¿Un pensionado debe borrarse del mapa laboral para “dejarle el puesto” a un joven? La pregunta suena noble, pero parte de un error: cree que el empleo es una torta fija que unos le quitan a otros. Léame hasta el final y dígame si no es hora de cambiar la pregunta.
Hace unos días leí en LinkedIn una publicación de Inés Pardo que me dejó pensando. Ella preguntaba, sin rodeos, si una persona pensionada debe retirarse del todo y dejarle el puesto a otro. Detrás de esa pregunta hay dos historias que conozco de cerca.
Camila tiene 27 años, es ingeniera industrial y lleva ocho meses enviando hojas de vida sin respuesta. Don Álvaro tiene 66, se pensionó hace tres años como gerente comercial de una empresa de la región y hoy dedica dos días a la semana a asesorar juntas directivas de pequeñas empresas. Si uno pregunta en la calle quién le “quitó el puesto” a Camila, casi nadie va a decir que fue don Álvaro. Y tienen razón: no fue él.
El empleo no es una torta fija que alguien reparte
La pregunta de mi estimada amiga Inés Pardo toca un nervio real, pero está mal planteada, a mi modo de ver las aristas de este tema. No hay una cantidad fija de empleos en un país donde el desempleo juvenil llegó a 16,2% en el trimestre febrero-abril de este año, según el DANE, mientras más de la mitad de los ocupados sigue en la informalidad. El problema de Camila no es que don Álvaro siga trabajando: es que la economía colombiana no está creando suficientes empleos formales, ni para los jóvenes ni para los mayores. Lo escribí hace poco en otra columna: el empleo no nace del decreto ni de la solidaridad de un pensionado que se retira antes de tiempo. Nace de empresas que puedan crecer y contratar sin que cada nuevo puesto sea un riesgo financiero.
Y del otro lado está don Álvaro, que representa algo que Colombia todavía subestima: la llamada economía silver, la de quienes ya pasamos la edad de pensión, mueve cerca del 13% del PIB del país, según estimaciones de la Cámara de Comercio de Bogotá y La República. No es un grupo en retiro. Es un motor que sigue produciendo, consumiendo y, sobre todo, transfiriendo conocimiento a quienes apenas empiezan.
Treinta años pensionado no estaban en el plan
Pero hay que decirlo sin maquillaje: no todos los don Álvaro están igual. Inés Pardo lo señala bien en su publicación: hay pensionados cuya mesada no alcanza, que deben pagar impuesto de renta si ahorraron algo en vida, que no califican para el Sisbén por tener una casa modesta, que pagan de su bolsillo una medicina prepagada porque el sistema de salud no siempre responde a tiempo, y que además ayudan a hijos o nietos. Para ellos seguir generando ingresos no es un capricho: es supervivencia con dignidad. La ley, de hecho, ya permite que un pensionado vuelva a trabajar y hasta siga cotizando para mejorar su tasa de reemplazo; el problema no es legal, es cultural.
Y en el fondo es también una cuenta de esperanza de vida. Hoy ronda los 77,6 años y, según el DANE, en 2040 se acercará a los 80. Treinta años pensionado ya no es la excepción: es la nueva normalidad. Ningún sistema pensional colombiano, ni el vigente ni el que sigue suspendido en la Corte Constitucional, fue diseñado pensando en tres décadas de vida después del retiro.
Complementar, no competir
La salida no está en escoger entre Camila y don Álvaro. Está en abrir los dos frentes al tiempo. A los jóvenes hay que darles algo más que un aviso de empleo: acceso real a crédito y acompañamiento para emprender, y menos trabas para formalizar sus primeros negocios. Son la generación digital; hay que dejar de pedirles que encajen en empleos diseñados para otra época.
A los mayores activos como don Álvaro, en cambio, hay que darles un lugar legítimo como consultores y mentores, no tratarlos como sospechosos de quitarle el puesto a alguien.
Colombia ya tiene una ley, la 931 de 2004, que prohíbe exigir rangos de edad para contratar; lo que falta es que las empresas la apliquen con el mismo rigor con el que exigen experiencia.
Ahí caben, sin inventar nada nuevo: incentivos tributarios para quienes contraten consultores senior, una tarifa diferencial de renta para pensionados que seguimos generando ingresos, un ajuste real a las mesadas más bajas, hogares geriátricos dignos y accesibles para cuando la autonomía ya no alcance, y un sistema de salud que no obligue a nadie a pagar de más por lo que el Estado debería garantizar.
Yo mismo estoy en esa frontera: cerca de la edad de pensión, con experiencia acumulada que no pienso guardar en un cajón, pero sin ninguna intención de quitarle el puesto a nadie que apenas empieza. Lo que quiero es sentarme al lado de Camila, no delante de ella. Que la reforma pensional, hoy suspendida y rigiéndose todavía por la Ley 100 de 1993, no se discuta solo en clave de plata, sino en clave de qué país queremos ser con una población que vive más y trabaja distinto.
¿Usted qué cree: un pensionado activo le quita el puesto a un joven, o el verdadero problema es que Colombia no crea suficiente empleo para ninguno de los dos? Lo leo en los comentarios.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador – Policy Maker – Consultant
Fuentes: DANE (esperanza de vida y desempleo juvenil, 2025-2026); Infobae (informalidad laboral, marzo 2026); Cámara de Comercio de Bogotá y La República (economía silver, ~13% del PIB); Ley 931 de 2004; Presidencia de la República y Corte Constitucional (estado de la Ley 2381 de 2024 de reforma pensional).



Fercho, bien lo dijiste. Colombia tiene la Ley 931 de 2004 que prohíbe exigir rango de edad para laborar formalmente en cualquier empresa. Pero desafortunadamente en nuestro país las personas después de los 40 o 50 años ya las ven viejas para contratar. No debería de ser así, porque se desaprovecha mucha experiencia que puede aportar a la empresa y las generaciones futuras
Wenquis