La vida es despertar.
Darme cuenta de que respiro.
A veces el cuerpo pesa.
A veces duele.
Y aun así, me levanto.
La vida es sentir algo al abrir los ojos.
A veces ni sé qué es. Pero está.
Es mirar al lado
y saber que hay alguien… o que no lo hay.
Y entender que, igual, la vida no es solo conmigo.
Es ir al baño.
Tomar agua.
Preparar un café o una aguapanela.
Es mirar la casa,
los objetos, el desorden o el orden.
Percibir los olores.
Los sonidos.
Los colores y las formas.
El aire que entra.
Ahí está.
Pero muchas veces no estoy.
Hace unos días, dejé que el café se enfriara por quedarme en el celular.
No pasó nada.
Pero ese momento ya no volvió.
Otro día, mi pareja me hablaba.
Y yo asentía… sin estar.
Después entendí que me dijo algo importante.
Y no lo escuché.
Y no era cualquier cosa.
Era de esas cosas que no siempre se repiten.
Y yo no estuve.
Y eso también es perder la vida.
Y ahí entendí algo que no me deja tranquila:
Esperando el momento, el evento, la idea extraordinaria, …
estoy evitando la vida.
Esto que ya es.
Esto que tengo.
Esto que incluso me incomoda.
Porque es más fácil pensar en una vida mejor que hacerse cargo de la que ya está.
Y mientras tanto, me voy.
A lo que no fue.
A lo que falta.
A la decisión que no tomé
A lo que ya no está
A lo que no existe
y sigo intentando sostener.
Como si eso fuera vivir.
Pero no.
La vida no se detiene a esperarme.
No se guarda.
No se repite.
La vida pasa incluso cuando no estoy.
Y eso es lo más incómodo de aceptar:
Que puedo estar aquí…
y no estar viviendo.
Y que la vida que es ahorita se puede apagar, entonces ya no existe el despertar, la primera emoción del día, el cuerpo, la compañía, el baño, el vaso con agua …


