LA JUNTANZA ESTÉTICA: La poética del volumen  el espacio

OpiniónArteLA JUNTANZA ESTÉTICA: La poética del volumen  el espacio

La Sala de Exposiciones Carlos Drews Castro, cobijada en la arquitectura del Teatro Santiago Londoño de Pereira, abre sus grietas espaciales para albergar la última impronta del colectivo PIN 5. Integrado por tres creadoras y dos creadores en un acoplamiento simbiótico, este grupo no solo se reúne, converge. Sus cosmovisiones y disciplinas, a primera vista disímiles, operan como una amalgama de texturas que hallan su punto de fusión en una sensibilidad compartida, una coordenada espacio-temporal común y la resonancia del arte como un cincel en el alma.

El nombre del colectivo trasciende el juego fonético de la ronda infantil. Es una pieza tallada en dos aristas. PIN, la impronta de su génesis pictórica, y 5, la cifra de una proporción áurea, cargada de simetría y tensión armónica. A pesar de los años de producción mediados por la inmaterialidad de las pantallas con miembros habitando la latitud argentina y otros la periferia risaraldense, el grupo ha erigido un taller suspendido en el vacío de la red. Entre el calor del mate, la densidad del pigmento y la porosidad de las bitácoras, la distancia geométrica se diluye en una tertulia perenne donde germinan el concepto y el volumen.

En la constelación de PIN 5 resalta la presencia de Alejandra Salvático. Si bien su grafía inicial se grabó a través del retrato en la serie “Todos Somos” delatando ya una pincelada expresiva, diáfana y de un rigor casi arquitectónico, es en esta muestra, bautizada “Habitar las Sombras”, donde la artista ejecuta un vuelco tridimensional, quebrando el plano bidimensional para conquistar el volumen.

Salvático interviene el cubo gris cromático de la sala con un conjunto de esculturas aéreas nacidas de una obsesión por el lenguaje textil. Sin embargo, aquí la urdimbre y la trama desafían la docilidad del tejido, no hay algodón, sino filamentos de acero que oponen una tenaz resistencia a la torsión. Con la obstinación poética del escultor que domeña la piedra, la artista moldea y trenza el metal en bucles y rizos ingrávidos que se desprenden de rines de bicicleta. Las estructuras resultantes adquieren una fisonomía orgánica, medusas siderales que rotan sutilmente en el aire, emulando la gravitación suspendida de las fosas oceánicas.

Estas piezas no habitan el espacio de forma aislada; configuran una tríada totémica que entra en tensión dialéctica con las obras de Gladys, Claudio y Susana. Alejandra Salvático no solo esculpe el objeto, sino la luz; baña el recinto con una iluminación dirigida que proyecta sombras monumentales sobre los muros y lienzos. Estas siluetas incorpóreas actúan como veladuras que envuelven e integran las propuestas de sus compañeros.

Al fondo de la sala, la instalación se densifica con ocho tótems, rocas minerales extraídas del entorno que encarnan el silencio petrificado de la naturaleza, abrazadas por enredaderas de cobre y alambre. Algunas de estas masas geológicas reposan bajo el manto sutil de una «mantarraya» de hilos metálicos cobrizos; un tejido que destella como la piedra mojada tras un aguacero de verano. Esta pieza textil de cobre proyecta una silueta telúrica sobre el muro, clausurando el espacio en una atmósfera de misticismo y recogimiento.

(El Alambre Subvertido)

Escuela cinética - Soporte oculto ──> Estructura interna

Alejandra Salvático - Obra misma  ──> Caligrafía gravitacional y tridimensional (360°)

Esta ecuación filosófica tiene como fin, mostrar que no hay nada más exacto que el arte a la hora de mostrarse, no en su esencia misma sino en su materialidad cruda que, pasada por las manos de una artista se transforma en ley interpretando una propiedad oculta.

Desde el rigor técnico, la propuesta de Salvático traslada la línea del dibujo hacia la experiencia volumétrica de los 360 grados. La artista subvierte el canon clásico donde el alambre era el esqueleto oculto sobre la piedra o el yeso, aquí el alambre se despoja de su servidumbre estructural para ser la obra misma. El dibujo se emancipa del papel, viaja en todas las direcciones del aire y atrapa al espectador en su caligrafía espacial.

La obra de Alejandra opera como una metáfora material de la «juntanza». En una época atomizada por la dispersión social, estas lianas de acero trenzado demuestran que la escala individual no se disuelve en lo colectivo, sino que se apuntala en él.

Así como la medusa suspendida dinamiza el abismo marino con su coreografía silenciosa, los cuerpos, al habitar un espacio común para entrelazar sus relatos, activan una inteligencia afectiva. Esta exposición nos devuelve a una de las premisas más puras del arte contemporáneo. El encuentro es un acto de resistencia política, y el arte, en su dimensión más tectónica, es un vehículo de sanación colectiva.

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