Por Juan David Hurtado Bedoya
Hay frases que pertenecen a la religión. Otras, con el paso del tiempo, terminan perteneciendo también a la historia. “¡Viva Cristo Rey!” es una de ellas. Para entender por qué una expresión aparentemente sencilla puede provocar hoy discusión en Colombia, hay que volver atrás.
La frase no nació en Colombia. Su raíz teológica es mucho más antigua, pero su formulación política moderna está relacionada con la encíclica Quas Primas, promulgada por el papa Pío XI en 1925, mediante la cual se instituyó la fiesta de Cristo Rey y se afirmó que la soberanía de Cristo tenía también una dimensión social. Pero un año después, en México, aquellas palabras adquirirían otra carga. Comenzó la Guerra Cristera (1926-1929), un conflicto entre sectores católicos y el Estado mexicano alrededor de las políticas anticlericales de la época. Los combatientes católicos hicieron suyo el grito “¡Viva Cristo Rey!”, que terminó convertido en símbolo de militancia religiosa.
Cuando la religión también organizaba la sociedad: Colombia llegó al siglo XX con una relación estrecha entre Iglesia, Estado y sociedad. La Iglesia tenía una fuerte presencia en la educación, el matrimonio, la familia, la asistencia social y la formación moral, y desde el siglo XIX había desarrollado una relación política cercana con el conservatismo.
Desde la economía política, esto resulta fundamental: el poder no consiste solamente en controlar un gobierno; también consiste en influir sobre las instituciones que forman ciudadanos y organizan la sociedad. Por eso la educación se convirtió en uno de los grandes campos de disputa entre liberales, conservadores e Iglesia. La confrontación llegó incluso a la Guerra de las Escuelas de 1876-1877. Para los liberales, la educación debía contribuir a formar ciudadanos de una república moderna; para los sectores católico-conservadores, debía hacerlo dentro de la moral católica.
La disputa también tuvo una dimensión económica. Las reformas liberales del siglo XIX afectaron propiedades y privilegios de la Iglesia. La desamortización de bienes eclesiásticos puso en circulación propiedades que antes estaban fuera del mercado. Religión, propiedad, educación y poder político estaban mucho más conectados de lo que hoy solemos imaginar.
El país que se partió entre liberal y conservador: Cuando los liberales regresaron al poder en 1930 comenzó otra transformación. La República Liberal impulsó reformas en educación, libertad de cultos, matrimonio civil y divorcio. Para sectores de la Iglesia, estas reformas amenazaban el orden social católico predominante.
La Iglesia tampoco fue un actor homogéneo, y sería simplista reducir toda la historia del catolicismo colombiano a una alianza con el conservatismo. Sin embargo, sí existieron sectores eclesiásticos que asumieron posiciones políticas militantes. En algunas regiones, la religión terminó mezclándose con las identidades partidistas.
Así, ser liberal o conservador podía significar mucho más que una preferencia electoral. Podía convertirse en una identidad familiar, social, territorial y religiosa. Y cuando esas identidades se enfrentan, la política deja de discutirse solamente en las urnas. Llega al pueblo, a la escuela, a la familia, a la finca y a la plaza.
Durante La Violencia, investigaciones históricas han documentado esa mezcla entre conflicto partidista, religión y violencia. En algunas regiones, el grito “¡Viva Cristo Rey!” quedó asociado a sectores conservadores y a episodios de violencia política. Por eso, en Colombia, la frase adquirió una memoria que va mucho más allá de la devoción.
Y entonces llegó 1991: La Constitución de 1991 cambió las reglas del juego. Colombia se reconoció como una república pluralista y garantizó la libertad de conciencia y de cultos. El artículo 19 establece que todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley. La fe pasó así de ser una referencia institucional dominante a convertirse, jurídicamente, en un derecho del ciudadano. Un colombiano puede decir “¡Viva Cristo Rey!” porque es católico, como expresión cultural o simplemente porque así lo siente. También puede no decirlo, profesar otra religión o no profesar ninguna. Todo eso cabe dentro del pluralismo constitucional.
Cuando lo dice un presidente: Aquí aparece el debate contemporáneo. Cuando un ciudadano pronuncia “¡Viva Cristo Rey!”, estamos ante una expresión religiosa o cultural protegida por la libertad de conciencia y expresión.
Cuando la pronuncia una autoridad pública, la expresión adquiere además una dimensión institucional, aunque eso, por sí solo, no permita concluir que exista intención de convertir a Colombia en un Estado confesional. La diferencia importa porque el Estado representa también a quienes no comparten esa fe. La discusión, entonces, no debería reducirse a preguntar si un presidente puede ser católico. Por supuesto que puede. La cuestión más profunda es cómo una autoridad ejerce su libertad religiosa personal dentro de un Estado constitucionalmente pluralista.
Porque nuestra propia historia deja una advertencia: cuando religión, identidad política y poder institucional se mezclan demasiado, una diferencia de creencias puede terminar convirtiéndose en una diferencia de ciudadanía.
Y quizá por eso conviene escuchar nuevamente la frase, pero esta vez con memoria.
“¡Viva Cristo Rey!” puede ser una oración, una tradición, una consigna histórica o una expresión política. Su significado no está solamente en las palabras, sino en quién las pronuncia, desde dónde y qué poder representa cuando lo hace. En Colombia, después de dos siglos de disputas entre Iglesia, Estado, liberales y conservadores, esa distinción no es un detalle semántico. Es una lección de nuestra propia historia.
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Por Juan David Hurtado Bedoya
Ingeniero Ambiental y Economista, especialista en Planificación y Administración del Desarrollo Regional y Magíster en Medio ambiente y Desarrollo. Académico e investigador.


