ABUELOS FELICES: LA VERDADERA ECONOMÍA PLATEADA

OpiniónABUELOS FELICES: LA VERDADERA ECONOMÍA PLATEADA

Aunque esta columna aparece unos días después del Día de los Abuelos, celebrado el pasado 26 de julio, su tema no tiene fecha de vencimiento. Porque mientras existan abuelos y nietos, existirá una de las formas más puras de felicidad. Después de haber escrito sobre la Silver Economy y el enorme potencial económico de una población que envejece, hoy quiero hablar de otra riqueza: la que no se mide en dinero, sino en abrazos, recuerdos y risas compartidas.

Hace apenas unos meses terminé completamente empapado en un inmenso parque de juegos acuáticos de Fort Lauderdale, en la Florida donde vive mi hijo con su familia. Chorros de agua que aparecían por todas partes, enormes baldes que de repente descargaban cientos de litros sobre quienes pasábamos por debajo, túneles, fuentes, pequeñas cascadas y decenas de niños corriendo sin parar.

Entre todos ellos estaba Emilia.

Mi nieta, de apenas cinco años, hoy seis.

Y, claro, también estaba yo.

No como el abuelo que observa desde una banca mientras los demás juegan, sino como un niño más. Corriendo detrás de ella, esquivando chorros de agua, dejándome sorprender por cada juego y riéndome con una libertad que pocas actividades de la vida adulta consiguen despertar.

Esa tarde mientras regresábamos al apartamento pensé que tenía que escribir sobre esas sensaciones, y la celebración del Día de los Abuelos este 26 de julio pasado, me dio la ocasión para hacerlo. La fecha ya pasó para cuando usted lee esta columna, sin embargo, hay temas que nunca llegan tarde. Porque el amor entre abuelos y nietos no depende del calendario. Depende del corazón.

Hace algunos meses escribía precisamente sobre la llamada Silver Economy, esa economía plateada que analiza cómo el crecimiento de la población mayor de sesenta años está transformando el consumo, los servicios, el turismo, la salud, la vivienda y buena parte de los mercados del mundo.

Esa ha sido una mirada económica.

Hoy quisiera hablar de otra economía.

Una que no aparece en los indicadores financieros.

La economía de los afectos.

La economía de las sonrisas.

La economía de los abrazos.

Porque si algo he descubierto desde que Emilia llegó a nuestras vidas es que existen riquezas imposibles de contabilizar.

Hace muchos años quienes ocupaban ese lugar eran mis propios abuelos: Damián y Celia.

Cuando anunciaban un viaje en tren, el paseo comenzaba mucho antes de subir al gigante de hierro. Preparaban con paciencia aquel delicioso fiambre, envuelto cuidadosamente en hojas de plátano, protegido con un lienzo de cuadros y acomodado dentro de una pequeña canasta de mimbre. Aquel almuerzo sabía distinto porque llevaba el ingrediente que nunca aparece en ninguna receta: el cariño.

Hoy entiendo que no era solamente comida. Era una forma de decirnos que viajar también significaba compartir. Que el camino era tan importante como el destino.

Los abuelos tienen esa capacidad extraordinaria. Se marchan un día, pero nunca terminan de irse. Siguen viviendo en nuestras costumbres, en las palabras que repetimos sin darnos cuenta y en los sabores que seguimos buscando durante toda la vida.

La historia de la humanidad siempre reservó un lugar especial para los abuelos. Fueron los primeros narradores de historias, los guardianes de la memoria familiar, quienes enseñaban los oficios, transmitían las tradiciones y ayudaban a comprender de dónde veníamos.

Hoy me corresponde a mí ocupar ese lugar.

Y acá una realidad:

La ciencia explica que cuando un abuelo comparte tiempo con sus nietos el cerebro libera dopamina, oxitocina, serotonina y endorfinas, sustancias relacionadas con la felicidad y el bienestar.

Yo no necesito leer ningún estudio para creerlo.

Lo siento cada vez que Emilia me toma de la mano.

No conozco reconocimiento profesional, ascenso laboral ni éxito material capaz de producir la misma alegría que escuchar un espontáneo «abuelo Fer, te amo».

Vivimos demasiado ocupados acumulando cosas. Corremos detrás de metas, cargos, propiedades y reconocimientos. Pero llega un momento en el que uno descubre que la verdadera prosperidad consiste en tener tiempo para quienes realmente importan.

Por eso vale la pena detenernos, aunque el calendario ya haya pasado la fecha del 26 de julio, para honrar a quienes nos enseñaron a vivir antes de que nosotros aprendiéramos siquiera a caminar.

Visitémoslos. Escuchémoslos. Preguntémosles por su vida. Abracémoslos mientras todavía podamos hacerlo.

Porque cada abuelo que se va sin contar su historia es una biblioteca que desaparece para siempre.

Y porque, si la economía plateada habla del valor de una generación, la verdadera riqueza de esa generación nunca estará en sus pensiones, en sus patrimonios o en su capacidad de consumo. Estará siempre en la huella imborrable que deja en el corazón de quienes vienen detrás.

Fernando Sánchez Prada

Felizmente abuelo.

7 COMENTARIOS

  1. Hermosa pieza de lectura Fer, breve pero espontanea descripcion de la conexidad de los nietos y abuelos, toda una alianza de amor. Felicitaciones por dejarnos digerir lo simple en tus escritos.

  2. Excelente reflexión, hoy soy abuela de un bebé de tres meses y tal como lo describe Fernando no hay reconocimiento profesional, ni éxito material, capaz de producir la felicidad que siento al verlo sonreír cuando me mira agitando sus piernas y brazos.
    No me imagino cuando me diga «abuela te amo»

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