martes, febrero 17, 2026

LA DESTRUCCIÒN DEL EQUILIBRIO

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Vivir en Pereira es una experiencia maravillosa, los paisajes que enmarcan esta ciudad, su gente, el clima, son apenas algunos aspectos que la describen de manera fugaz. Detallarla ampliamente, tomaría tiempo, “es un retazo colorido de esta maravillosa pieza llamada Colombia”.

Sin embargo, dicha percepción del visitante y de quienes terminan echando raíces en este ”paisaje cafetero”, se ve empañada por falta de amor patrio, ese que se percibe cuando transitando por las principales vías de la ciudad se topa con kilómetros de desechos, producto de animales que deambulan por las calles saciando el hambre con lo que rescatan de aquellas basuras. Calles llenas de empaques, servilletas, botellas, desperdicios arrojados por quienes la transitan diariamente. Esto es una pequeña toma de esa lamentable radiografía.

El panorama no cambia si se recorre por las afueras de la misma, la parte rural. Hay sitios a escasos 20 minutos de la ciudad habitados por profesionales de la salud, maestros, ciudadanos del común quienes, en búsqueda de una vejez tranquila, decidieron comprar un terruño donde disfrutar de un merecido descanso, de las bendiciones que brinda el vivir lejos de la contaminación y el ruido. Ser habitante de aquel lugar, se convierte en el Edén anhelado.

Respirar el aroma perceptible del jazmín al caer la noche es sentir las fragancias de un paraíso merecido como parte de esa convivencia nocturna.

Al iniciar el día, sentir el mugido de las vacas, la danza de ardillas colgàndose en las lianas de árboles frondosos para atrapar su alimento; el canto sinfónico de algunas aves como loros de diversas especies, gavilanes, barraqueros que se imponen con su canto, carpinteros e incluso el cacareo de gallinas al cumplir con la tarea de brindar ese primer alimento del día, son sensaciones que calan y se vuelven un ritual diario. Una apología a la creación.

…Duelen las entrañas de la madre naturaleza cuando es violentada por escombros, esos que en algún momento vistieron casas, fueron protección, y al cumplir su ciclo, se arrojaron entre el bambú o la vegetación, para ser reemplazados por otros, tal vez más modernos. Un sinsentido. Es la naturaleza trasgredida por el hombre en un sitio por donde transitan centenares de personas.

Al recorrerlo, se puede inhalar ese aire fresco, limpio, que oxigena como dádiva de la misma vegetación que habita en la Vereda Huertas. Recorrido lleno de sensaciones.

Al transitar la vía, esa misma carretera que conduce a los colegios Anglo Americano y El Liceo Francés de Pereira, nuestros sentidos experimentan la sinestesia producida por el susurro de una pequeña cañada o riachuelo que apenas dejaba ver su recorrido, hoy ahogado con el peso de puertas, alacenas y otros elementos que no le permiten respirar. Luego, levantamos la voz y nos quejamos de la furia de la misma naturaleza, aunque en el fondo seamos conscientes de que propiciamos llegar a esos extremos.

Si la naturaleza reacciona es porque se defiende ante tanta agresión. El animal al sentirse amenazado, actúa; las rosas, muestran sus espinas para evitar ser desangradas, cortadas.

Hay imágenes que impactan. Esta genera muchas reflexiones: el sitio que comparto con otros, debe ser sagrado, no tengo derecho a violentarlo, hay vida, brinda oxígeno, ese que en ocasiones cuesta adquirirlo.

El visitante extranjero, anhela recorrer los paisajes de El Eje Cafetero, concretamente Pereira, porque se siente en casa, ese sitio elegido para su bienestar, en armonía y libre de cualquier amenaza.

Quien no ha nacido en esta ciudad, pero decide habitarla, termina escogiéndola como el lugar mágico para quedarse. Lo importante y que debería generar reflexión es actuar educando a las futuras generaciones en el cuidado de la naturaleza. Son pocos los lugares que atraen por el verdor de sus vías, ese color nos recuerda lo que se produce y que es benéfico para el cuerpo, el verde es vida y aunque no contemos con estaciones, en una época como esta podemos visualizar su fruto. Hay guayacanes esparciendo sus flores amarillas dejando esa estela en el camino como grata compañía; el verde es esperanza, la única virtud que nunca se pierde. Mientras esté presente, habrá luz.

Somos custodios de los hijos, de lo que conservamos en la billetera, en el morral, la maleta… ¿Por qué no serlo del sitio que habitamos?

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