DARÍA EL 99% DE LO QUE SÉ POR EL 1% QUE NO SÉ

OpiniónDARÍA EL 99% DE LO QUE SÉ POR EL 1% QUE NO SÉ

Hay gente que habla durísimo y sabe poquito, y gente que casi no habla y sabe un mundo. Esta columna es sobre esa diferencia, sobre por qué leer sigue siendo el mejor negocio que existe, y sobre por qué entre más aprendo, más claro tengo que no sé nada. Sígame en esta reflexión, porque al final le voy a preguntar algo que a usted también le toca responder.

Vocales, consonantes y una señora de segundo de primaria

Mi mamá llegó hasta segundo de primaria. Eso, en el papel, no dice casi nada. En la vida real dice todo, porque con ese segundo de primaria y con una paciencia que yo no le he vuelto a ver a nadie, se sentó conmigo, letra por letra, a enseñarme a juntar vocales con consonantes. Primero salieron palabras sueltas, torpes, mal pronunciadas, luego mal escritas. Después esas palabras empezaron a amarrarse en frases, y las frases, con el tiempo, se volvieron oraciones que ya decían algo. Esa mujer, sin proponérselo, me estaba entregando la herramienta más poderosa que existe: la capacidad de entender lo que otro pensó, lo escribió y me lo dejó ahí, esperando a que yo llegara.

Papillon en las manos de un imberbe

A los siete años tomé mi primer libro completo, de tapa a tapa, sin dibujos que me ayudaran. Era Papillon, de Henri Charrière. Hágame el favor, ¡menuda lectura para un pelado de siete años que todavía no tenía ni un pelo en la cara! . Mi papá que era un gran lector lo había dejado por ahí encima de una mesa. No entendí, seguramente, la mitad de lo que ese libro cargaba: la cárcel, la fuga, la selva, la desesperación de un hombre que no se rendía. Pero entendí lo suficiente para saber que algo se me había abierto en la cabeza que antes no estaba. Ese libro no me lo puso nadie en el colegio. Me lo puse yo, porque ya sabía que ahí adentro había más mundo del que cabía en mi casa, y que los libros y la lectura me iban a llevar por el mundo y muchos mundos. A ese siguió una colección de Ariel Juvenil: Los clásicos de la literatura para jóvenes. La cereza del pastel. Empecé y por fortuna, a mis más de 60, no he parado.

Sócrates y los mares de un centímetro

Sócrates, hace ya casi dos mil quinientos años, dejó una frase que no ha envejecido ni un día: solo sé que nada sé. No era falsa modestia. Era, probablemente, el diagnóstico más certero que se ha hecho sobre la condición humana. Entre más aprendo, con más claridad veo el tamaño de lo que ignoro. El conocimiento, cuando es de verdad, no engorda el ego, lo pone en su sitio.

Por eso me producen una desconfianza casi física esos personajes que hablan y hablan, con una seguridad de bronce, sobre absolutamente todo: economía, historia, medicina, geopolítica, fútbol y, de paso, el clima. Verborrea incontrolada, sin freno ni pudor, diseñada no para explicar sino para “descrestar calentanos” (¿Les suena a alguien conocido?). Uno los escucha cinco minutos y entiende que ahí no hay un mar de conocimiento, hay apenas unos centímetros de agua estancada, eso sí, muy bien iluminados para que parezcan el océano. No voy a poner nombres, usted ya está pensando en varios, y con eso me basta.

Leer, la única vacuna contra la certeza barata

El conocimiento de verdad no cabe en ciento cuarenta caracteres, ni en el resumen amable que le entrega un chatbot cuando uno le pregunta por un tema que ni siquiera se tomó el trabajo de estudiar. Esos atajos sirven para ubicarse rápido, no para saber. Saber toma tiempo, exige páginas, exige aburrirse un rato antes de que la idea abra camino. Un libro le exige a uno sostener la atención más de lo que dura un video, y esa exigencia, incómoda como es, es la que forma criterio.

Yo sigo leyendo como si tuviera siete años y acabara de descubrir que las palabras abren puertas. Sigo sorprendiéndome, sigo encontrando autores que me hacen sentir que apenas estoy empezando, después de tantos años de trabajar. Y esa sorpresa, ese asombro que no se acaba, es lo único que de verdad separa a quien aprende de quien solo repite. Yo, con gusto, daría el noventa y nueve por ciento de lo que sé a cambio de conocer ese uno por ciento que todavía se me esconde. ¿Usted cuánto estaría dispuesto a dar, o prefiere quedarse tranquilo con lo poco que ya sabe?

Fernando Sánchez Prada

Comunicador – Policy Maker – Consultor

4 COMENTARIOS

  1. Todos los días aprendemos más. La vida es un universo indescifrable. Y dependiendo el sector en el que se desempeñe Aún nadie ha dicho la última palabra.

  2. La única verdad no existe, la evolución nos convierte en personas con muchas carencias de conocimiento. Importante tener conciencia de esto y constantemente, » hacernos preguntas» buscar respuestas y adquirir nuevos conocimientos .

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