UN TERREMOTO QUE REMUEVE TODO

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“Primero se movió la tierra, enseguida se movió la gente…”

Eran las 7:34 de la mañana de un lunes cualquiera. Muchos se preparaban para iniciar la semana: salir a trabajar, a estudiar, a la cita médica, ¡A lo que fuera!

Nadie podía imaginar que, exactamente a esa hora, las intenciones y planes del día quedarían truncados en cinco departamentos de Colombia. Era el día 10 de agosto del presente año.

Me acababa de levantar y me preparaba para entrar a la ducha. También tenía planes y comenzaba a ordenar ideas en mi cabeza sobre lo que quería hacer en este día, comienzo de la semana.

De pronto, escuché un ruido bajo la tierra, que poco a poco comenzó a convertirse en un rugido cada vez más fuerte. No entendía qué lo producía…

Siiii, ¡Era la tierra que rugía con ferocidad! Entonces, todo comenzó a sacudirse.

“Ah, solo es un temblor”, pensé. Y me quedé quieta. Siempre me he ufanado de no temer a los temblores. Suelo ser calmada y, por el contrario, trato de controlar la situación, tranquilizando a quienes están a mi alrededor.

Pronto comprendí que este temblor no era “solo un temblor”, ¡Era mucho más que eso!

El movimiento aumentaba y ya no podía controlar mi cuerpo. Buscaba de donde agarrarme, pero todo se movía. Las cosas comenzaron a caer al suelo, se rompían, escuchaba ruido de cristales y gritos que venían del primer piso.

Era Clemencia, la señora que me ayuda con el oficio. Lloraba y gritaba llamando desesperadamente a su hijo, que se había quedado solo en la casa.  

Entendí que debía salir a la calle cuanto antes, y revisé mi atuendo: estaba descalza y tenía un piyama poco presentable, pero sentí que no había tiempo para vestirme adecuadamente. Bajé al primer piso, entre escaleras y barandas que se mecían de un lado para otro.

Me encontré con Clemencia y corrimos hacia la calle. Al salir, tuve un breve momento de lucidez y regresé a trancar la puerta, pensando que el movimiento sísmico podría cerrarla y nos quedaríamos por fuera.

En la calle estaban los vecinos, tan asustados como nosotras. Unos cogían a los perros para que no escaparan, otros se abrazaban entre sí, mientras mirábamos aterrados como se movían las casas y ondeaba el pavimento de las calles.

El movimiento continuaba, cada vez más fuerte. Los minutos parecían eternos.

Clemencia y yo nos abrazamos con fuerza, buscando cada una protección en la otra, hasta que cesó el movimiento. Nos separamos, y ella corrió hacia su casa, para buscar a su hijo.

Más tarde, me vino a la mente la imagen de ese abrazo. Pensé en la forma como un terremoto nos vuelve tan igualmente humanos, frente a la fragilidad y necesidad de proteger nuestras vidas. Como no teníamos de qué aferrarnos, ¡nos aferramos a nosotras mismas!

Miré a los vecinos, todos estábamos pasmados. Algunos se encontraban en “modo ducha”, con toallas envolviendo sus cuerpos; otros iban en piyama o estaban listos para salir. Comentamos lo que acabábamos de vivir y notamos que, a simple vista, las casas no parecían averiadas.

Volví a mi casa. Pasó el temblor, pero yo seguía temblando. Me cambié de ropa y bajé a la tienda a buscar a mi familia. No estaban.

Me senté en una banca a llorar. Necesitaba soltar la angustia y el pánico que llevaba dentro. Estaba muy afectada, ¡Nunca había vivido algo así! Algunos vecinos recorrían el barrio preguntando si alguien necesitaba ayuda, me ofrecían aromática y trataban de calmarme.

Quería saber si mi esposo y mi hija estaban bien, pero no lograba comunicarme, los celulares no funcionaban. Finalmente llegaron, estaban bien y recuperé algo de tranquilidad. Pero la sensación de pánico persistía.

DOLOR DE PATRIA

Poco a poco comenzaron a llegar noticias. Al parecer, la ciudad estaba conmocionada. Se decía que había muchas casas y edificios colapsados. Los vehículos invadieron las calles, querían averiguar por sus seres queridos, al tiempo que se escuchaban las sirenas de las ambulancias que recorrían la ciudad en busca de heridos.

