ANTES DEL FINAL

OpiniónLiteraturaANTES DEL FINAL

Amar a alguien es decirle:
tú no morirás jamás.
Gabriel Marcel.

Hoy, sentado en mi estudio, creo que hubo un momento, en medio de este horrible remezón, en que muchos dejamos de pensar en el terremoto y pensamos, más bien, en la muerte. No fue cuando las paredes se agrietaron ni al sentir que los vidrios se reventaban; fue justo en ese instante terrorífico en que la tierra rugió con más fuerza desde lo hondo de su ser.

Entonces, ante la imposibilidad de que el movimiento dejara de azotarnos, ocurrió algo extraño en muchos hogares, empresas, locales o en medio de la calle: hubo personas, conocidas o desconocidas, que se miraron. Imagino que alguien buscó los ojos de alguien y no tuvieron la necesidad de decir nada. La madre con su hijo; el esposo con su mujer; el amigo con sus compañeros.

Y fue así porque hay momentos en los que las miradas dicen, de mejor manera, hasta aquí llegamos. Quizás, estos ojos asustadizos decían gracias, perdóname, te quiero. Es posible, de hecho, que no expresaran nada porque, cuando la muerte se viene encima de uno como una bestia iracunda, se descubren sentimientos tan enormes que no caben en una simple palabra.

Entonces, después de mirarse, muchos se abrazaron. Se abrazaron no para protegerse de una pared que caía o de un techo que se desplomaba inclemente hacia el suelo; se dieron este abrazo eterno por una razón circunstancial: antes del final, el ser humano regresa a lo único que verdaderamente posee: el abrigo de los otros.

¡Qué extraños somos! Pasamos gran parte de la vida acumulando cosas, trazando planes, corriendo detrás de aviones, de buses, de trenes; pagando las cuentas, discutiendo por pequeñeces; postergamos llamadas y abrazos por el simple hecho de ser orgullosos y por la falsa suposición de contar con tiempo más adelante.

Lamentablemente debo escribir que el ser humano es despuesista. Después te visito, después pido perdón, después dialogo contigo, después digo te quiero, después nos veremos y, tal vez, por esas mismas cosas de la vida, ese después no llegue jamás. Ojalá esta sacudida brutal nos haya despojado de esa horrible certeza del después.

Al presenciar cercana su muerte, algunos se miraron de una forma distinta. Así que ninguno buscó nada material sino algo más profundo y simbólico: una mano, un rostro, un cuerpo conocido, los ojos del amado. Mejor dicho: alguien a quien abrazar mientras todo se lo tragaba la tierra.

Considero, en lo particular, que esto fue lo más aterrador que experimentamos con el terremoto: descubrir que este miedo insondable, más allá de morir, consistía en que no alcanzáramos a despedirnos, en que no tuviéramos una última conversación, en que no sintiéramos de nuevo una caricia, en que no expresáramos aquello que guardamos para mañana.

Ese abrazo que se dieron muchos, mientras se sacudía la tierra con desenfreno y descolocó la memoria de las paredes, les permitió entender, de manera profunda, que podían estar viviendo el último de sus instantes. Por eso se miraron y se abrazaron y esperaron el golpe, el derrumbamiento, el ensordecedor silencio, el viaje a través del túnel.

Pero la muerte, que obra de formas misteriosas, perdonó a muchos que renacieron aún con sus manos temblorosas. Sobrevivir a un instante como este en el que uno creyó que moriría nos tiene que servir para enseñarnos algo esencial: nunca valdrá la pena dejar las cosas, sean las que sean, para después.

Es más: deberíamos aprender que discutir no tiene sentido ante una vida tan frágil como la nuestra; ningún orgullo, créanme, tendría que echar raíces en nuestros corazones; nunca dejen que el silencio ahogue las palabras que el otro desea escuchar. Argumento esto porque todo cambia en segundos. De ahora en adelante el mañana no puede ser la promesa del después; de ahora en adelante debemos ser el refugio del ahora, del presente, del hoy y del ya. 

