Esta vez escribo desde el dolor, desde la tristeza, desde la impotencia. ¡Cómo duele Pereira!
A la edad de siete años viví con horror el temblor de 1962. Terribles daños sufrió nuestra ciudad y recuerdo de manera especial el derrumbamiento de la fábrica de confecciones de Felix Carrillo cerca a la cárcel de la 40 y la afectación de la iglesia de San José.
Transcurrió un largo período de calma sísmica —17 años— hasta el terremoto de 1979. Era previsible. Vivimos entonces otro desastre aterrador: cayó un edificio completo en la calle 13 con avenida circunvalar y otro en la 25 con 9ª, la iglesia de la carrera 12 con 23 y de nuevo San José, el edificio del Jotagómez en la 8ª con 17, se afectaron cientos de viviendas y el hospital San Jorge y se perdieron muchas vidas. Eran las 6:35 de la noche y la ciudad se quedó sin luz. Parecía el fin del mundo. En aquella época el alcalde titular, Fabio Alfonso López Salazar, se encontraba fuera de la ciudad y quien tuvo que enfrentar la tragedia fue Fabián Arboleda Salazar quien se encontraba encargado del cargo.
En 1987 (solo 8 años después) tuvimos otro sismo durísimo. Se afectaron el Palacio Nacional y muchas otras edificaciones, pero no hubo ningún derrumbamiento, ni tampoco muertos.
Y apenas siete años más adelante —en enero de 1995— el suelo se estremeció de nuevo. El palacio municipal quedó seriamente averiado y tuvo que ser evacuado por completo. El «despacho» de la alcaldía de aquel entonces, en cabeza de Juan Manuel Arango, se trasladó por casi tres años a la calle 38 con 7ª y muchas escuelas de la ciudad tuvieron que ser reparadas.
Todavía con ese sismo aún en la memoria se vino el terremoto de 1999, aquel que destruyó a Armenia. Esa vez fue el edificio de la gobernación de Risaralda, entre muchos afectados. De nuevo tuvimos muchos muertos y fue gracias al Forec (Fondo de Reconstrucción del Eje Cafetero) que pudimos levantarnos y superar aquella catástrofe.
Vino entonces una calma «chicha» y los pereiranos olvidamos lo vulnerables que somos y dejamos de preocuparnos. Dejamos atrás las simulaciones, la capacitación de nuestros niños y adultos, la exigencia de normas sismo resistentes. Transcurrieron 27 años sin afectaciones sísmicas y sin sustos. Si en promedio tenemos en Pereira un terremoto cada 10-12 años era de esperarse algo grande. La subducción de la placa tectónica de Nazca en la Suramericana no se detiene. La energía sigue acumulándose día a día y mientras más tiempo transcurra entre uno y otro evento más dura será la respuesta telúrica. Este tenía que ser durísimo y así fue.
Tenemos que aprender. El civismo no consiste solo en ayudar, hay que prepararnos y cambiar muchas cosas de las que hacemos hoy. Hemos demostrado que somos resilientes, que nos levantamos de los escombros, que nos solidarizamos con nuestros semejantes. Pero más importante que eso es evitar que la próxima vez sea tan catastrófica. Volverá a temblar, de eso no hay duda. Tenemos que mejorar nuestros sistemas de construcción, ser más exigentes con las normas, seguir avanzando en la reparación de Egoyá.
Nos esperan varios años de serias dificultades, de afectación económica, de desempleo e inseguridad si no actuamos con celeridad. Con mejoramientos de vivienda, mercados y donaciones no saldremos de la crisis; es necesario que el gobierno tome serias medidas que mejoren la economía del Eje Cafetero. Menos impuestos, menos peajes, canalizar la inversión extranjera hacia estas latitudes, estimular la industria de la construcción para atender a los miles de destechados, generar empleo. Solo así nos levantaremos.


