Ayer, mientras el cuerpo se dejaba llevar por el Parque Olaya Herrera, ese gran pulmón verde que Pereira respira a bocanadas, flanqueado por el vaivén de la Avenida 30 de Agosto que sube y baja como un ritmo cardíaco, me dio por mirar. Hay que saber mirar el Olaya: un territorio donde el sudor de los aeróbicos se cruza con el rito pagano de «Son de Fuego», esos muchachos que meten la costa entera dentro de un tambor y sacan cumbias y pullas como si el litoral Caribe quedara a la vuelta de la esquina. Un parque testigo, claro. Ahí está el obelisco en honor a Francisco Pereira, con sus viejos guiños masónicos grabados en la piedra, y al lado de la 19, la materia esculpida por el maestro Javierre para la escultura de «Los Fundadores», custodiando esa Gobernación de Risaralda que es puro Premio Nacional de Arquitectura.
El parque muta, se deforma, acepta cicatrices; la última, esa estación del Megacable que en sus trazos esconde, como un fantasma de cemento, la memoria de la Facultad de Bellas Artes de la UTP, aquella que el terremoto del 99 nos arrebató.
Pues bien, el martes 2 de junio, a eso de las tres y media de la tarde, esa hora en que el sol pereirano empieza a ponerse espeso, tropecé con los soñadores. Eran mis compañeros de la Secretaría de Cultura Departamental, los oficiantes del proyecto LEOB (Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas). Estaban allí, entregados a su costumbre quincenal de conspirar con las palabras, de desarmar libros, textos y sospechas literarias. Se juntan por puro milagro y por absoluta necesidad; para que la lectura no se muera de inanición entre los jóvenes, para que circulen los poemas y las heridas sociales que nos tocan a todos. Y lo hermoso es que a ese círculo no solo llegan los habitantes de la letra; asoma también gente de a pie, peatones sin credenciales pero con un fragmento de alfabeto latiendo en el pecho, listos para participar de esa maravillosa ceremonia.

Los llamo estudiantes, sí, porque habitan el encuentro con el rigor de un juego sagrado. Desmontan técnicas, ensayan figuras de provocación, persiguen los lenguajes que caminan los andenes, las periferias, los comercios opulentos y las esquinas olvidadas. Son cazadores de la escucha. Traducen el murmullo de la calle a través de espejos universales: un día aparece Laura Restrepo, al otro los hilos históricos de Irene Vallejo, o las voces de autores colombianos y pereiranos que se dejaron escarchar por la realidad.
Pero el juego no se queda en el parque. Estos sensibles de la educación van a las aulas, se contagian de la algarabía y el murmullo de los colegios, allí donde conviven la picardía y la inocencia. El resultado es casi milagroso, una primera edición impresa que recoge todo ese fuego creativo, gracias a profesores lúcidos, conectados con el cosmos y con la identidad de su tierra.
LEOB es eso: una cofradía de magísteres, licenciados, poetas y novelistas que han gastado los ojos leyendo las páginas del universo para luego reescribirlas con un acento propio. Ahora andan dándole forma al Plan Departamental de Lectura, una arquitectura curricular y democrática para que cualquiera pueda cruzar el mundo. Porque leer, convengamos, no hace a nadie más inteligente, pero cómo nos ayuda a entender al ser humano en su coreografía con la naturaleza.
Hay entre ellos una lealtad limpia, una camaradería que parece un milagro o una insolencia. Todos sabemos que el mundillo del arte suele ser un vecindario oscuro, a veces violento, lleno de egos inflados. Por eso LEOB es la excepción que confirma la regla, allí hay frescura, hay armonía, hay un empeño colectivo bajo la tutela del doctor Andrés García para dejar al departamento henchido de literatura.
Ojalá el Olaya siga siendo el teatro de estos encuentros sensibles, de donde siempre sube un humo blanco de arte purísimo que imanta a los pasantes. Ese día eran, sin duda, la energía más bellamente extraña del parque.
Quiero terminar con una postal. La actividad de la tarde consistía en colgar los textos de una liana tensada entre dos árboles. Una galería invisible, un museo flotante. Los espectadores humanos éramos pocos, pero sospecho que los pájaros, los perros errantes y las hojas que caían hacían parte de la muestra. Una bellísima juntanza de creadores y gente común. Vayan, asómense cada quince días, en los distintos lugares de estos picnic literarios. Entrarán siendo quienes son, pero les aseguro que al terminar el taller, saldrán siendo otros, aunque conserven, intacta, su propia esencia.



Que buen artículo James, Buenisimo dar a conocer estas actividades tan enriquecedoras pero a la vez tan desconocidas por mucha gente. Son esfuerzos que hay que difundir y valorar, y realmente lo hiciste de bella manera! Gracias y Felicitaciones!!!