Es importante no olvidar una premisa fundamental: cuando sentimos que la muerte viene hacia nosotros nos es imposible fingir ni aplazar nada, y en esos momentos nunca nos aferramos a las cosas materiales que conseguimos con esfuerzo. Durante aquellos instantes de angustia buscamos a alguien, lo miramos a los ojos y deseamos abrazarnos a esa persona eternamente para conservar, en este pequeño gesto, unos segundos más de la vida que nos negamos a perder.

Ese abrazo, que muchos se dieron, lo ejecutó el cuerpo de forma involuntaria para comprender, mucho antes que la razón, que este podría ser el final. Por tanto, hubo un momento en que ya no pensaron en salvarse sino en morir juntos. Y esa muerte acechante hizo que se miraran cerquita, reconociéndose en lo que jamás pudieron decirse, reconociéndose en el calorcito de su piel.

Este evento magnánimo, el de mirarse y abrazarse, ocurrió en muchas partes: dos personas encontrándose en los ojos ajenos durante el desastre; sin hablar ni preguntar; sin expresar un ¡tranquilo, pasará!, pues ninguno tenía la certidumbre de que en realidad aquella agonía fuera a pasar.

Con esta mirada honesta sucedió algo terrible y hermoso a la vez: se despidieron sin decirse adiós porque hay miradas que apenas duran un segundo en el que se deposita la eternidad. Allí, en sus ojos, no sé si melancólicos o angustiados, se reflejaron palabras que nunca alcanzaron a emitir.

Cuando uno cree que morirá, el tiempo deja de medirse en segundos y, por el contrario, se calcula en recuerdos; por consiguiente, ese abrazo antes del final es como un refugio inmaterial, pues nadie puede proteger a otro de una casa que se desploma o de un muro que nos pilla desprevenidos.

Aquel abrazo, el que se dieron centenares, fue una manera diferente de gritarle al mundo que si ahí terminaba la vida alguien estaría con alguien para poder partir en paz. Creo que en situaciones catastróficas de esta índole no existe peor manera de morir que morir solo, sin nadie al lado, padeciendo la oscura muerte.

Mientras todo parecía deshacerse a nuestro alrededor, hubo personas que dejaron de buscar una salida y, más bien, se aferraron a unos brazos conocidos, a un regazo donde esconder, aunque fuese por un instante, el pavor, como si abrazar a alguien pudiera hacer más pequeña a la muerte o, incluso, borrarla de un tirón.

¡Qué doloroso es aguardar a la muerte cuando en realidad queremos escapar de sus terroríficas garras! Es posible que muchas de aquellas personas que se abrazaron, durante unos segundos interminables, esperaran a que ocurriera lo que ninguno se atrevía a nombrar.

Para usted o para mí debe ser muy extraño esperar, de manera consciente, a la muerte. Imagínense pensar, sin querer que suceda, “hasta aquí llegué”. ¡Qué diminuto e insignificante ha de volverse todo en ese momento!

Días después del terremoto, cuando mi hijo me contó que él se dio ese abrazo mortal con su madre, medité en qué ridículo es el orgullo, en qué inútiles son las peleas, en qué insignificantes son tantas cosas por las que nos desvelamos hasta perder el sueño. Cada vez que la muerte nos respira en la nuca uno no piensa en lo que tiene, sino en quién ama y en quiénes dejará con un dolor inconsolable.

Habrá que escribir, por más amargo que sea y después de que la calma nos retornó al silencio, que muchas personas se fueron al más allá en un abrazo eterno e inmortal (como las tres hermanas que hallaron en el barrio Centenario de Pereira, abrazadas para siempre, bajo los escombros). Otros, en cambio, sobrevivieron a la debacle y estoy absolutamente seguro de que no se desanudaron de inmediato del abrazo que forjaron como refugio.

