CONSTRUYENDO ENEMIGOS

OpiniónCONSTRUYENDO ENEMIGOS

Por Juan Ladrón de Guevara Parra

Del conflicto bipartidista a la crispación contemporánea: una reflexión sobre el papel de los medios de comunicación y las instituciones religiosas en la producción del antagonismo político.

El rostro del hombre transpira amenaza. Su cuerpo se mueve con rabia y torpeza hacia quien sostiene su celular como si se tratara de un escudo. Su única defensa consiste en revelar el rostro desencajado de su agresor, hacerlo público, viral. El hombre modula los insultos deletreando cada palabra mientras su brazo levanta un machete afilado.

La imagen se replica una y otra vez, como si se tratara de una versión siniestra de un reto de TikTok. Cambian los protagonistas, pero la rabia, el absurdo, las amenazas de muerte y las palabras convertidas en alacranes permanecen. Hombres y mujeres con el rostro abrazado por el odio y la impotencia, escupiendo insultos y amenazas.

Este clima de ánimos crispados, donde parece imponerse la rabia sobre la razón y el descontrol sobre la serenidad, posee un aire inquietantemente familiar en la historia de un país que parece acostumbrado a vivir al borde de sí mismo. Colombia tiene días en que se asemeja a un toxicómano a punto de recaer en la grieta de su propio laberinto.

La persistencia de la violencia

Las violencias que nos atormentan, como demonios arcaicos, han ido enredándonos la cabeza y desajustándonos el ánimo. Su persistencia ha desgarrado el frágil tejido de nuestra sociedad y ha dejado cicatrices que atraviesan generaciones.

La violencia posee una extraordinaria capacidad de reinventarse. Cambia de lenguaje, de escenarios y de protagonistas, pero conserva mecanismos que hacen posible su reproducción. Así ocurrió durante el periodo conocido como La Violencia (1946-1958) y así parece manifestarse hoy, en tiempos de TikTok, Instagram y Facebook.

No se trata de afirmar que vivimos exactamente el mismo momento histórico. Sería una analogía simplista. Lo que vale la pena preguntarse es si algunos de los mecanismos que hicieron posible aquella confrontación siguen operando, aunque bajo formas distintas.

En ese sentido, es posible rastrear, entre el ruido cotidiano de la confrontación política, el susurro persistente de dos actores fundamentales en la construcción de la realidad social: los medios de comunicación y las instituciones religiosas. Ambos han estado presentes en distintos momentos de nuestra historia, aunque con funciones, alcances y formas de intervención diferentes.

La construcción del enemigo

El historiador Gonzalo Sánchez, uno de los principales estudiosos de La Violencia, muestra cómo, en diversas regiones del país, la confrontación entre liberales y conservadores adquirió una profunda dimensión religiosa. La perspectiva conservadora se identificaba con el catolicismo, mientras que el liberalismo era presentado como enemigo de la religión.

En numerosas zonas rurales, el púlpito orientaba el voto, legitimaba al Partido Conservador y describía al Partido Liberal como una amenaza contra la moral y el orden social. De esta manera fue consolidándose un imaginario político que terminó adquiriendo los rasgos de una auténtica cruzada religiosa. Sus obras La violencia en Colombia y Bandoleros, gamonales y campesinos muestran cómo esos discursos contribuyeron a reforzar identidades políticas profundamente excluyentes.

Durante aquellos años, sectores de las élites conservadoras construyeron la figura del enemigo político con notable sistematicidad. Las ideas liberales y quienes las defendían eran retratados como ateos, masones, comunistas o enemigos de Dios. Con la llegada de la Guerra Fría el repertorio cambió, pero la lógica permaneció intacta: el sindicalismo, la defensa de los derechos humanos, el liderazgo social y la oposición política comenzaron a asociarse con la amenaza de la subversión.

Bajo esta lógica, el adversario deja de ser simplemente alguien que piensa distinto para convertirse en una amenaza existencial. Ya no se trata de una diferencia de opiniones, sino de alguien percibido como un peligro para una determinada idea de nación, de familia y de orden social.

Como plantea Chantal Mouffe, la democracia necesita adversarios; los proyectos autoritarios, en cambio, necesitan enemigos. La diferencia parece sutil, pero resulta decisiva. Mientras el adversario es un interlocutor legítimo dentro de unas reglas compartidas, el enemigo es presentado como alguien cuya sola existencia pone en riesgo el orden político y moral.

Este mecanismo no pertenece únicamente al pasado. Continúa presente, con nuevos lenguajes y nuevos escenarios, en buena parte del debate público contemporáneo.

Los medios cambian, los mecanismos permanecen

En los años más duros de La Violencia el ecosistema mediático era radicalmente distinto. No existían la televisión masiva, internet ni las actuales plataformas digitales. La circulación de la información descansaba principalmente sobre la prensa escrita de amplia distribución, las emisoras regionales y los boletines eclesiásticos.

Los periódicos funcionaban como verdaderos cuarteles desde donde se planificaba y libraba el combate político. Un ejemplo emblemático fue El Siglo, estrechamente vinculado al pensamiento de Laureano Gómez. Su defensa del antiliberalismo y del anticomunismo, así como la admiración que manifestó por diversos aspectos de los regímenes autoritarios europeos, han sido ampliamente documentadas por la historiografía colombiana.

