¡Sí puedes! Con frecuencia, cuando escuchamos noticias sobre violencia, polarización política, conflictos sociales o inseguridad, surge una sensación de impotencia. Muchas personas llegan a pensar que la paz es un asunto exclusivo de los gobiernos, las fuerzas de seguridad o los grandes líderes nacionales. Sin embargo, desde la perspectiva de la Psiquiatría social, esta idea es incompleta. La construcción de la paz comienza mucho antes de los acuerdos políticos: nace en la mente, en las relaciones cotidianas y en las decisiones que cada persona toma todos los días. Santa Teresa de Calcuta exhortaba a sus hermanas diciendo: “Sé bien, y lo saben cada una de las hermanas, que lo que realizamos es menos que una gota en el océano. Pero si la gota le faltase, el océano carecería de algo”. En esta frase se sintetiza una verdad profunda: una sola persona puede influir en la realidad que la rodea. La violencia no surge únicamente de factores políticos o económicos. También se alimenta de emociones mal gestionadas, prejuicios, resentimientos acumulados, discursos de odio y dinámicas de exclusión que terminan normalizándose en la convivencia diaria.
Por el contrario, la paz se fortalece cuando las personas desarrollan capacidades como la empatía, la tolerancia, la cooperación y el respeto por la diferencia. Cada vez que alguien escucha antes de juzgar, dialoga en lugar de agredir o busca comprender en lugar de descalificar, está realizando una contribución concreta a la salud mental colectiva de la sociedad. Si quieres la paz para Colombia, conviértete en un activista de la no violencia. No es necesario anunciarlo ni proclamarlo permanentemente. Basta con vivirlo. Acepta al otro en su diferencia. Reconoce que las personas pueden tener ideas políticas, religiosas, culturales o sociales distintas sin que por ello se conviertan en enemigos. La diversidad de opiniones es una característica de las sociedades democráticas y no una amenaza para ellas. También es importante no seguir a quienes construyen narrativas incendiarias. La historia demuestra que los discursos basados en el miedo, la deshumanización o el odio terminan deteriorando el tejido social. Las palabras importan. Los mensajes que consumimos y compartimos influyen en nuestras emociones y en nuestra forma de relacionarnos con los demás.
Recordemos una verdad fundamental: independientemente de nuestras diferencias, los colombianos compartimos un destino común. La paz no es únicamente la ausencia de guerra. Es la presencia de relaciones humanas saludables, de justicia, de solidaridad y de respeto mutuo. Por eso, contribuir a la pacificación de Colombia comienza con algo aparentemente sencillo, pero profundamente transformador: actuar cada día con integridad ética y moral, tratar a los demás con dignidad y promover el bienestar común. Quizás una sola gota parezca pequeña. Pero un océano está hecho precisamente de millones de ellas. Colombia necesita muchas gotas de respeto, reconciliación y humanidad. La pregunta no es si puedes contribuir a la paz, la verdadera pregunta es: ¿qué gota vas a aportar hoy?