No teníamos energía ni agua y estábamos incomunicados. Por algunos radios de automóviles escuchamos noticias, y quienes llegaban al barrio contaban historias.

Entonces supimos que no había sido solo un temblor. Fue un terremoto de 7.4 grados, que no afectó solo a Pereira, ¡Abarcó cinco departamentos, con epicentro en el Chocó! ¡Era una catástrofe!

Mirábamos nuestras casas, que milagrosamente estaban en pie, y no podíamos creer que en otras partes de la ciudad, todo se estuviera derrumbando.

Por la tarde regresó la energía. Al no haber casas caídas en el barrio, no tuvieron que quitarla. Prendimos televisores y comenzamos a oír noticias que nos partían el corazón. Poco a poco comenzó a llegar la señal a los celulares y pudimos ver imágenes de los estragos ocasionados por el terremoto.

Al celular, me llegaban mensajes y llamadas de todas las latitudes. Eran familiares y amigos, que querían saber de nuestra suerte.

“Estamos bien” les respondía. Sin más explicaciones.

No me salían más palabras. Tenía un nudo adentro que no me dejaba expresarme. Ellos se alegraban de saber que estábamos bien. Pero yo no estaba bien. Sentía un “dolor de patria” que me estrujaba por dentro.

Un dolor, por tanto dolor. Algo que no podían entender, algo que hay que vivir para comprenderlo. Yo lo llamé “Dolor de patria”, pues siento que Pereira es mi patria, la ciudad que me lo ha dado todo.

A medida que pasaban las horas y los días, las noticias empeoraban. Aumentaba el número de desaparecidos y fallecidos, de edificaciones y casas colapsadas, de negocios destruidos.

Algunos lugares que me eran tan familiares, ya no estaban, solo quedaban escombros. Barrios tradicionales de Pereira, por los que había caminado tantas veces, estaban destruidos. Centros comerciales, restaurantes, edificios emblemáticos, bancos, iglesias, colegios, hospitales, el teatro Santiago Londoño. Todo estaba afectado.

¡Escombros por todas partes! ¡Como si una bomba hubiera caído en medio de nuestra ciudad!

RESCATAR VIDAS

Los rescatistas iniciaron sus labores casi inmediatamente. Buscaban cualquier atisbo de vida para rescatar a un ser humano o un animal que se encontrara bajo los escombros. Era lo más urgente: rescatar vidas.

Rescatistas profesionales, voluntarios, familiares y amigos, todos alrededor de los escombros esperando una señal de vida, un rescate positivo. Los perros haciendo su labor. Todos trabajando, sin esperar a que una autoridad local viniera a dirigirlos. No la necesitaban. Sabían lo que tenían que hacer.

Cuando escuchaban una señal de vida, levantaban el brazo con la mano empuñada, pidiendo silencio. Por la TV vi sacar un bebé de entre los escombros, seguido de aplausos, lágrimas, gritos de alegría. También sacaron a Daniela, una joven que fue considerada como símbolo del terremoto, pero falleció a los pocos días. Sacaron más, no tantos como hubiéramos querido. Cada rescate era motivo de alegría y agradecimiento.

ATENDER HERIDOS Y REFUGIADOS

Mientras tanto, las ambulancias corrían por la ciudad. Los hospitales recibían numerosos heridos y se enfrentaban a una dura realidad: clínicas y hospitales afectados por el terremoto, trabajando a media máquina, improvisando salas de cirugía y camas en los parqueaderos, solicitando por las redes ayudas de todo tipo para atender a los heridos.

Simultáneamente, había que buscar refugio para cientos de personas que perdieron sus viviendas y no tenían donde pasar la noche. Otra labor titánica.

El sismo no distinguió clases sociales: arrasó desde casas y edificios de barrios elegantes hasta los de clase media y los menos favorecidos.

Los que tenían un lugar propio a donde pasarse, se acomodaron. Los que pudieron, se alojaron en casas de familiares o amigos, pero los muchos que no tenían a donde ir, se fueron amontonando en albergues que se comenzaron a crear en varios puntos de la ciudad.

Personas de escasos recursos que hasta ese momento habían tenido una casa, seguramente humilde, pero era su casa, de pronto no tenían nada. Tuvieron que acomodarse en colchones y colchonetas, unos al lado de otros, durmiendo entre extraños, compartiendo baños y sin disponer de un espacio propio para su privacidad. Era lo que había.

