LA TRAMPA DE LA AUTONOMÍA

OpiniónEditorialLA TRAMPA DE LA AUTONOMÍA

Una de las palabras fundamentales para comprender al hombre moderno es autonomía. Buena parte de la historia occidental de los últimos siglos puede interpretarse como una larga búsqueda de emancipación: emancipación de poderes políticos absolutos, de estructuras sociales opresivas, de tradiciones incuestionables, de autoridades religiosas, de condicionamientos culturales y, finalmente, de cualquier realidad exterior que pretenda decirle al individuo quién debe ser y cómo debe vivir.

El hombre moderno quiere decidir por sí mismo; y esta aspiración, contiene algo profundamente valioso. La libertad pertenece a la dignidad humana. Una persona privada de la posibilidad de pensar, discernir, elegir y asumir responsablemente sus decisiones queda reducida en aquello que precisamente la hace sujeto moral.

Sin embargo, la cuestión comienza cuando la autonomía deja de significar capacidad responsable de autodeterminación y empieza a entenderse como independencia absoluta. Entonces aparece una afirmación cada vez más característica de nuestro tiempo: «Mi vida es mía y solamente yo decido sobre ella».

Filosóficamente, esta expresión plantea una pregunta decisiva: ¿puede el ser humano ser realmente fundamento absoluto de sí mismo? Y teológicamente surge una pregunta todavía más radical: ¿puede el hombre recibir la existencia de Otro y, al mismo tiempo, vivir   si no debiera nada a nadie?

La palabra autonomía procede de los términos griegos autos: uno mismo, y nomos: ley; en sentido amplio significa la capacidad de gobernarse a sí mismo. La autonomía representa uno de los grandes logros de la conciencia moderna. El ser humano no puede limitarse a obedecer exteriormente. Una acción verdaderamente moral exige interioridad, conciencia y libertad.

En este sentido, la reflexión de Immanuel Kant resulta fundamental. Para Kant, la madurez moral supone que el sujeto no actúe simplemente porque una autoridad externa se lo ordena, sino porque su razón reconoce el deber y libremente se determina conforme a él. La autonomía kantiana, sin embargo, no significa simplemente: «Hago lo que quiero».

La libertad no consiste en obedecer cada deseo, sino en ser capaz de someter la propia conducta a principios racionalmente reconocibles como moralmente válidos.

Esta distinción resulta especialmente importante porque buena parte de nuestra cultura ha reducido progresivamente la autonomía a otra idea: «Si yo lo deseo y no perjudico directamente a otro, nadie tiene derecho a decirme que no debo hacerlo». Aquí la autonomía comienza a deslizarse hacia el individualismo. Ya no significa únicamente gobernarse responsablemente, sino convertirse en criterio último de la propia existencia.

El problema, por tanto, no es que el hombre quiera ser autónomo. El problema aparece cuando autonomía significa no depender de nadie. La independencia se convierte entonces en ideal antropológico. Necesitar a otro parece debilidad. Recibir parece inferior a producir; obedecer parece contrario a la dignidad: reconocer límites parece fracaso; depender parece incompatible con la libertad.

Y finalmente aparece la pregunta religiosa: ¿Por qué tendría que depender incluso de Dios? Aquí se encuentra uno de los grandes conflictos entre cierta sensibilidad moderna y la concepción cristiana del ser humano. La modernidad puede sentirse tentada a pensar la libertad como emancipación de toda dependencia. El cristianismo, en cambio, propone una paradoja: existen dependencias que no destruyen la libertad, sino que hacen posible que exista.

Ningún ser humano decidió existir. Nadie eligió el momento histórico en que nacería, su estructura biológica inicial, su vulnerabilidad, su necesidad de otros durante la infancia ni su condición mortal. Antes de ser autónomos, somos recibidos. Antes de decidir, existimos. Antes de construir nuestra identidad, alguien nos ha dado la vida. Por eso la autonomía humana nunca puede ser absoluta: somos seres capaces de decidir sobre una existencia cuyo origen no hemos decidido.

Aquí aparece una de las contradicciones más profundas de la condición humana. El hombre puede decir: «Esta es mi vida». Y la afirmación es legítima. Nadie puede apropiarse de la existencia de otro. Cada persona posee una dignidad irreductible y debe asumir personalmente sus decisiones.

Pero hay una segunda afirmación que filosóficamente no resulta tan evidente: «Yo soy el origen de mi vida». Eso ya no es verdad. Podemos gobernar nuestra existencia, pero no somos la causa última de haber comenzado a existir. Por eso existe una diferencia fundamental entre responsabilidad y propiedad absoluta. Soy responsable de mi vida.

Pero ¿soy su propietario absoluto? Desde una antropología cristiana, la respuesta introduce una categoría diferente: don. La vida no comienza como conquista; comienza como recepción. No aparecemos en el mundo diciendo: «He decidido existir». Un día descubrimos simplemente: «Estoy aquí». La primera experiencia humana no es la autonomía; es el don.

El gran desafío del hombre contemporáneo quizá no sea renunciar a la autonomía, sino purificarla de la pretensión de autosuficiencia. Debemos defender la libertad; debemos defender la conciencia; debemos defender la capacidad humana de pensar, discernir y decidir. Pero debemos preguntarnos si para ser libres necesitamos realmente convertirnos en propietarios absolutos de nosotros mismos.

Tal vez la madurez no consista en poder decir: «No dependo de nadie». Tal vez consista en poder reconocer: «He recibido mucho, soy responsable de mucho y debo responder por aquello que hago con lo recibido».

Padre Pacho

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Vea nuestros otros contenidos

SALUD MENTAL POST TERREMOTO

EL JUEGO MACABRO DE LAS EPS

AMOR