¿Y cómo hacerlo? ¿Por qué regresar tan rápido a la vida luego de haber aceptado la muerte? Quienes se abrazaron continuaron unos segundos más así, en ese gesto atestado de humanidad mientras seguían escuchando el corazón del otro, comprobando que allí renacía la vida.

Sobrevivir a desastres como este debería significar mucho más que continuar respirando; sobrevivir, a lo mejor, sea recibir una nueva oportunidad, una que nadie nos prometió y que, por supuesto, jamás imaginamos obtener. Por esta ofrenda, casi divina, hoy tenemos la bonita posibilidad de regresar para decir lo que aquella mañana del 10 de agosto tuvimos que expresar con los ojos: te quiero, perdóname, gracias, ¡quédate conmigo!

Sin el ánimo de indisponer ni de herir susceptibilidades, volveremos a ser los mismos, a creer que la vida es larga y que siempre habrá otro domingo, otra llamada, otra Navidad, otro café. ¡Así somos!

Y sucederá de esta manera hasta que algo trágico nos recuerde, de nuevo, que estamos hechos de tiempo; y el tiempo, mi gente, se acaba, se nos agota cuando menos lo pensamos. Por eso quisiera conservar, en estas palabras, aquella mirada y aquel abrazo que fundió el corazón de muchos en uno solo, enorme y eterno.

Con este escrito no pretendo recordar el terremoto que casi nos borra del mapa; tampoco el miedo o los rugidos bestiales de la tierra mientras nos hería. Con estas líneas sencillas quiero perpetuar el gesto exclusivamente humano de la mirada y del abrazo final, ese segundo en que alguien comprendió que, tal vez, esa era la última persona que vería en el universo.

Por ahora, la señora muerte no llegó para muchos de nosotros; sin embargo, resopló tan cerca de nuestra nuca que nos hizo recordar algo fundamental: la vida, por cliché que suene la frase, es un ratico y prestada, nada más. Por tanto, deberíamos aprender a vivir mejor porque la vida es, en definitiva, el tiempo que existe entre una mirada y un abrazo que todavía podemos darnos y aquella mirada y aquel abrazo que, algún día no muy lejano, ya no alcanzaremos a sentir.

¡Vivir hoy es saber morir mañana!

Por: Wilmar Ospina Mondragón

Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía

Universidad Tecnológica de Pereira

Universidad Católica de Pereira

18 COMENTARIOS

  1. Siempre llegando al alma Wilmar, que buen artículo para reflexionar sobre lo pequeños y frágiles que somos, como el orgullo y la soberbia nos nubla cuando somos tan efímeros, sin duda lo único que nos queda positivo por recordar a quienes tuvimos esa gran oportunidad en ese duro momento fue abrazar y sentir cerca a quienes amamos y queremos proteger 🥹ojalá sea verdaderamente una oportunidad para cambiar y dejar de postergar los pequeños momentos

  2. conmovida hasta las lágrimas, que inconscientes somos de la fragilidad de nuestra existencia, por que si, poco a poco vamos retomando la confianza de que tendremos una nueva oportunidad y un mañana seguro, volvemos a procrastinar las llamadas, los te amo, las salidas, el café… volvemos a la NORMALIDAD. Gracias por plasmar y compartir para recordarnos que debemos vivir HOY.
    Mary Isabel B.

  3. Muy buen artículo profesor Wilmar. Desde mi experiencia personal, y aún sabiendo que hacernos en el marco de la puerta era sentencia de muerte, no pude dejar de abrazar a mi mamá, pensamos «que sea lo que Dios quiera y aquí nos tenemos a los dos» y aunque gracias a Dios no nos pasó absolutamente nada aún recuerdo esa imagen viva de sentir el temblor de nuestra tierra y lo que puede pasar en un segundo, ahora que muchos volvemos a la normalidad tal ves solo nos queda decir… VIVAMOS

  4. Me hizo llorar y más porque en ese momento no tenía a quien abrazar, me sentí sola y que moriría sola.
    Mucha enseñanza 🙏🏼🙏🏼🙏🏼

