Quizás haya algo excitante en la violencia, una suerte de adicción a la sangre, un goce por ver sufrir al otro, que debe ser incomparable frente a la simple contemplación de la vida y su posterior forma de expresarla. Quizás este placer violento esté alimentado por la falta de vocabulario, el no desarrollo de las palabras para argumentar, expresar lo que se siente y debatir, reflexionar u observar la realidad con ojo crítico y después decir porqué me gusta o no lo que veo.
Como en la casi distópica película La Purga, la violencia emerge brutal, como posibilidad de desfogue que permite asesinar, eliminar al diferente, al débil, al despreciado, gracias al acceso de las armas, como sucede en Estados Unidos, o a la institucionalización de grupos de poder armados, empoderados y decididos a ejercer tal violencia sin permitir el desarrollo del diálogo o la palabra.
El ICE por ejemplo, explota con sumo gusto y crueldad esta tendencia, y eso es solo el asomo de los dientes de un sistema criminal que ha surgido a la sombra de nuestra humanidad, de los medios que convenientemente silenciados los apoyan, y de un país ya corroído, desgastado y maloliente por cuenta de un presidente Trump que representa todos los anti valores de los Estados Unidos y paradójicamente el espíritu más siniestro de varios que habitan esa tierra prometida, entre ellos, muchos latinos que olvidaron sus raíces y aplauden con regocijo el asesinato y deportación de los suyos, porque acá: “perro come perro”.
Johan Sebastián Duran, colombiano asesinado por cuenta del grupo paramilitar armado (ICE); un niño hondureño de apenas cinco años, abandonado dentro de un carro por ellos mismos tras llevarse a su padre; suicidios inducidos como el del joven colombiano Brayan Rayo Garzón; presos políticos en el antes pais de la libertad que tanto alardeaba Hollywood, como el caso de Beto Coral, y otros desmanes más en donde al parecer, los colombianos como siempre, son los que ponen la cuota más dura y de muertos, (incluyendo votantes y seguidores de este modelo represivo), sin que podamos hacer mucho al respecto y menos con la realidad política que estamos atravesando.
El asesinato de Johan frente a los ojos de su propia hija, no ha merecido ni siquiera una solicitud formal, o un comunicado por parte del nuevo presidente de Colombia y ciudadano estadounidense Abelardo de la Espriella, quien al parecer y ante estos hechos, va a seguir pasando de agache sin ejercer una mínima, soberana y diplomática queja, porque no puede ir en contra de los intereses de esa patria a la que le juró lealtad republicana. (Ya estábamos advertidos)
El ICE está compuesto por horribles y resentidos paramilitares gringos, bastante racistas por cierto, maltratadores de mujeres y xenófobos, posibles integrantes del KKK, que por fin vieron su oportunidad de salir de debajo de la alfombra en la que habían sido escondidos desde la toma de la Casa Blanca y que representan sin duda, el ala uniformada de la extrema ultraderecha gringa, que a la par de los soldados israelíes en Palestina, los veteranos colombianos que salen en jeeps ondeando la bandera Nazi, los viejos paramilitares desenterrando sus fusiles, como preparándose para un gran conflicto en vez de la paz, las nuevas Convivir que propone el presidente electo, ya empiezan a configurar un movimiento dispuesto a todo por recuperar el terreno perdido a nivel local y mundial desde los tiempos cuando cayó Hitler.
La aparición de violentas sectas religiosas uniformadas como soldados en las puertas de los colegios colombianos, el posible retorno de grupos paramilitares y guerrilleros más fortalecidos y envalentonados por un discurso de odio que resurge sin pudor en nuestras propias narices, son una muestra inequívoca de una política global fundamentalista y feroz que se está ejerciendo ante la vista gorda de nuestros líderes y los países que se supone defendían la libertad y los derechos humanos, pero que prefieren agazaparse, asustados ante la mala cara de Trump y sus amenazas de aranceles (todo por la plata), mientras políticos y grupos de la extrema derecha van tomándose el poder con su beneplácito y otros van matando de hambre pueblos sitiados (Gaza, Cuba, entre otros).
¿Qué se puede hacer ante esta realidad alimentada por una potencia mundial poseedora de armas, inteligencia militar y una ideología cada vez más destructiva e intervencionista?
Quizás estar vigilante a lo que pueda suceder en nuestras pequeñas localidades, escuchar atentamente esos discursos y gestos que delatan al pequeño fascista que nos habita, al que no soporta ver a un Embera con estudio, o a una empleada de servicio ganado un mínimo, por ejemplo. A quien prefiere al político disfrazado de demócrata pero que aplaude las destripaciones que ejercen sobre su contradictor, al concejal idiota que señala al contratista indefenso que expresa sus preferencias políticas contrarias a las de él, y al que persigue hasta sacarlo de su trabajo, al jefe que despide a su empleado porque no votó por el que él le dijo. Debemos estar atentos a las etiquetas, encuestas, algoritmos, con las que marcan al opositor o al crítico y cuidarnos entre todos, solidarizarnos con el otro, porque habrá muchas víctimas de la purga en estos tiempos aciagos.



Carlos Vicente. Sí. El hombre es belicoso por voluntad de Dios, es decir por Naturaleza. Su gran error es tratar de negar dicha naturaleza, decir por ejemplo que es un ser de diálogo y de paz cuando, en realidad no lo es. Combatir la violencia por el medio racional es inútil y desnaturalizado. Cuando Espartaco se enfrentó al Estado Romano era él o el Senado, era él o el general Craso. Estos nunca llamaron a Espartaco a dialogar. La Historia nos ofrece muchos ejemplos como éste. La paz consiste en el equilibrio de fuerzas contrarias, una que, por ostentar el poder dice tener la verdad y otra que, por no poseerlo, también dice tener la verdad. El diálogo no es más que eso, un ideal, una idea en estado de sueño platónico.