Alcanzar la felicidad es un propósito común a los seres humanos aunque no todos lo logren. En un mundo hedonista como el actual la gente ha centrado su búsqueda en los aspectos materiales. Tener, poseer y adquirir se han convertido en metas de vida y en objetivos que perviven por siempre. Y de los bienes tangibles el más apetecido es la tierra, el espacio físico. Todos queremos ser dueños de un pedazo del mundo y aunque es un anhelo que existe desde desde siempre es también una tarea cada día más difícil. Hace dos o tres milenios el mundo debía repartirse entre 20 o 30 millones de seres humanos. Después, en el año cero, la población mundial era de 250 millones de personas y tardamos quince siglos más, hasta el descubrimiento de América, para duplicar esa cifra; otros tres más (hasta 1800) para llegar a mil millones. Este crecimiento se disparó en los dos últimos, de tal manera que hoy somos más de 8000 millones de seres humanos pretendiendo poseer algún trozo del planeta, un techo, una vivienda, una parcela, cualquier fragmento del mundo. Y la felicidad se amarra en primer lugar a esa expectativa. Después vienen otras como comer, amar (tener una pareja para reproducirse), poseer otros bienes, salud y educación.
Al momento de morir el único inventario válido debe centrarse en la felicidad. Sabemos que nada nos llevamos y que lo que dejamos vaya uno a saber quienes lo poseerán! No hay criterio más real y objetivo para evaluar la existencia que hacer un balance sobre la felicidad. Pero contradictoriamente ese es un ejercicio subjetivo que varía con las circunstancias y el entorno en que se vive. Hay factores genéticos como el temperamento y la personalidad y otros socioambientales que condicionan la búsqueda y la hacen más fácil o difícil, y también valores y circunstancias que ayudan como la resiliencia y la tolerancia.
La felicidad es también el combustible de sí misma. Cuando se alcanza una meta se adquiere una motivación adicional que invita a buscar y conquistar otras. Y por el contrario, cuando se fracasa se es infeliz, circunstancia que llama a la frustración y al deseo de no luchar más.
Los seres humanos hemos centrado el éxito en las riquezas materiales y cada día nos alejamos más de valores y virtudes que podrían generar igual o mayor satisfacción: aprender un arte, ahondar en el conocimiento, disfrutar del entorno y la naturaleza, explorar el arte del amor más allá de la humana atracción, construir solidaridad con los demás (lo que incluye animales y vegetales), basar la vida en acciones virtuosas, sustentadas en el pensamiento, la justicia y la razón.
La verdad es que todos estamos de acuerdo en que queremos ser felices, pero cuando intentamos aclarar el cómo empiezan las discrepancias. Según el New Thought, la felicidad es una actitud mental que el hombre puede asumir conscientemente, una decisión. Al descubrir que existen seres felices e infelices en todas las diversas condiciones socioeconómicas, geográficas, de edad, religión, sexo, estados mentales, estos pensadores concluyen que cuando el individuo decide aceptar su condición y su pasado y asumir la vida tal como es en ese momento y construirla a partir de aquellos preceptos, es entonces realmente feliz.
Pero no podemos perder de vista el concepto oriental de que la felicidad es un estado de armonía interna que se manifiesta como un sentimiento de bienestar que perdura en el tiempo y no como un estado de ánimo de origen pasajero. Con este panorama puedo afirmar que al igual que en el amor, la felicidad —más que una meta— es una decisión.



Excelente. Ayer precisamente estaba hablando del tema con un amigo. La felicidad, sin duda, es una decisión personal.