EL TERREMOTO SOCIAL

En medio de tanta tragedia, algo muy fuerte removió la ciudad: La solidaridad. El movimiento social fue impresionante. Diría que casi toda la población que podía hacerlo, salió a ayudar a los rescatistas. Por todas partes se formaron cadenas humanas para sacar escombros, con la esperanza de encontrar vidas.

Llegaron rescatistas de otras ciudades, de otros países, todos querían colaborar. La solidaridad era la palabra mágica que los movía. Era conmovedor. Imposible no llorar al verlos llegar apresurados, para vincularse a la faena. Allí se mezclaban credos, razas, clases sociales, sexos, edades, todos unidos por un único propósito: ayudar.

Llegaron muchos jóvenes, deseosos de colaborar, demostrando que todavía hay esperanzas en un futuro mejor. 

¡Y no podían faltar los héroes! Los que sobrepasan todas las posibilidades, los que dan ejemplo del “Sí se puede” en los momentos más difíciles y complicados. Como ese portero que, en vez de ponerse a salvo, recorrió los pisos del edificio ayudando a bajar a los residentes y no se detuvo hasta verlos a todos a salvo en la calle.

Las ayudas humanitarias siguieron llegando. Muchas viviendas colapsadas, personas evacuadas, gente que necesita ayuda. Pero también hay mucha gente ayudando. Los pereiranos recorren la ciudad, recogiendo y distribuyendo ayudas.

Ha sido una respuesta masiva de la ciudadanía, que en forma espontánea se apersonó de la situación. Yo diría que fueron los primeros, pues la reacción gubernamental tardó en aparecer.  

Se abrieron albergues para las mascotas perdidas, heridas, o afectadas. Allí también llegaron personas ofreciendo ayuda. Otros descargaban los camiones que llegaron de diferentes ciudades. Cocinas privadas se pusieron al servicio de la causa y comenzaron a repartir alimentos preparados. La solidaridad que se vive en Pereira no tiene parangón.

Era como si al terremoto físico lo hubiera seguido un terremoto social: Primero se movió la tierra, enseguida se movió la gente. Miles de personas provenientes de todas partes -de Pereira, del país, del exterior- se movilizaban a gran velocidad, queriendo atender las múltiples necesidades inmediatas que provocó el terremoto físico.

IMPORTANCIA DE LAS REDES

Las redes han desempeñado un papel fundamental: a través de ellas se brinda información, se identifican los sitios con necesidades, se coordinan tareas, se ofrece transporte, atención médica, veterinarios, lugares donde llevar las mascotas perdidas, ingenieros y arquitectos para evaluar daños, psicólogos para apoyo emocional, artistas que con su arte quieren animar a los afectados.

Porque, como dice la escritora Amparo Bustamante, “En situaciones como ésta, cuando todo parece derrumbarse, la cultura se vuelve abrazo, escucha y presencia… Es momento de llevar la palabra a donde más se necesita. No como espectáculo, sino como compañía. No como evento, sino como acto humano… La cultura no reconstruye edificios, pero ayuda a reconstruir la esperanza, la confianza, el deseo de seguir… Porque en Pereira, hoy más que nunca, la palabra no compite, abraza”.

LA OTRA CARA

Sin embargo, no todo ha sido tan positivo. Los terremotos, como muchas catástrofes similares, sacan lo mejor, pero también lo peor de las personas.

No todos llegan con buenas intenciones. Aparecen políticos que quieren sacar provecho de la situación para beneficiar a su “clientela” y favorecer su imagen. Hay quienes ponen avisos en las redes pidiendo ayudas que no necesitan; otros que se benefician con ayudas que no se reparten. Se han identificado “Falsos damnificados” que instalan carpas para recibir ayudas que no requieren.

Y es que un terremoto no solo sacude la tierra y remueve la infraestructura física. También remueve los sentimientos. Saca a relucir lo mejor y lo peor de las personas.

Sentí que se mezclaban en mí la tristeza por las pérdidas y la emoción ante la solidaridad, con la rabia y la desilusión frente al oportunismo y abuso de quienes se aprovechan del desastre para su propio beneficio. Sentimientos que me recordaron que los seres humanos somos esa extraña mezcla de bondad y maldad que nos caracteriza. Pero esa es otra historia.

