TRAE ESAS LUNAS DE MAÍZ

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Trae, amor, unas arepas de esas que huelen a milagros cotidianos y a leña trasnochada.

Muchos años después, frente a la mesa vacía, habríamos de recordar aquella esquina remota donde el mundo parecía perder sus contornos bajo la luz moribunda de un farol titilante. Ve y búscalas allá, donde el aire se espesa con el llanto de un niño sin sosiego, el ladrido de un perro proscrito y el eco fugaz de una paz que siempre pasa de largo sin detenerse.

​Tráeme las arepas esculpidas por las manos de esa mujer incombustible, un ser de estirpe laboriosa que gobierna el fuego con un delantal impoluto y las pestañas nevadas por las cenizas del carbón. Su rostro, abrillantado por el resplandor de la fragua donde se cuece el sustento, es el mapa de un universo que se debate entre el cansancio y la gracia. Ella es quien, desafiando la penumbra del suburbio, saluda a los náufragos de la noche con una sonrisa bendita y un canturreo que alivia el alma: ¡Buenas noches! ¿En qué le puedo ayudar, mi reina?

​Trae esas lunas de maíz, blancas o amarillas, da igual, que ostentan en su piel la heráldica de la parrilla incandescente, costra ocre y rayas oscuras que guardan el secreto de un fuego milenario. Vienen de la esquina del mundo, de los confines difusos donde los municipios se confunden, allí donde un anciano agoniza al amparo de un poste de luz, un hombre desafía al amanecer por el pan de cada día, y un muchacho devora apuntes bajo la promesa de un examen que le cambie el destino.

​Son las arepas que aquella matrona moldea con la precisión de un astrónomo, redondas como la luna llena o como el sol implacable que calcina la espalda de los obreros.

Al terminar la faena, ella guardará sus bártulos para abordar el último Volvo amarillo de la medianoche, regresando a su morada al otro lado del olvido.

​Tráeme ese alimento, amor mío, envuelto en el papel humeante que el vapor vuelve transparente, el mismo papel de las cometas que los niños elevan en los vientos de agosto. Que vengan de ese lugar donde la vida corre sin rumbo, donde una pareja se jura eternidades efímeras en la sombra de un parque y un hombre desvelado escarba la tierra con el dedo izquierdo, buscando un sueño que se le traspapeló en la memoria.

​Que tengan el sabor heráldico de la masa tibia, esa herencia sagrada que los aztecas y mayas legaron al mundo, que los Gunas transportaron por el istmo de Panamá y que descendió por las laderas andinas y los caminos ancestrales para salvarnos de la hambruna y de la historia.

​Trae esas arepas, corazón, vida mía, para calmar este apetito del cuerpo y saciar el hambre del espíritu. Déjame sentar a la mesa para compartirlas con el hijo que habita en la distancia, con la madre ausente en su propio trabajo y con la soledad, esa vieja y fiel amiga que nunca me abandona y que hoy, en el silencio de la cocina, me abraza con la fuerza de los recuerdos.

¡Madre! Gracias por la arepa que dejaste en la madrugada sobre el mesón.

2 COMENTARIOS

  1. Maravilloso relato, un bocado de nuestra vida, el reflejo de nuestra Colombia querida.. “lo que me gustan a mí las lunas, ya sean amarillas o blanquitas y más aún si están acompañadas de la suavidad de una rica mantequilla”

  2. Que hermoso! Muchas gracias por esta remembranza de la arepa, impregnada por recuerdos de familia, de tradiciones, del terruño y de ese hogar que siempre espera al que partió. Muy lindo escrito!

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