En ese contexto, numerosos medios de comunicación no actuaban únicamente como observadores de la realidad política. También contribuían a movilizar adhesiones, reforzar identidades partidistas y legitimar determinadas interpretaciones de los acontecimientos.

Sin embargo, la desaparición de la prensa abiertamente partidista no significó el fin de la influencia ideológica de los medios. Con la expansión de internet y de las redes sociales, los mecanismos de producción simbólica simplemente adquirieron formas mucho más sofisticadas.

Hoy resulta poco frecuente encontrar medios que llamen explícitamente a votar por un candidato. No obstante, la influencia política suele manifestarse mediante procedimientos más sutiles: la selección de los temas que ocupan la agenda pública, los encuadres narrativos, la jerarquización de los acontecimientos o la construcción diferencial de legitimidad para determinados actores políticos.

Autores como Pierre Bourdieu, Noam Chomsky y Edward Herman han mostrado que el poder no se ejerce únicamente mediante la coerción. También opera a través del poder simbólico y de la fabricación de consensos que terminan definiendo qué interpretaciones de la realidad aparecen como naturales y cuáles quedan relegadas a la periferia del debate público.

Nuevos púlpitos, viejos discursos

Así como los medios se adaptaron a los nuevos tiempos, el panorama religioso colombiano también experimentó profundas transformaciones. Las iglesias evangélicas y pentecostales emergieron como actores políticos con capacidad para disputar espacios de influencia que durante décadas estuvieron dominados casi exclusivamente por la Iglesia católica.

Su participación en debates sobre la familia, el género, la educación, la salud reproductiva, el aborto, los derechos de las comunidades LGBTIQ+, los derechos de las mujeres o la paz ha adquirido un peso político innegable. Con frecuencia, estas discusiones dejan de plantearse como asuntos propios de una democracia pluralista y pasan a presentarse como dilemas morales absolutos.

El plebiscito por el Acuerdo de Paz, en 2016, constituye uno de los ejemplos más ilustrativos de este fenómeno. Diversos estudios han documentado cómo sectores políticos y religiosos utilizaron la noción de la llamada «ideología de género» como un poderoso recurso discursivo para movilizar la oposición al acuerdo. La campaña por el NO se apoyó en temores morales profundamente arraigados y logró articular, en un mismo escenario, actores políticos, organizaciones religiosas, medios de comunicación y redes sociales.

No se trató únicamente de un desacuerdo frente a un texto jurídico o a una política pública. Lo que estaba en juego era la construcción de un relato capaz de presentar el acuerdo como una amenaza para valores considerados fundamentales por una parte importante de la población. Una vez más, el miedo operó como principio organizador del debate político.

Del antagonismo al enemigo

Aunque la Colombia contemporánea es muy distinta a la de la época de La Violencia, algunos mecanismos de producción del antagonismo político parecen persistir como malas hierbas que reaparecen una y otra vez.

En aquellos años, los periódicos partidistas y sectores de la Iglesia católica contribuyeron a transformar al adversario político en un enemigo mortal. Hoy, los medios corporativos, las plataformas digitales y algunos sectores religiosos pueden contribuir, en determinadas circunstancias, a reproducir narrativas fundamentadas en el miedo, la sospecha o la amenaza moral.

No se trata de afirmar que estos actores sean los únicos responsables de la polarización, ni que actúen siempre con los mismos propósitos. Se trata, más bien, de reconocer que poseen una enorme capacidad para moldear la conversación pública, establecer prioridades informativas y construir marcos de interpretación desde los cuales la ciudadanía comprende la realidad política.

Cuando determinadas narrativas logran instalarse como sentido común, el adversario deja de percibirse como un ciudadano con ideas distintas y comienza a ser interpretado como una amenaza para la nación, la familia, la moral o el orden social. En ese momento, el debate democrático se debilita y la confrontación adquiere un carácter existencial.

La política del miedo

Nuestra historia, poblada de rostros deformados por el odio, la rabia y el miedo, demuestra que los periodos de mayor división no nacen únicamente de diferencias ideológicas. Se alimentan cuando actores con una enorme capacidad de influencia simbólica —partidos políticos, caudillos, medios de comunicación e instituciones religiosas— contribuyen a deshumanizar al adversario y a convertirlo en enemigo moral.

Ese proceso deteriora el tejido social porque desplaza el intercambio de argumentos y lo reemplaza por la sospecha permanente. Dejamos de discutir ideas para discutir identidades; dejamos de confrontar proyectos políticos para cuestionar la legitimidad misma del otro.

El miedo termina ocupando el lugar del diálogo. La política deja de ser el espacio donde convivimos con quienes piensan distinto para convertirse en un escenario donde se justifica cualquier acción con tal de derrotar al enemigo.

Si comenzamos a imaginar que quien discrepa representa una amenaza que debe ser neutralizada antes que un ciudadano con quien debemos coexistir, estaremos reproduciendo un discurso que históricamente solo nos ha conducido al dolor, la desesperanza y la violencia. Un ciclo que parece repetirse obstinadamente, como una serpiente que no encuentra otro destino que devorarse a sí misma.