Lo importante ahora es reconocer que son más los solidarios, los que ayudan, los que continúan en las calles, barrios, albergues y sitios donde se les necesita, llevando toda clase de ayudas. A veces, basta con escuchar al que tiene una historia que contar, dar un abrazo, una voz de ánimo para apaciguar el dolor.

RECUPERACION Y RECONSTRUCCIÓN

Primero debemos sanar el dolor, dolor por las pérdidas que fueron muchas.

Luego habrá que trabajar para reconstruir nuestra ciudad. Para eso, será necesario dejar de lado las rencillas politiqueras, las ansias de figurar y sobresalir, la ambición de poder y especialmente, garantizar el buen manejo de los recursos. Sobre todo, aprovechar ese gran potencial humano que tiene nuestra ciudad.

Solo así podremos recuperar a Pereira.

Para volver a caminar por sus calles, mientras compartimos un saludo o una sonrisa con los otros sobrevivientes de un terremoto que removió vidas y sentimientos.

Para volver a recorrer las plazas, conversar en los parques, entrar al café que nos gusta, al restaurante, al banco, al centro comercial, al cine, al teatro. Disfrutar de una ciudad que será reconstruida con el aporte, esfuerzo y cariño de todos, los que la queremos y sentimos como nuestra ciudad.

Sobre todo, para que los damnificados vuelvan a tener sus viviendas, negocios, lugares de trabajo. Un sitio seguro y digno donde puedan descansar y esperar un futuro mejor.

¡El futuro que todos merecemos!

Consuelo Gómez Alvira

PD: A mis queridos lectores quiero decirles que no me fue fácil escribir este artículo. Tuve que esperar varios días para que se despejara mi mente, que también fue sacudida por el terremoto.

30 COMENTARIOS

  1. Buen día Doña Consuelo. Gran escrito.

    La alineación entre el alcance de la comunidad para ayudarnos entre todos y el alcance gubernamental es lo que permitirá la recuperación plena y rápida de lo sucedido. Caso contrario, el tema se complicará bastante.

    Dolor de patria, es verdad , pero ese amor de patria es lo que se necesita para salir de esta situación, porque la naturaleza nos arrojó «a la mitad del río o a la mitad del mar» sin ningún tipo de contemplación pero nadar orientadamente es la obligación para llegar a la orilla.

    Feliz día Doña Consuelo.

  2. La naturaleza se expresó DURO. Donde no lo haga estaríamos en átomos volando. La placa tectónica del pacifico va acomodándose por debajo de la suramericana. Vendrán otros al cabo del tiempo. LA VIDA SIGUE SIENDO EL EPICENTRO.

    • Lo importante es la capacidad de respuesta que tenga la sociedad ante esas catástrofes y la posibilidad de recuperarse. Recuerdo que muchas civilizaciones desaparecieron ante catástrofes naturales.

  3. Admirable relato

    Las personas a veces no saben lo valientes y no conocen sus verdaderas capacidades

    Te felicito consuelo por lo sincero de tu relato , fue como estar en ustedes en ese momento .

    • Gracias Mario por tu comentario. Lo importante fue que nos sentimos acompañados por todos ustedes en esos momentos tan difíciles.

  4. Los que vivimos este terremoto nos identificamos con las emociones que describes, al principio miedo ,desolación y un grupo de héroes se ponían la capa y rescataban personas y animales …luego esa avalancha de solidaridad que nos hace creer que si es posible levantarse y seguir luchando…

    • Si Francisco, eso es lo que desata un terremoto, toda clase de sentimientos y finalmente, la enorme solidaridad de la gente que nos devuelve la esperanza. Gracias por tu comentario!

  5. Gracias a Dios que estas bien tú y tu familia. Desde la distancia se vive con mucha incertidumbre y mucha angustia por la familia, los amigos que estén bien.
    Pereira poco a poco se levanta por que sus hijos y los hijos de adopción son el material más fuerte y humano que existe. La vida es ciclica y hay que empezar lo más pronto a sanar y unir fuerzas para reconstruir lo material y aceptar las pérdidas humanas no será fácil pero los paisas son de otro material.

  6. Sin palabras, los que no lo sufrimos física pero si emocionalmente, sin palabras, aunque ese día descansé cuando oí : «Estamos bien»

    • Si hermanito, esas son las palabras mágicas que todos esperamos y que nos devuelven la tranquilidad. Lo triste es que no todos las logran escuchar!

