Hace unos días alguien me preguntó qué pensaba sobre la decisión que había tomado otra persona. Me descubrí respondiendo algo que nunca había dicho en voz alta: cada vez opino menos.
No porque no tenga opiniones. Tampoco porque crea que todo da igual. Simplemente siento, con más frecuencia que antes, que hay procesos que nadie puede vivir por otro y que intervenir no siempre ayuda.
Después me quedé pensando si mi respuesta era cierta.
O si, sin darme cuenta, había empezado a llamar respeto a un cansancio que se parece demasiado al miedo. Todavía no lo sé.
Hay palabras que casi nadie cuestiona. Prudencia es una de ellas. Suena bien. Evoca experiencia, equilibrio, serenidad. Nadie mira con desconfianza a quien dice que prefiere no arriesgar, no involucrarse o no entrar en una discusión.
Sin embargo, empiezo a sospechar que la prudencia tiene un primo muy cercano con el que suele confundirse.
El miedo.
No ese miedo que acelera el pulso o hace temblar las manos. Hablo de otro más silencioso. El que se instala con los años y aprende a hablar con nuestra propia voz. El que nos convence de que no vale la pena intentar, responder, insistir o empezar porque ya conocemos cómo pueden terminar las cosas.
Por eso creo que las grandes renuncias casi nunca llegan haciendo ruido.
Empiezan el día que dejamos un libro para después y nunca volvemos a abrirlo. Cuando pensamos en llamar a alguien y concluimos que ya es muy tarde. Cuando preferimos no expresar una idea porque la conversación seguramente acabará mal. Cuando alguien pregunta qué pensamos y respondemos que mejor no decir nada.
Cada una parece una decisión pequeña. Tal vez lo sea.
Pero las vidas también se construyen con esas pequeñas decisiones. A veces ni siquiera las recordamos. Simplemente un día descubrimos que hace mucho no hacemos ciertas cosas y no sabemos exactamente cuándo dejamos de hacerlas.
He compartido con personas que llegan a los ochenta estrenando curiosidades y con otras que, mucho antes, empezaron a vivir como si todo lo importante ya hubiera ocurrido. No les faltaban fuerzas ni inteligencia. Les sobraban razones para no moverse.
Y las razones siempre son convincentes: Que no es el momento. Que ya pasó la oportunidad. Que para qué generar un problema. Que es mejor dejar así.
Lo inquietante es que desde afuera resulta imposible distinguir cuándo estamos siendo sensatos y cuándo solo estamos evitando un desgaste. A veces ni nosotros mismos lo sabemos.
Porque también existe un silencio que nace de la comprensión. El de quien entiende que no todo necesita una respuesta, que no toda batalla merece librarse y que respetar el camino ajeno puede ser un acto de generosidad.
Pero existe otro: El silencio que aparece cuando dejamos de hablar para no incomodar, cuando escondemos una convicción para evitar una discusión o cuando renunciamos a una posibilidad antes de comprobar si era imposible.
Los dos se parecen mucho.
Quizá la diferencia no esté en callar o hablar, en quedarse o partir, en aceptar o discutir. Quizá la diferencia esté en el lugar desde donde hacemos cada cosa.
No sé si con los años me he vuelto más prudente. Todavía no descarto la posibilidad de que, simplemente, haya aprendido a disfrazar algunos miedos con palabras que suenan mejor.
Y sospecho que, siendo honestos, no soy la única.
—
CLAUDIA ESPERANZA CASTAÑO MONTOYA
Líder
EmociónyEspíritu Mass Media es la expresión multimedia
de la misión de conexión Emocional y Espiritual de la Fundación Ok Futuro
Pereira, Calle 18 No 5-27, 1101; Nit: 816006005-4
CEL- WS: 300 7820422



Buen día Doña Claudia. Gran escrito.
En lo personal existen líneas rojas que no se pueden pasar. Hay apreciaciones y preguntas que no se pueden hacer ni se pueden responder, además, hay comparaciones que son inapropiadas.
Miedo y prudencia calculada son dos armaduras necesarias para la supervivencia, además de la valentía pensada para la confrontación y solución de situaciones diversas.
Lo único cierto para mí es que no existe ni una fórmula exacta ni una llave maestra para todas las exigencias de la vida. Cada quien tiene su librito pero identificar los tiempos de participación es esencial en la vida.
Feliz día.