace 71 años y que heredó el oficio de pintor automotriz de su padre. Está casado, tiene hijas, y una de ellas enseña música en el Instituto Lucy Tejada, egresada de la Universidad Tecnológica de Pereira, con la vena musical que también viene del lado paterno.

Cuando le pregunté por esa relación con la música, su rostro —hasta entonces reservado— se iluminó. Me habló con entusiasmo de su otra vida, la que no se ve en el taller, la del coleccionista de música.

Desde los 15 años reúne música en acetatos y vinilos de 33, 45 y 78 revoluciones por minuto. Con el tiempo y sin proponérselo, se convirtió en uno de los mayores coleccionistas de Pereira, un guardián de sonidos que van desde rarezas tropicales y populares hasta grabaciones difíciles de encontrar incluso en archivos especializados.

En su casa, entre estantes y tornamesas, conserva y reproduce ese tesoro en sus ratos de ocio. Y hoy, gracias a la tecnología, comparte parte de ese archivo con otros melómanos en redes sociales. Don Jorge y cómo un bonito legado, en forma modesta y sencilla y directamente él publica fragmentos musicales, siempre con una cintilla que advierte: “reproducción con ánimo académico y no de lucro”, para evitar que el copyright silencie lo que él considera es un deber cultural, el de mantener viva la memoria musical.

Aunque no estudió música formalmente, don Jorge hace parte de un selecto grupo de coleccionistas de la ciudad. Es investigador empírico, autodidacta riguroso, y su conocimiento sorprende por la precisión y la pasión con que lo transmite.

A veces uno cree que el talento está en las vitrinas, en los escenarios, en los nombres que circulan en los catálogos culturales. Pero basta una conversación casual —como la que tuve con él mientras revisaba mi carro— para descubrir que en personas sencillas como don Jorge habita un caudal inmenso de saberes. Un archivo vivo que no presume, que no alardea, que solo se revela cuando uno se toma el tiempo de escuchar.

Y así, entre pintura automotriz y vinilos antiguos, comprendí que la cultura también se construye en estos encuentros inesperados, en los talleres, en las esquinas, en las manos de quienes, sin buscarlo, sostienen la memoria sonora de una ciudad.

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