  7. Querida Consuelo, gracias por compartir lo vivido, nosotros desde Chile estábamos esperando ese mensaje, “Estamos Bien”
    Nosotros los chilenos, sabemos ya que hemos vivido a lo largo de nuestras vidas varios terremotos, nunca es fácil pero se sale adelante, con la Fuerza de todos es posible, un abrazo

    • Gracias Cathy, lo más importante es saber que no estábamos solos, pues ustedes estaban con nosotros en esos momentos tan difíciles!

  8. Muy trizte lo que le sucedio a nuestra pereira una ciudad tan linda y acogedora gente linda y amble Dios quiera que salgan adelante y que vuelva hacer la ciudad de siempre

  9. Esperaba esta narración hecha con el alma. La Tierra se estremeció y nos cambia la vida, nos enseña que somos buenos y fuertes seres humanos. Conmueve la solidaridad, el valor de un abrazo, de una palabra. Pensar en positivo a pesar de las malas personas. Esto apenas ha comenzado. Te abrazo con todo mi afecto.

    • Gracias querida Lucero, por tu comentario y tus buenos deseos! Esto apenas está comenzando, y creo que todavía nos esperan dias muy difíciles!

  10. Los temblores o terremotos son algo que no podemos controlar… A veces pueden ser muy destructivos, pero nos toca seguir adelante…La vida continúa y debemos aprender a valorar cada día mucho más. ¡Qué buen relato el tuyo! 🌷y Feliz que todos estamos bien…

  11. Consuelo lerer un relato de esta horrible tragedia desde tu corazón , de la manera como lo viste y sentiste nos hace sentir tan impotentes ante tanta tragedia.
    Solo podemos pedir a Dios fortaleza y seguir unidos como país solidario ayudando sin rendirnos, la tarea es larga. Un gran abrazo.

  12. Excelente escrito, mi querida Consuelo. Cuando las palabras nacen desde las entrañas del dolor y la esperanza, adquieren una fuerza inmensa. Leer este texto es asomarse a ese instante en que la tierra se sacudió y nos dejó pensando en nuestra fragilidad; pero también es vislumbrar la quietud posterior donde intentamos recomponer el rumbo. Vivir una tragedia de esta magnitud en nuestra amada ciudad deja marcas profundas en las calles, en los espacios que habitamos y en la memoria colectiva. Colocar en letras nuestros sentimientos más profundos nos obliga a encontrar una forma de abrazar el miedo y de mantener viva la resiliencia que nos caracteriza. Te agradezco profundamente haber plasmado en estas sentidas líneas el latido de una ciudad que, aun en medio de esta terrible prueba, se está levantando con dignidad.

    • Muchas gracias por tus palabras querida Nidia, son el reflejo de lo que todos estamos sintiendo y deseando para nuestra querida ciudad!

  13. Hola Consuelito que experiencia tan dura nos toco vivir y la narraste de forma sincera y sentida, hoy solo gratitud y mucha esperanza con la reconstrucción de nuestra Pereira, solidaridad fue la mayor virtud que afloró y esperemos todo sea aprovechado en los más necesitados, tengo fe que así será…un abrazo fraterno amiga y gracias por compartir

  14. Consuelo. Gracias por compartir tus vivencias. Es doloroso ver las imágenes de esa destruccion y conmovedor apreciar la solidaridad tanto nacional como internacional. Leer tu relato me remonta a ese día y a los siguientes. Tragedia que nos une como pais. De nuevo gracias!

  15. Querida Consuelo, es dramático tu relato sobre esa terrible tragedia, en ese lunes de horror. Se me hizo un nudo en la garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas por lo expresivo de tu narración. Me recordó lo sucedido en 1999 cuando Armenia, mi ciudad natal, fue también destruida por un terremoto.! Somos tan frágiles ante los embates de la naturaleza! Pero es realmente admirable la solidaridad y el esfuerzo comunitario para tratar de reanudar sus labores y sus vidas, aún en medio del desastre. La esperanza es cada vez más firme y resurgira hermosa nuestra «Perla del Otun».

    • Gracias querida Martha por tu comentario! Así es,la solidaridad es la que nos sostiene en estos momentos tan difíciles! No sabía que eres de Armenia, que bueno sabes que estamos en la misma tierra!!! Abrazo!

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