LA PALABRA QUE GOBIERNA: CUANDO EL LENGUAJE DECIDE ANTES QUE LA RAZÓN

OpiniónLA PALABRA QUE GOBIERNA: CUANDO EL LENGUAJE DECIDE ANTES QUE LA RAZÓN

Un subsidio no es lo mismo que un derecho, aunque paguen la misma factura. He visto cómo una sola palabra cambia la manera en que una comunidad entera decide creer o desconfiar del Estado. Esta columna es sobre eso: sobre cómo el lenguaje, mucho antes que los argumentos, ya decidió quién tiene la razón.

Fernando Sánchez Prada

Recuerdo una asamblea comunitaria en un corregimiento del Pacífico nariñense, en Barbacoas más exactamente, hace ya varios años, en medio de un proceso de transferencias monetarias condicionadas. Yo estaba ahí como enlace técnico, con la tarea de explicar un programa social a familias que llevaban meses esperando una respuesta del Estado.

El primer borrador de la cartilla que íbamos a entregar llamaba a las familias “beneficiarias”. Alguien del equipo, con más calle que oficina, me dijo algo que no he olvidado: “Eso suena a limosna, Fernando. La gente no quiere que le regalen nada, quiere que le cumplan”. Cambiamos la palabra. Escribimos “titulares de derechos”. Nada cambió en el presupuesto ni en el monto del giro. Cambió, eso sí, la forma en que la comunidad recibió al Estado esa tarde: menos resignación, más exigencia. Menos limosna, más contrato.

Ese día entendí algo que después confirmé una y otra vez en Centroamérica, en Filipinas, en Panamá, con agentes de gobierno del Caribe en Barbados, en cada mesa donde me tocó traducir política pública en lenguaje humano: la palabra no acompaña la decisión. La palabra es la decisión, antes de que nadie firme nada.

El lenguaje no describe la realidad: la construye

George Orwell lo advirtió con una claridad que  cuando lo escribió incomodaba y aún sigue incomodando: el lenguaje político se diseña, muchas veces, para que la mentira suene a verdad y el asesinato suene a política de Estado. No hablaba de un país lejano ni de un régimen exótico. Hablaba de un mecanismo universal, el mismo que usamos hoy cuando llamamos “ajuste” a un recorte, “pacificación” a una ocupación o “libertad económica” a la eliminación de un derecho.

El lingüista George Lakoff explicó el mecanismo con precisión de laboratorio: quien logra imponer el marco de la conversación, gana el debate antes de que empiece el debate. No importa cuántos datos tenga el otro lado. Si acepta discutir dentro del marco ajeno, ya perdió. Por eso, en política, la batalla más importante no es la de las cifras. Es la del nombre que le ponemos a las cosas.

La razón llega tarde: primero decide la emoción

El psicólogo Daniel Kahneman documentó algo que cualquier comunicador de campo intuye sin necesidad de laboratorio: la mente humana decide rápido, por instinto y emoción, y solo después fabrica una justificación racional para lo que ya sintió.

Jonathan Haidt lo ilustra con una imagen que he usado cuando me invitan a hablar del tema de la comunicación pública : la razón es el jinete, la emoción es el elefante. El jinete cree que dirige. En realidad, negocia con un animal mucho más fuerte que él.

Esto explica algo que a los técnicos nos frustra: por qué una cifra impecable pierde frente a un eslogan mediocre. Por qué un diagnóstico correcto no convence a nadie si llega envuelto en la palabra equivocada. Las ideologías y las creencias no se sostienen en evidencia. Se sostienen en identidad. Y la identidad no se discute con estadísticas: se defiende con pasión.

Cuando la palabra se convierte en arma

Noam Chomsky, con Edward Herman, describió cómo los grandes relatos públicos se fabrican filtrando, repitiendo y encuadrando la información hasta que deja de parecer una interpretación y empieza a sentirse como sentido común. No hace falta mentir para manipular. Basta con elegir bien qué palabra repetir cada día hasta que deje de sonar a opinión.

En nuestra región lo vemos a diario. “Casta” frente a “pueblo”. “Privilegio” frente a “esfuerzo”. “Libertad” frente a “Estado”. Son palabras que ya no describen: convocan. Activan una tribu y desactivan la capacidad de escuchar a la otra. El lingüista Victor Klemperer, que documentó cómo el régimen nazi corrompió el alemán palabra por palabra, dejó una advertencia que no ha envejecido: el veneno del lenguaje no mata de golpe. Se toma en dosis pequeñas, todos los días, hasta que ya no lo notamos.

Del diccionario al catecismo: cuando la opinión se convierte en doctrina

Aquí quiero detenerme, porque me lo han preguntado varias veces después de leer estas columnas. Llevo años insistiendo en que mi oficio es traducir lo complejo en comprensible: leyes en lenguaje claro, cifras en realidades, decisiones de Estado en mensajes que la gente entienda sin sentirse excluida. Pero eso no es lo mismo que reducir una idea a su mínima expresión para manipular. Ahí está la frontera que casi nadie se toma el trabajo de trazar.

El diccionario ofrece varias acepciones de una misma palabra y deja que el lector elija, dude, compare. El catecismo ofrece una sola respuesta, memorizada para repetirse, no para discutirse. Cuando el debate público cambia el diccionario por el catecismo, dejamos de tener opiniones en disputa y empezamos a tener doctrinas que se recitan. La diferencia no es de forma. Es de fondo: una invita a pensar, la otra invita a obedecer.

En tiempos de redes sociales, 142 caracteres alcanzan para cerrar de un golpe una discusión que debería tomarse un ensayo completo. Y hay una salvedad que vale la pena nombrar: si quien escribe ya es un personaje conocido de nuestra fauna local, ahí sí puede pasar cualquier cosa. El prestigio previo, o el escándalo, o simplemente la fama, reemplazan el argumento. Sus seguidores no leen para entender: leen para confirmar lo que ya creían. Y la frase se vuelve catecismo antes de terminar de escribirse.

Reducir para explicar y reducir para manipular usan la misma herramienta —la síntesis— pero persiguen objetivos opuestos. Uno abre una puerta. El otro la cierra con llave y le pone nombre de verdad revelada.

La responsabilidad de quien elige las palabras

He pasado más de veinte años traduciendo decisiones de Estado en mensajes que la gente pueda entender. Y con los años aprendí que esa traducción nunca es neutral. Cada palabra que un comunicador, un gobernante o un columnista pone sobre la mesa está tomando partido, lo reconozca o no. La neutralidad absoluta en el lenguaje no existe. Lo que sí existe es la honestidad de saber qué estamos activando cuando escribimos.

Por eso desconfío de quien habla con demasiada certeza y de quien nunca se pregunta si su propia palabra favorita también fue diseñada por alguien más para que dejara de pensar. La pasión ideológica no es mala en sí misma. El problema es cuando reemplaza por completo a la razón, y ya nadie se pregunta de dónde vino la palabra que está defendiendo con el pecho.

La próxima vez que una noticia, un discurso o una publicación le produzca una reacción inmediata, deténgase un segundo antes de compartirla. Pregúntese qué palabra fue la que lo movió, y quién decidió ponerla ahí. Porque la libertad más urgente de estos tiempos no es de expresión: es de comprensión. Y esa, a diferencia de las otras, todavía depende de cada uno de nosotros.

Fernando Sánchez Prada

Comunicador – Policy Maker – Consultor

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