La historia colombiana ofrece suficientes lecciones para comprender que ninguna sociedad sale indemne cuando el temor sustituye al diálogo y la deshumanización ocupa el lugar de la política. Quizá el desafío más urgente de nuestro tiempo consista, precisamente, en impedir que el miedo siga organizando nuestra manera de entender al otro y de participar en la vida democrática.

Juan Ladrón de Guevara Parra

39 COMENTARIOS

  1. Muy bueno e interesante artículo, nos aclara y recuerda el pasado y nos advierte que la violencia y
    la intolerancia seguirán destruyendo el país.

  2. Gracias Juan por este excelente análisis de una situación que nos involucra a todos. Es una retrospectiva muy interesante que abre la puerta al diálogo respetuoso buscando puntos de análisis de solución y comprensión para no repetir una historia dolorosa.

  3. Interesante artículo, a nuestra sociedad le hace falta ser más consciente de las narrativas que se crean desde los medios corporativos y las iglesias, estas narrativas confunden y crean realidades que destruyen la participación política y la democracia como se menciona en el texto.

  4. Muy buen análisis, muy serio y muy objetivo. Hacen mucha falta este tipo de artículos para ayudar a entender lo que está pasando, de una manera seria y respetuosa.

  5. Muy buen artículo, el miedo y el odio no pueden estar por encima de la razón. También pienso que no podemos basar las desiciones políticas en pasiones y opiniones sesgadas sino en hechos reales.

  6. Excelente análisis, muy objetivo. Una mirada muy analítica, retomando la historia de violencia del país y los diferentes métodos con los que han manipulado la opinión,
    Muy pertinente al momento

  7. Una mirada muy analítica y objetiva, retomando la historia de violencia del país y los diferentes métodos con los que han manipulado la opinión.
    Excelente artículo, muy pertinente para el momento.

  8. Buen artículo que nos lleva a reflexionar sobre la mamera de mirar al otro: si como adversario que piensa diferente y con el cual debemos convivir o como el enemigo al que debemos aniquilar.
    El día que miremos a nuestro conciudadano como adversario y no como enemigo, dejaremos de repetir la historia de violencia y caminaremos hacia la sana convivencia y la paz.

  9. Gracias Juan por reordarnos esto. Los medios tradicionales, las redes sociales y algunas iglesias cristianas tienen un poder enorme: Pueden unir o incendiar. Cuando los medios eligen el titular que divide, las reds amplifican el odio y algunas iglesias influyen en las conciencias de los fieles desde el miedo, construimos enemigos en vez de adversarios. Necesitamos medios, algoritmos, y púlpitos que devuelvan la razón y el diálogo al centro del debate.

  10. Excelente análisis. Es increíble —y doloroso— que sembrar miedo siga siendo la estrategia política más rentable en nuestro país. El miedo anula el pensamiento crítico y destruye la confianza en el otro, lo cual es totalmente contrario a la promesa de la democracia, que debería basarse en el debate de ideas y no en la eliminación simbólica del que piensa diferente.

  11. Buen día Don Juan . Gran artículo.

    Las sociedades ejemplares tienen muchos elementos en común y en lo personal he podido detectar para profundizar en lo siguiente: Son estudiosas pero no por «goma » o ejercicio intelectual, sino estudiosas para tomar decisiones correctivas, preventivas y predictivas, en aras de la mejora.

    En Colombia debemos estudiar conceptos como «reinventar», «camaleónico» y»disimulado» con relación a la violencia, la mentira y la injusticia social. Toca estudiar la trampa para entenderla y desde esta postura enfrentarla para disecarla cada que aparezca.

    «Cuando no se ataca el 🔥 se muere por el 🔥». Las cosas se atacan desde la comprensión y el respaldo del brazo armado gubernamental cuando toca.

    Feliz día.

  12. Valioso artículo que nos permite retroceder en el tiempo y entender, tristemente, el papel protagónico de la violencia, y su consolidación como denominador común en la vida de las comunidades. Pero, también se hace visible la necesidad de analizar y reflexionar para no permitir que el miedo se apodere de nuestras mentes y de nuestro actuar. Gracias Juan, y felicitaciones por esa narrativa tan clara.

  13. Gracias por el excelente artículo, con un también excelente análisis de la historia del siglo XX y de la actualidad de Colombia. Es indispensable que mucha gente lo lea para conocer los equilibrados juicios como el que presenta el autor.

  14. Interesante reflexión. La distinción entre adversario y enemigo es fundamental para comprender buena parte de la historia política colombiana. Recordar que la democracia exige reconocer la legitimidad del otro, incluso en el desacuerdo, es un aporte muy oportuno para el momento que vive el país. También invita a reflexionar sobre el papel que, en distintos momentos de la historia colombiana, desempeñaron sectores de la Iglesia, del Partido Conservador y, posteriormente, también del Partido Liberal, en la construcción de imaginarios políticos que convirtieron al adversario en enemigo. Gracias

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