“El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma; y la curaduría, más que un ejercicio de orden, es un acto de hospitalidad, un puente tendido para que los diálogos invisibles se vuelvan públicos”.
José Roca
Hay encuentros que no se agendan; se juegan como la rayuela, por puro azar o por el dibujo invisible de una tiza en la vereda. Hace cinco años, en la quietud de la Hacienda Castilla, apareció Susana Stanig. Venía con Ricardo Núñez, ese chileno de humor fino y permanente que desarma cualquier solemnidad, y yo, que me esperaba a una argentina común y corriente con veleidades artísticas, me topé con una sonrisa fresca, un cabello gris y una conversación que transcurría como un río tranquilo. En ese instante no lo sabíamos, pero estábamos cruzando un pasaje. Ricardo me sopló al oído un secreto: «Tenés que ver lo que hace en su Casa taller, tiene una obra espectacular». Pero la vida, ya se sabe, sigue su curso, artistas que van, investigaciones que vienen, el panorama nacional, el pulso de Pereira… lo cotidiano que nos adormece.
Hasta que una mañana de esas, en el ritual casi mecánico de revisar el celular para disipar el insomnio, la pantalla del Facebook me devolvió el golpe: un pantallazo, un azul profundo, el nombre de Susana. Entrar en su perfil fue como abrir una puerta trasera a su propio museo o al taller de un cronopio. Había allí una fractura cromática impresionante, una deriva que acariciaba el impresionismo pero que de pronto se rompía en el cubismo sintético; una fractura adentro y afuera donde los reflejos jugaban a no verse. Un hiperrealismo invisible, táctil: daba la sensación de que cualquier pájaro despistado o cualquier lector distraído se estrellaría contra el lienzo al intentar entrar en ese espacio.
Fui a su casa-taller, desprevenido, con esa mirada limpia que siempre me enseñó la entrañable dramaturga Aleida Tabares. Pasábamos del caballete a la mesa, de la mesa a los muros. Pero el ojo, ese perseguidor, siempre se desviaba a la derecha, donde unos cuadros de personajes anónimos, pintados en planos pero con una volumetría casi arquitectónica, reclamaban su propia sombra. “Son de Mario, mi esposo”, me dijo Susana. Y al verlos uno a uno, apilados abajo, guardados como tesoros clandestinos, entendí que el arte, como el amor, no habita en la periferia de las cosas. “Esto no se puede quedar acá”, le dije. Tuvieron su exposición, hermosa, junta, porque pintar a dos manos juntos respetándose cada espacio compositivo, es también una forma de cohabitar el mundo.
Fue allí donde me enteré del secreto mayor: Los PIN 5, un colectivo de diez manos y cinco almas argentinas nacido en el encierro feroz de la pandemia, conformado por: Alejandra Salvatico, Claudio Gutiérrez, Gladys Rodríguez, Mario Damill y Susana Stanig. Mientras el mundo se clausuraba, ellos abrían ventanas los martes por la tarde; entre mates, miradas virtuales, crisis políticas y el pulso de la supervivencia, se ponían a pintar para no volverse locos, o quizás para volverse cuerdos de otra manera.
Dos años después de aquella exposición de Mario y Susana azarosamente colectiva, secretamente individual en la sala Carlos Drews Castro, les propuse una nueva complicidad: reunir a los PIN 5 en ese mismo espacio bajo el amparo de “HABITAR LA SOMBRA”.
Es una muestra poderosa, de esas que no piden permiso; un territorio donde habita el lenguaje único de cada uno, suspendido en la ligereza y el control absoluto del pincel, el lápiz o la materia tridimensional. Aquí nada se explica, porque el arte auténtico no rescata intenciones pedagógicas. Se trata, más bien, de trazar ese puente invisible: abrir un diálogo puro entre el silencio del creador y la sustancia misma del espectador.
Al mismo tiempo, en la sala alterna del museo Lucy Tejada, se despliega “TODOS SOMOS”. Una bitácora en pequeño formato que nos impone la urgencia de mirar al otro. Hay allí un color intrépido, una sagacidad casi de detective que persigue rostros y descifra estados de ánimo con la pulsión indomable de los PIN 5.
Al final, estas obras son conjeturas que operan como el enamoramiento: uno no busca el gusto por el otro, sino el milagro de verse reflejado en lo que uno piensa y hace. Es una sensación que respira en la mente y se nos mete por los sentidos, amparada por sentimientos ciclotímicos. Porque, después de todo, el que pinta es el amigo, el colega que nos ha visto crecer; y esa historia compartida desborda una generosidad que tal vez no estaba en el modelo, pero que se entrega, entera y sin timidez, en la obra misma.
Pues bien comenzamos a trabajar en ella y por fin la pantalla nos volvió a conectar. Esta vez, a través de una cámara que recorría la intimidad de sus talleres en Argentina. Lo que encontré no fue un colectivo rampante ni un manifiesto panfletario, sino una exquisitez pedagógica, una caracterización filosófica donde cada uno justificaba el porqué y el cómo de su trazo, no para imponer una verdad, sino para formar un público, para invitar a dialogar. Es una unidad leal, orgánica, un ejercicio de generosidad plástica donde habitar la obra del otro es también habitar la crítica y el afecto.

Por eso, este próximo mes el viernes 12 de junio del 2026, la Sala de exposición Carlos Drews Castro y la sala alterna del Museo Lucy Tejada, se transforma en ese pasaje cortazariano donde las distancias se anulan. «Habitar las sombras» no es solo una exposición de pinturas, esculturas y videos; es una cartografía de lealtad. Invitamos a los pereiranos a dejarse asaltar por estas sorpresas estéticas, a cruzar el puente y participar en los conversatorios. Porque estos cinco creadores no vienen solo a hablarnos de técnicas o de formas; vienen, sobre todo, a tener una conversación urgente y lúcida sobre cómo habitar, desde el arte y la resistencia social, este ancho y convulso planeta.
Vengan a ver muy pronto. Al fin y al cabo, el juego ya ha comenzado.