  5. Hoy y todos los días recuerdo la señora desconocida con quien me abracé, no había palabras solo un apretón profundo, fuerte y el suspiro de saber que nos teníamos… Gracias señora desconocida que recordaré toda la vida!!! ❤️‍🩹

  6. Wilmar, me hiciste llorar. ❤️ Qué manera tan hermosa y dolorosamente cierta de recordarnos que la vida no espera y que el “después” no está garantizado. Gracias por convertir un momento tan terrible en una lección de amor, gratitud y humanidad. Hay escritos que se leen, y otros que se sienten. Este se siente en el alma.

  7. El abrigo del otro, con el otro, por el otro y para el otro; humanizar lo humano es un principio fundamental en la Pedagogía de la Resonancia y la Cultura del Aprendiz. La posibilidad infinita del abrazo, la palabra y la mirada debe darse en el AQUÍ y en el AHORA, es el PRESENTE continuo el único espacio y lugar para cocrear realidades. Sea este escrito la posibilidad de reflexionar sobre la sencillez y la simpleza de vivir.

  8. «Siempre nos estamos despidiendo sin saberlo», escribió Jorge Luis Borges, apreciado Wilmar. Esa imagen cobró más vigencia que nunca mientras la tierra nos sacudía con furia el lunes 10 de agosto. Sospecho que la evocación de los seres amados nos mantuvo en pie durante esos segundos interminables.
    Por definición, somos procastinadores : aplazamos para mañana lo que podemos hacer hoy. Como si fuéramos eternos, dejamos para otro día la expresión de los sentimientos más profundos y en esa perpetua postergación se nos va la vida.
    Pero no hay que hacerse muchas ilusiones: durante la pandemia de Covid-19 juramos que todo iba a cambiar en nuestro quehacer como individuos y como sociedad. Todo resultó falso: una vez aplicadas las vacunas y pasado el pánico volvimos a las andadas. Pronto afloró de nuevo lo peor de nuestra condición
    Mil gracias por el lúcido texto.
    Gustavo

  9. Una de mis peores experiencias uy no, estar en llamada con mi mama y escuchar esos lamentos y gritos de terror yo lejos de mi tierra sin entender nada despues de unos segundos acordarse que estaba en llamada y decirme hija esta temblando y cortarse la llamada es algo que no le deseo a nadie quede como se dice en la calle «tiesa como una arepa » y solo 2 dias despues tener noticias es desgarrador.
    Se vienen tantos pensamientos estar lejos si vale la pena? Y si en ese aeropuerto fue el ultimo abrazo? Gracias gracias 💓

  10. Absolutamente Wilmar, aquel abrazo nació en medio del miedo, en ese justo momento que la tierra temblaba y todo parecía perder sentido, con la mirada perdida y en absoluto estado de shock. Bastó solo con las miradas para hablar y trasmitir tantas cosas, miedo, temor, incertidumbre, pasaron por mi cabeza todas los bellos recuerdos con mi familia y la preocupación del que pasaría, si saldríamos de esto tan horrible.

    La vida nos dió una nueva oportunidad, nos dejó enseñanza de valorar lo más simple de la vida, y desde entonces, cada día tiene un significado distinto.

    Ese abrazo quedó como recuerdo de un día que pudo ser el final, pero que terminó siendo el comienzo de una nueva oportunidad.

    También entendí algo muy importante, La naturaleza nos sacudió para recordarnos lo valioso que es estar aquí, abrazar, amar y seguir caminando en compañía de nuestros seres queridos.❤️💛

  11. “Con estas líneas sencillas quiero perpetuar el gesto exclusivamente humano de la mirada y del abrazo final, ese segundo en que alguien comprendió que, tal vez, esa era la última persona que vería en el universo” la fugacidad de una mirada que perpetua lo efímero. El gracias de lo días que se diluyen en horas, la
    Mirada y su corresponsabilidad. Gracias fiera

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